Opinión

Los charlatanes de siempre

México, donde la enfermedad se consideraba erradicada hace diez años, lidera hoy la lista continental con 7 mil 168 casos acumulados y 24 muertes entre 2025 y 2026, según los datos de la OPS.
martes, 24 de febrero de 2026 · 05:00

En Quack Quack: The Threat of Pseudoscience, el químico Joe Schwarcz recorre cinco siglos de estafas médicas y encuentra que todas comparten la misma arquitectura: un discurso seductor, credenciales dudosas, ataques feroces contra la medicina establecida y la promesa de soluciones simples para problemas complejos.

Su galería de personajes es fascinante. Está John Brinkley, un vendedor ambulante de aceite de serpiente que compró un diploma médico falso por 500 dólares, abrió un consultorio en Kansas y empezó a trasplantar testículos de cabra a hombres que se quejaban de falta de vigor sexual. El negocio despegó cuando la esposa de su primer paciente dio a luz a un niño, al que bautizaron Billy. Brinkley llegó a realizar más de 16 mil trasplantes, compró una estación de radio para promover sus servicios y casi fue electo gobernador. Cuando la Asociación Médica Americana lo calificó de charlatán, respondió que era un “sindicato de carniceros” cuyos miembros le tenían envidia porque les quitaba clientes.

Está la Kickapoo Indian Medicine Company, que vendía un “matagusanos” capaz de producir lo que, al salir del cuerpo, parecía un parásito, pero que era un pedazo de hilo enrollado, empaquetado dentro de las propias pastillas. Está el joven Houdini, antes de la fama, trabajando como asistente de un curandero ambulante que vendía elixires milagrosos a pueblerinos fascinados por sus trucos de magia.

Antivacunas. Desinformación y pseudociencia. Foto: Miguel Dimayuga.

Los ejemplos son graciosos en retrospectiva. Lo que no es gracioso es lo poco que ha cambiado la dinámica del engaño. Schwarcz relata cómo los remedios del siglo XIX prometían curar “las indiscreciones de la juventud” y “los males del hígado”, mientras que los de hoy prometen desintoxicar el organismo con “energía fotobiónica” y curar el cáncer con fruta amazónica que es “10,000 veces más potente que la quimioterapia”. Y cita a Isaac Asimov para explicar por qué la pseudociencia nunca desaparece: “Examine cualquier pieza de pseudociencia y encontrará una cobija de seguridad, un dedo para chupar, una falda de la cual agarrarse. ¿Qué ofrece el científico a cambio? ¡Incertidumbre! ¡Inseguridad!”

Es difícil no pensar en esa frase cuando se observa lo que ocurre con las vacunas. El resultado de décadas de desinformación y pseudociencia acumuladas es un desastre predecible. De acuerdo con la OMS, en 2023 hubo 10.3 millones de casos de sarampión en el mundo, 20% más que en el año anterior. En 2024, la región europea registró la cifra más alta en más de 25 años. Canadá perdió su estatus de país libre de sarampión en noviembre de 2025, tras mantenerlo durante tres décadas. México, donde la enfermedad se consideraba erradicada hace diez años, lidera hoy la lista continental con 7 mil 168 casos acumulados y 24 muertes entre 2025 y 2026, según los datos de la OPS. El mismo reporte señala que —¡oh, sorpresa!— el 78% de los contagiados en la región no estaba vacunado.

Durante décadas, vacunarse fue tan natural como llevar a los hijos a la escuela. La cobertura global de la primera dosis contra el sarampión subió de 72 a 86% entre 2000 y 2019, y la enfermedad parecía encaminada a la eliminación. Después vino el retroceso. La pandemia de covid-19 interrumpió las campañas de vacunación en todo el mundo y dejó a decenas de millones de niños sin vacunarse; para 2021, la cobertura había caído al 81% (se necesita que el 94% de la población esté vacunada contra el sarampión para lograr la inmunidad colectiva). Pero la pandemia sólo aceleró algo que ya venía gestándose: una desconfianza creciente hacia la ciencia que encontraba eco —y a veces origen— en los propios gobiernos.

En Sudáfrica, el presidente Thabo Mbeki negó durante años que el VIH causara el sida, bloqueó el acceso a los antirretrovirales y promovió el ajo y la cúrcuma como tratamiento; un estudio de Harvard estimó que su negacionismo costó más de 300 mil vidas. En Tanzania, John Magufuli declaró al país libre de covid gracias al poder de la oración y las inhalaciones de vapor, prohibió a los médicos diagnosticar la enfermedad y murió poco después —oficialmente de un problema cardiaco, sin que se pudiera confirmar si se había contagiado del virus cuya existencia negaba.

Y ahora Robert F. Kennedy Jr., secretario de salud de EU, lleva esa tradición a su expresión más acabada. Kennedy no es un líder que comete torpezas ocasionales; es un militante de la pseudociencia con décadas de trayectoria. Desde su cargo ha insistido en que las vacunas causan autismo —desmentido desde que The Lancet retractó en 2010 el estudio fraudulento de Andrew Wakefield—, ha negado que el VIH cause sida, y a inicios de febrero afirmó en Tennessee que la dieta cetogénica puede "curar" la esquizofrenia, algo que el propio investigador de Harvard al que citó salió a desmentir al día siguiente.

El cardiólogo pediátrico que Kennedy puso al frente del comité federal de vacunas declaró que todas las inmunizaciones, incluyendo polio y sarampión, deberían ser opcionales; cuando le señalaron que algunos niños podrían morir, respondió que también le entristecía que la gente muriera de enfermedades alcohólicas, pero así era la libertad de elección. Mientras tanto, Estados Unidos recortó el financiamiento que aportaba a la OMS y a Gavi, la alianza global de vacunación, debilitando la infraestructura que protegía a los países más pobres.

Los charlatanes del libro de Schwarcz —los de los testículos de cabra y las pastillas con gusanos de hilo— operaban desde los márgenes: carpas ambulantes, estaciones de radio fronterizas, ferias de pueblo. Eran grotescos, pero limitados, y el Estado terminaba por frenarlos. Lo que sorprende de este momento no es que existan charlatanes —eso es una constante humana, como bien documenta Schwarcz a lo largo de cinco siglos—, sino que hayan dejado de operar contra las instituciones para intervenir desde ellas. El comité de vacunación lo preside alguien que cuestiona la vacunación contra la polio. La política sanitaria la define alguien que niega el VIH. Y el sarampión, esa enfermedad que creíamos erradicada, se mide hoy en más de 15 mil casos con una alerta continental de la OPS. Como escribió Schwarcz, la credulidad humana es una constante, inmune al avance de la ciencia. Lo que cambia es cuánto poder tiene quien la explota y cuánto daño logra ocasionar.

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