Opinión
La culpable perfecta
El patriarcado no es una ideología que las mujeres inventaron y decidieron transmitir porque les gustó. Es una estructura que asignó a las mujeres, precisamente, la tarea de la reproducción cultural: criar hijos, mantener el hogar, gestionar los afectos, socializar a la próxima generación.Cada año, puntualmente, el 8 de marzo trae de regreso un argumento que nunca pasa de moda: las mujeres son las principales responsables de su propia subordinación. Este año no fue la excepción. En un foro académico —el tipo de espacio donde una esperaría encontrar cierto nivel de reflexión crítica— apareció de nuevo la versión más pulida de esa tesis: “Mi mamá me crió con reglas patriarcales, ella es la culpable, pero miren, yo solito salí de esa trampa”.
Hay que admirar la economía argumentativa. En dos oraciones, el hablante logra tres cosas simultáneamente: culpar a una mujer, eximirse de toda responsabilidad estructural y presentarse como héroe de su propia historia de redención. Es casi un arte.
El argumento tiene una larga genealogía. La idea de que las mujeres son las principales transmisoras y guardianas del patriarcado lleva décadas circulando en ciertos ámbitos, a veces con barniz académico, a veces en su versión de cantina. En su forma más sofisticada sostiene que, dado que las madres son las principales agentes de socialización en la infancia, son ellas quienes reproducen los valores que perpetúan la desigualdad. Las mujeres enseñan a sus hijas a obedecer, a sus hijos a mandar, y así el sistema se sostiene gracias a ellas.
No es que el argumento sea completamente falso. Numerosas investigaciones han mostrado cómo el condicionamiento patriarcal lleva a muchas mujeres a convertirse tanto en víctimas como en perpetuadoras de un sistema que las oprime. No por maldad ni por elección libre, sino porque ese sistema permea todo: el lenguaje, la religión, los afectos, la definición misma de lo que significa ser una buena madre. Frances O’Connor y Becky Drury lo describen con una imagen precisa: el patriarcado actúa como el monóxido de carbono, incoloro e inodoro, absorbido sin que la persona lo detecte, interpretado como el aire normal que se respira.
El problema no es señalar ese proceso. El problema es usarlo como argumento de cierre, como si identificar que las mujeres participan en la transmisión del patriarcado explicara el patriarcado, y como si esa explicación relevara a los hombres de cualquier reflexión ulterior.
Vale la pena notar lo que el argumento hace y lo que no hace. Señala a la madre. No señala al padre, que en la mayoría de los casos también estuvo ahí o —cuando no estuvo— cuya ausencia misma es un producto del propio sistema que supuestamente se está criticando. No señala a las instituciones: la escuela, la Iglesia, el Estado, el mercado laboral, el código civil, los medios de comunicación, las estructuras legales que durante siglos negaron a las mujeres el derecho a la propiedad, al voto, al divorcio, a la educación, al trabajo remunerado. No señala siglos de pensamiento religioso, filosófico y científico empeñados en justificar la inferioridad femenina. No. Señala a la madre.
Y luego viene la segunda parte del argumento, la más reveladora: “Yo solito salí de esa trampa”. Ésta es la maniobra maestra. No sólo desplaza la culpa a la mujer, sino que construye al hombre que habla como el individuo excepcional que logró lo que ella no pudo. Él tuvo el mérito, la lucidez, la fuerza de voluntad suficientes para ver el sistema y trascenderlo. Ella no.
Lo que esta narrativa oculta, claro, es que salir de “la trampa” tiene costos radicalmente distintos según el género. Un hombre que decide cuestionar los roles de género puede perder parte de la aprobación social. Una mujer que hace lo mismo arriesga su seguridad económica, la custodia de sus hijos, su red de apoyo y, en muchos casos, su seguridad física. Que él haya “salido solito” dice menos sobre su mérito individual que sobre el hecho de que la puerta de salida no cuesta lo mismo para todos.
Además, hay una trampa lógica en el argumento que conviene señalar. Si las madres son culpables de transmitir el patriarcado a sus hijos, ¿quién les transmitió el patriarcado a ellas? Sus madres, claro. ¿Y a esas madres? Sus madres. En algún punto de esa cadena de culpas femeninas uno esperaría encontrar al agente original, a quien instaló el sistema en primer lugar. Pero ese agente tiende a desaparecer de la ecuación.
El patriarcado no es una ideología que las mujeres inventaron y decidieron transmitir porque les gustó. Es una estructura que asignó a las mujeres, precisamente, la tarea de la reproducción cultural: criar hijos, mantener el hogar, gestionar los afectos, socializar a la próxima generación. Y luego, con notable elegancia circular, se les cobra esa tarea asignada como evidencia de su complicidad. Se les impuso el trabajo de reproducir el sistema y se les presentó como culpables de haberlo hecho.
Que el argumento reaparezca en un contexto académico no debería sorprender. La academia no es inmune a los reflejos defensivos. De hecho, es uno de los espacios donde esos reflejos adquieren el barniz más sofisticado: ahí se puede sostener que la desigualdad es básicamente culpa de las mujeres, y hacerlo con suficiente vocabulario técnico como para que suene a un análisis.
Lo que sí resulta cada año más difícil de tolerar es la autocomplacencia que acompaña al argumento: esa satisfacción visible del hombre que se declara iluminado, que se distanció de su madre para concluir que las madres son el problema. Como si la consciencia crítica fuera un mérito personal y no —también ella— el producto de condiciones materiales y simbólicas que no todas ni todos tienen por igual.
Las mujeres no somos las guardianas voluntarias del patriarcado. Somos, con mucha frecuencia, sus presas más disciplinadas. Que las presas colaboren en mantener la jaula no hace la jaula menos real, ni absuelve a quienes la construyeron.