Jürgen Habermas

Habermas, filósofo de la comunicación

Su teoría de la democracia deliberativa vinculó la legitimidad jurídica con la participación discursiva de los ciudadanos. Su reflexión sobre derecho y democracia convirtió la comunicación pública en una condición para la posibilidad del Estado constitucional.
viernes, 27 de marzo de 2026 · 05:00

Jürgen Habermas murió el 14 de marzo a los 96 años. Se extingue uno de los intelectuales de la posguerra. La noticia permite recordar por qué su nombre aparece en debates sobre democracia, medios, tecnología, derecho y moral. 

Habermas fue un filósofo de la comunicación. Pensó la palabra pública como una fuerza capaz de organizar la vida colectiva, legitimar el poder o degradarlo. Dejó una obra vasta exigente en su comprensión, hacia la modernidad y la democracia. 

Habermas es tan mencionado como insuficientemente leído. Su escritura se volvió célebre por su densidad y abstracción. A sus libros se les atribuye una dificultad intencional, al punto de que varios autores lo citan sin haber profundizado con paciencia en su lectura. 

Los obituarios recordaron que sus libros y conferencias eran “famosamente densos”. Esa dificultad no le resta valor; evidencia una sociedad sesgada hacia lo ligero, las distracciones y la procrastinación. Su provocación fue exigirle al lector el tiempo y la concentración que su teoría y filosofía ameritan. 

Su obra cumbre de investigación y pensamiento es Teoría de la acción comunicativa, publicada en 1981 en dos voluminosos tomos. Ahí está el núcleo de su reflexión comunicativa. Habermas sostiene que la forma básica de la acción social no es la instrumental dirigida al éxito, sino la acción comunicativa orientada al entendimiento. 

Afirma que la sociedad se sostiene sobre pretensiones de validez que pueden someterse a discusión, crítica y acuerdo racional. De ese pensamiento nacen sus dos conceptos sociológicos de “sistema” y “mundo de la vida”. 

También nace su advertencia de que cuando la lógica del dinero y el poder colonizan los ámbitos donde debería reinar la comprensión mutua, la vida social se empobrece, se burocratiza y pierde densidad democrática. Ese es el contenido de fondo del libro y su mensaje más duradero. 

"Su provocación (la de Habermas)  fue exigirle al lector el tiempo y la concentración que su teoría y filosofía ameritan". Foto: Especial

Antes de ese gran edificio teórico, Habermas escribió la obra canónica para los estudios de comunicación, Historia y crítica de la opinión pública. La traducción española introdujo una confusión entre “publicidad”, “opinión pública” y “esfera pública”, derivada de la traducción de Öffentlichkeit. 

La bibliografía crítica de esa obra de Habermas señaló que la traslación puede llevar a equívocos sobre el tema real del libro. Habermas distinguía entre öffentliche Meinung (opinión pública) y Öffentlichkeit (esfera pública o lo público), pero al traductor se le hizo fácil anotar “publicidad”. En realidad, el meollo del libro es histórico y político, pero generó una discusión conceptual. 

En esa obra Habermas reconstruye el ascenso de una esfera pública burguesa ligada a la prensa, el parlamento, los cafés, los clubes y el debate racional, para mostrar su transformación bajo presiones económicas, sociales y mediáticas. Fue una teoría de la sociedad disfrazada de historia cultural. 

Tras los cuestionamientos, Habermas no se aferró dogmáticamente a su formulación original sobre la esfera pública. En una edición posterior él reconoció los límites y yerros que le señalaban. La investigación original fue criticada por su idealización de la esfera pública burguesa, por su exclusión social y por subestimar a quienes quedaron fuera de ese espacio. Admitió la selectividad de aquella esfera y asumió las objeciones. 

Las refutaciones no borran su mérito. El libro abrió un campo de investigación y, aunque varias de sus tesis quedaron rebasadas, el problema que formuló sigue vigente. ¿Cómo se organiza la opinión pública democrática en una sociedad atravesada por intereses, desigualdad, medios de masas y, actualmente, por las redes sociales?

Habermas perteneció a una segunda generación de la Escuela de Fráncfort. No fue un discípulo reverencial de los pioneros Walter Benjamin, Theodor Adorno y Max Horkheimer, sino un heredero crítico que tomó de ellos la desconfianza frente a la razón degradada por la dominación, pero se apartó de su pesimismo vinculado al ascenso del nazismo. 

Fue asistente de Adorno en el Instituto de Investigación Social. Su paso por Fráncfort lo ató con la escuela de la teoría crítica. Como los pioneros, estudió la cultura de masas, la industria cultural y cómo los medios de comunicación reducen la autonomía de los sujetos. Su aportación fue que en lugar de renunciar a la razón, intentó rehabilitarla en clave comunicativa, intersubjetiva y democrática. Su planteamiento fue menos sombrío y más político. 

Una de sus ideas más fértiles para comprender la técnica es que los dispositivos de comunicación no son neutrales. Sostenía que cuando una tecnología transforma cómo circula la palabra pública, también altera la política, la economía y la cultura. Habermas pensó esto con la prensa, luego con los medios de masas y, hacia el final de su vida, con las nuevas tecnologías, aunque no llegó a profundizar en ellas. 

El Instituto Max Planck recordó que el diagnóstico de Habermas sobre la esfera pública resulta pertinente en la era de las burbujas algorítmicas y la desinformación. Porque para Habermas una tecnología verdaderamente disruptiva acelera la comunicación, reordena las condiciones de la legitimidad, redefine quién puede hablar, quién puede escuchar y cómo se construye el consenso. 

El Instituto Max Planck. Reflexiones sobre la desinformación. Foto: Especial  

A partir de ello se entienden otras aportaciones al campo de la comunicación y la filosofía práctica. Su ética del discurso sostiene que las normas sólo pueden aspirar a validez cuando resisten el examen de quienes resultan afectados por ellas. 

Su teoría de la democracia deliberativa vinculó la legitimidad jurídica con la participación discursiva de los ciudadanos. Su reflexión sobre derecho y democracia convirtió la comunicación pública en una condición para la posibilidad del Estado constitucional. 

El resto de su obra amplió la reflexión hacia la religión, la pos-secularidad y Europa, donde defendió una convivencia democrática capaz de dialogar con creyentes y no creyentes sin someter la razón a ningún dogma. 

Habermas fue un pensador ocupado en la comunicación y, por lo tanto, la convivencia democrática, la técnica, la ciencia y la ética pública. Aunque murió el filósofo, sigue intacta la pregunta que nos legó: ¿cómo sostener una esfera pública donde la razón, y no la sinrazón, tenga voz? 

Twitter: @beltmondi

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