Opinión
El rapto de Europa digital
Mientras Estados Unidos domina el software y la nube, y China se apodera de la infraestructura física y 5G, la Unión Europea se especializa en lo único que parece producir a escala industrial: reglamentos.El mito clásico relata cómo Zeus, transformado en un toro de deslumbrante blancura, sedujo a la vulnerable Europa mientras recogía flores, para llevársela lejos de su tierra y sumergirla en un destino ajeno. Hoy la vulnerabilidad europea no proviene de un rapto externo, sino de un autosecuestro institucional. Zeus regaló a Europa un collar (una posesión valiosa), un autómata de bronce (tecnología), un perro que nunca soltaba a su presa (regulación) y una jabalina que nunca erraba (el miedo a un adversario).
En el terreno de la tecnología y la infraestructura digital no son los toros de Silicon Valley o de Shenzhen los que están alejando a Europa de su prosperidad digital, son los burócratas de Bruselas quienes, atrapados en una maraña de hiperregulación y cautela excesiva, mantienen a Europa cautiva en el pasado.
La solución de la Comisión Europea, la Digital Networks Act (DNA) o Ley de Redes Digitales, es el estandarte de un marco jurídico moderno y armonizado para reforzar la competitividad tecnológica. En realidad es un avance tímido que no rompe las cadenas de la fragmentación continental.
Europa, que lideró el mundo con las redes y los teléfonos 3G y la hiperregulación para 4G, con 5G perdió la brújula de la innovación disruptiva. Mientras Estados Unidos domina el software y la nube, y China se apodera de la infraestructura física y 5G, la Unión Europea se especializa en lo único que parece producir a escala industrial: reglamentos.
La DNA es un intento de despertar y nace con objetivos loables. Busca incentivar la transición hacia la fibra óptica y las redes 5G y 6G y simplifica las normas de autorización para que los operadores de telecomunicaciones puedan actuar de forma transfronteriza. El diagnóstico es correcto: el mercado europeo de comunicaciones electrónicas sigue fragmentado en 27 sistemas nacionales, lo cual impide que sus empresas alcancen la escala necesaria para competir con gigantes globales de Estados Unidos y Asia.
Sin embargo, la fortaleza de la propuesta (la intención de crear un verdadero mercado único europeo mediante una ley en lugar de una directiva) se diluye en sus debilidades estructurales. La DNA es un mantenimiento preventivo y no un proyecto visionario. Falta una apuesta decidida por la soberanía tecnológica en infraestructuras de computación en el borde (edge computing) y una integración real entre conectividad y servicios de nube.
Europa sigue obsesionada con el control ex ante de la competencia y teme que la consolidación de los operadores perjudique al consumidor a corto plazo, sin entender que la falta de inversión por ausencia de escala la está condenando a una irrelevancia a largo plazo.
El informe de Mario Draghi sobre el futuro de la competitividad europea es el espejo donde la DNA debería mirarse con más ambición. Draghi advierte que el sector de las TIC en Europa ha visto caer su cuota de mercado mundial de 22 a 18% en una década, mientras que la de Estados Unidos subió a 38%. El informe es tajante: Europa sufre de una capacidad limitada para beneficiarse de las economías de escala y de los efectos de red en tecnologías clave.
El problema no es de dinero, sino de enfoque. Europa invierte mucho en digitalización, pero ha caído en un exceso de celo regulatorio que asfixia la innovación. El Reglamento General de Protección de Datos, las leyes de Servicios y Mercados Digitales o la Ley de Inteligencia Artificial son vistos por Bruselas como armas para civilizar el salvaje oeste digital. Pero para las empresas europeas esas normas son un lastre que encarecen el cumplimiento y retrasan la salida al mercado.
Draghi señala que la digitalización es esencial para la productividad de todos los sectores, pero sin una infraestructura digital de vanguardia el continente no podrá absorber los beneficios de la inteligencia artificial. La DNA, aunque menciona estas metas, no propone mecanismos de financiación lo suficientemente agresivos ni una desregulación radical que permita a los operadores europeos respirar y fusionarse para ganar músculo frente a los “toros” externos, principalmente EU y China.
La DNA muestra una Europa digital temerosa. Desconfía de China por razones de seguridad y de Estados Unidos por el dominio de sus plataformas, pero su respuesta es siempre la misma: más regulación. Europa cree que dictar las normas del juego es equivalente a jugarlo con éxito, cuando la realidad es que quien no desarrolla la tecnología termina siendo un usuario de las reglas de otros.
La transformación digital de Europa está secuestrada por la autoridad europea. Mientras pretende proteger el modelo social y la privacidad de sus ciudadanos termina alejándolos del futuro tecnológico. La innovación siempre requiere riesgo, pero la burocracia comunitaria prefiere la seguridad del estancamiento. El último gran hito tecnológico europeo, las redes 3G, fue posible porque hubo una visión común y una apuesta por el liderazgo industrial. La DNA se queda a medio camino recogiendo flores, atrapada en trámites y consultas mientras el mundo acelera.
¿Qué le faltó a la Digital Networks Act para ser verdaderamente disruptiva? Sin duda, una política de espectro radioeléctrico centralizada que elimine las licitaciones nacionales, las cuales sólo sirven para recaudar fondos para los tesoros estatales a costa de la capacidad inversora de los operadores.
También carece de una flexibilidad real de las leyes de competencia que permita la consolidación del mercado europeo. Finalmente, un plan de inversión en infraestructuras digitales tan ambicioso como la Nueva Ruta de la Seda de China o los subsidios millonarios a los semiconductores en EU.
A Europa no le conviene ser un museo regulado. La inversión no se obliga. La competitividad no se decreta, se construye con redes hiperconvergentes, con empresas potentes y con un entorno que premie la audacia. Si Europa no es capaz de liberarse del rapto burocrático, seguirá siendo una princesa deseada que se aleja hacia otros horizontes, dejando atrás un territorio lleno de normas perfectas pero vacía de futuro digital. Es momento de que el toro blanco de la regulación deje de ser un secuestrador y se convierta en la potencia de una nueva era de soberanía tecnológica.
___________________________________
Twitter: @beltmondi