Caminata por la paz
Lo que no se escuchó
En la era del show lo que importa no es el peso de la verdad. El amor al que apela el eslogan de Bad Bunny –una consigna tan estúpida como “sonríe y la fuerza estará contigo”– es, por el contrario, un amor embustero, emocional, impotente, demagógico.El 26 de octubre de 2025, 19 monjes budistas del Center Huong Dao de Texas se echaron a caminar por la paz rumbo a Washington. Llegaron a su destino el 10 de febrero de 2026. Durante los tres mil 700 kilómetros y 100 días que duró el recorrido, no hicieron declaración alguna, no formularon consignas no promovieron mítines. Su silencio y su andar fueron su palabra. Los escasos medios que dieron cuenta de su arribo lo hicieron con el asombro con el que se relata una hazaña deportiva. Nadie de ellos habló de lo que ese andar y ese silencio decían sobre la paz en un mundo desgarrado; nadie hizo referencia a la compasión budista. Seducidos por el show, la mayoría de los medios y sus audiencias exaltaron conmovidos el lema que dos días antes de la llegada de los budistas a Washington, había lanzado Bad Bunny durante el medio tiempo del Super Bowl: “Lo único más poderoso que el odio es el amor; juntos somos América”.
Esta ceguera muestra lo que la era del show ha hecho en el ser humano: estrechar su mente, su memoria y su capacidad para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el llamado al amor que implica compromisos profundos y su reducción a un mensaje tan insustancial como un eslogan publicitario.
En la era del show lo que importa no es el peso de la verdad y sus duras responsabilidades, sino la capacidad que tiene un mensaje relámpago de suscitar una emoción aun cuando niegue la realidad y carezca de sustento; aun cuando quien lo expresa no tenga más autoridad moral que la que le otorga el rating. Así, obnubilados por el show, los medios y sus audiencias olvidaron que el hombre que expresó ese eslogan sobre el amor que sacudió sus emociones, es el mismo cuyo trap latino promueve la violencia y exalta el machismo y el consumo de drogas; el mismo que, como nuestros políticos, puede cambiar a conveniencia su narrativa si esta sirve para obtener dinero y exaltar el clamor bovino de las masas. Con ello se gana en popularidad, pero se perpetua el odio y sus violencias.
Esta ceguera de nuestra época posee, sin embargo y de manera paradójica, una fuerza indirecta que nos remite de nuevo a la marcha budista que muy pocos medios atendieron y muy pocos escucharon.
Contra el facilismo emotivo del eslogan de Bad Bunny, los 19 budistas que caminaron tres mil 700 kilómetros durante 100 días sabían que el amor no es más fuerte que el odio, que mientras caminaban ICE perseguía y destrozaba migrantes, que en México se asesina y desaparece con la complacencia del Estado, que en Medio Oriente y Ucrania las poblaciones viven en la indefensión y el terror, que el mundo es un infierno donde los seres humanos son amenazados, asesinados y deportados, que la tierra gime bajo la destrucción sistemática de los poderes del dinero que prepara la guerra. Sabían, por lo mismo, que el amor, que impulsaba su marcha en favor de la paz, no la traería ni pondría un coto al poder del odio. No son estúpidos como Bad Bunny y su frase publicitaria. Su caminar y su silencio apuntaba hacia otra parte.
Según la cuádruple verdad del Buda, el sufrimiento que produce el odio y la violencia es el anhelo, el deseo y el apego de cosas temporales, incluso tan aparentemente bondadosas como el amor a una idea o a una emoción. Dice también que la única forma de escapar de ello y encontrar la paz es mediante la sabiduría que implica además de la disciplina de los sentidos y sus emociones, la compasión, esa forma del amor que no pretende evitar el sufrimiento, pero que lo acompaña.
El amor al que apela el eslogan de Bad Bunny –una consigna tan estúpida como “sonríe y la fuerza estará contigo” o como tantas otras que oímos diariamente entre los radiodifusores que encuentran en la inanidad de los manuales de autoayuda antídotos al sufrimiento– es, por el contrario, un amor embustero, emocional, impotente, demagógico, un amor que en su entusiasmo deriva en la ceguera y a veces en el odio. En el amor a la América excluida habita la animadversión al yanki. En el amor por lo latino se justifica la violencia del trap y del corrido tumbado.
Por el contrario, la compasión, como lo mostraron los 19 budistas en su largo caminar es exigente. Opone al poder del odio y la exaltación mediática la disciplina del silencio; al sufrimiento la compañía. Cada paso dado por esos monjes de túnicas naranja, cada dolor enfrentado a lo largo de 100 días de agotadora marcha, fue un llamado a la disciplina de los sentidos que mata al ego y sus apegos, y al silencio que permite ver las cosas en su justa medida. Fue también la muestra de que el amor, que no es fuerza sino debilidad, y la paz, que es acogimiento, sólo se conquistan al precio de la renuncia al ego y sus apegos; al precio de la pequeñez y su pobreza.
La compasión, decía Schopenhauer, se opone directamente al odio y la crueldad (el mayor mal), al egoísmo (principio de todos los males) y nos conduce a la paz como no lo hace ningún eslogan o máxima que manipula nuestras emociones. La compasión es la única virtud que nos separa de la barbarie.
Eso decía también el caminar silencioso de los 19 budistas en medio del odio, el ruido y la imbecilidad mediática. Muy pocos los escucharon, otros pocos menos lo entendieron. ¿Importó? No. Los 19 budistas sabían que la compasión y sus duras responsabilidades sostienen en su pobreza y su debilidad el mundo. Libres del ego y sus apegos, no tenían nada que explicar, nada que decir, nada que enseñar que no fuera la paz que llevaban consigo y resonaba en el ritmo silencioso y extenuante de sus pasos.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.
Artículo de opinión publicado en la edición 0033 de la revista Proceso, correspondiente a marzo de 2026, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.