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Drones: beneficios y amenazas

En México el problema de los narcodrones es agudo y ya tiene implicaciones. El uso para tráfico de drogas y para ataques contra fuerzas de seguridad obliga a invertir en detección y contramedidas. La cooperación binacional es esencial, dado el fácil cruce de artefactos por la frontera.
domingo, 22 de febrero de 2026 · 07:00

Estados Unidos detectó en el último año un incremento muy preocupante de incursiones de aeronaves no tripuladas (drones) vinculadas al tráfico de drogas, hasta alcanzar promedios de 150 vuelos diarios en tramos de la frontera con México. 

Este dato ilustra que los vehículos aéreos no tripulados se han convertido en herramientas de alta utilidad civil, pero también protagonizan situaciones de riesgo cuando caen en manos criminales o de actores estatales con intenciones ofensivas. 

Por el lado beneficioso, los drones han transformado labores agrícolas, sanitarias y logísticas. En México el despliegue de modelos agrícolas comerciales ha permitido reducir el uso de agua y agroquímicos, así como cubrir grandes superficies con menor mano de obra (un ejemplo son los equipos de DJI Agriculture usados en campos mexicanos y conectados vía satélite). 

El mando a distancia, la automatización y los sensores avanzados permiten el uso de drones para aplicaciones de fumigación de precisión, mapeo de cultivos y transporte de medicamentos en zonas remotas, donde antes la entrega tardaba días. 

Esa misma versatilidad tecnológica explica por qué gobiernos y reguladores buscan reglas más estrictas para los drones. La Comisión Europea presentó recientemente un Plan de Acción para contrarrestar las amenazas de drones, con medidas coordinadas para detección, respuesta y preparación defensiva en eventos masivos y fronteras. 

El objetivo busca fomentar un mercado civil competitivo donde operen servicios de entrega y agricultura, a la vez de proteger la seguridad nacional. 

Uno de los drones de guerra usados en la invasión rusa en Ucrania. Foto: Ukraine's 93rd Mechanized Brigade vía AP

El reverso oscuro de los drones es literal y práctico. En conflictos recientes los drones se consolidaron como un elemento central del arsenal. En la guerra entre Rusia y Ucrania, sistemas suicidas y vehículos tácticos cambiaron la naturaleza de los ataques sobre infraestructura y ciudades, con impactos humanitarios y logísticos notables. Fabricantes y Estados desarrollan y exportan plataformas letales y no letales, lo cual multiplica riesgos de proliferación y mal uso. 

Los principales fabricantes civiles y militares aparecen en varios polos geográficos. Empresas como DJI dominan el mercado civil con modelos para foto-video y agricultura. En el ámbito militar y de municiones merodeadoras sobresalen firmas y plataformas de Turquía (Baykar y su Bayraktar TB2), Irán (familia Shahed), Rusia (Lancet de ZALA) y Estados Unidos (AeroVironment con la familia Switchblade y General Atomics con MQ-9 Reaper). Cada plataforma tiene capacidades distintas, desde vigilancia hasta impacto de precisión. 

Frente a estas tecnologías autónomas y controladas a distancia, han surgido sistemas de defensa aérea especializados (escudos antidrones). Las tecnologías antidrones combinan detección por radar y sensores electro-ópticos, identificación por radio y contramedidas como interferencia en las comunicaciones, captura con redes y, en la vanguardia, armas de energía dirigida (láseres) usadas en operaciones cerca de aeropuertos y fronteras. 

Un ejemplo fue el empleo experimental de armas láser por agencias militares y de fronteras de Estados Unidos, lo cual motivó cierres temporales del espacio aéreo por riesgos colaterales. Estos sistemas son caros y requieren cadena logística y reglas para su compra y uso oficial. 

En México el problema de los narcodrones es agudo y ya tiene implicaciones. El uso para tráfico de drogas y para ataques contra fuerzas de seguridad obliga a invertir en detección y contramedidas. La cooperación binacional es esencial, dado el fácil cruce de artefactos por la frontera.

Mientras que la proliferación de drones comerciales (muchos sin homologación) complica la trazabilidad. Las autoridades han respondido con medidas de regulación del espectro radioeléctrico, controles de importación y campañas de homologación, pero el desafío persiste debido a los bajos costos de adquisición y la facilidad de modificación. 

Las mejores prácticas regulatorias, donde hay consenso técnico y normativo, combinan dentificación remota obligatoria (Remote ID) para habilitar rastreo y atribución en tiempo real. Registros y homologaciones para fabricantes y modelos y de estándares mínimos de seguridad por diseño. Espacios autorizados para pruebas y operaciones complejas (U-space en Europa), junto con zonas restringidas alrededor de aeropuertos y eventos masivos. 

Gestión del espectro radioeléctrico donde las autoridades monitorean señales usadas por drones y por los sistemas antidrones, lo cual evita colisiones electromagnéticas y facilita prohibiciones legales. Cooperación internacional para frenar transferencia de tecnología militar a actores no estatales o del crimen organizado. Estas medidas se complementan con formación de pilotos y exigencias de seguro para operaciones comerciales.

Dron decomisado al narco. Foto: Daniel Augusto / Cuartocuro

El mercado mundial de drones presenta estimaciones según la fuente y el segmento. Algunas proyecciones sitúan el mercado global en decenas de miles de millones de dólares en la próxima década, con cifras que varían según segmentos militares o comerciales. Esta variabilidad revela que la industria es grande y atractiva, lo cual aumenta el incentivo para una regulación donde la innovación no sea asfixiada, pero la seguridad sea prioritaria.

En 2026 los ingresos en el mercado de drones a escala mundial ascendieron a cuatro mil 470 millones de dólares. Se proyecta que crecerá anualmente 3.96% (CAGR 2026-2030). China genera los mayores ingresos, con mil 700 millones de dólares en 2026. Se espera que para 2030 el volumen del mercado de drones alcance 10.51 millones de unidades.

Los drones ofrecen beneficios tangibles para agricultura, salud y servicios públicos, mientras su lado oscuro alimenta nuevas formas de violencia, espionaje e inseguridad. Como siempre, la respuesta pasa por políticas públicas integradas, inversión en detección y defensa y marcos regulatorios que preserven la innovación.

Twitter: @beltmondi

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