Opinión
Los retos en la cadena de producción de la carne
En México, la movilización del ganado es pieza estructural del modelo. El camino de la carne está organizado en regiones que se complementan: en unas zonas nacen y se crían los becerros; en otras se concentran los corrales de engorda, y en otras se ubican los rastros y plantas de empaque.CIUDAD DE MÉXICO (apro).-Cuando pensamos en ganadería, imaginamos potreros, cercas y bebederos. Pero hay una parte de la cadena de producción de la carne que casi nunca vemos, y que es igual de esencial para que el sector funcione: la carretera.
En México, la movilización del ganado es pieza estructural del modelo. El camino de la carne está organizado en regiones que se complementan: en unas zonas nacen y se crían los becerros; en otras se concentran los corrales de engorda, y en otras se ubican los rastros y plantas de empaque. Sin ese movimiento entre regiones, la cadena no caminaría.
Hasta hace poco más de un año, esa movilización era compleja, pero predecible. Descansaba en algo que el productor conocía: la documentación zoosanitaria y los puntos de verificación federal. Para que un embarque saliera del rancho o del centro de acopio, el ganadero debía tener su hato identificado y, después del dictamen negativo de Tuberculosis y Brucelosis, tramitar un Certificado Zoosanitario de Movilización emitido por un médico veterinario, un registro electrónico de movilización (REEMO) que especifica cuántos animales viajan, de dónde salen y a dónde van y en algunas entidades, el permiso de internación de ganado.
Con esas “cartas de presentación”, el ganado emprendía su viaje. Normalmente, el conductor sabía que se enfrentaría a varios puntos de verificación estatal y/o federal, donde personal estatal o del SENASICA detenía la jaula, revisaba papeles y confirmaba que coincidieran datos y origen. La inspección física era la excepción: se hacía cuando había inconsistencias, algún animal mal identificado o la zona de origen tenía un riesgo particular. En los demás casos, bastaba con revisar documentos y el embarque seguía su camino.
La movilización es una herramienta de desarrollo regional: acerca al pequeño productor al mercado, asegura abasto de carne en las ciudades y reparte trabajo a lo largo de la cadena.
La presencia del gusano barrenador (GB) puso a prueba ese sistema. Era lógico reforzar la vigilancia: nadie en la engorda de ganado y producción de carne se opone a cuidar la sanidad y la inocuidad. El problema no es que haya controles, sino cómo se han apilado unos sobre otros. Primero se ajustó la movilización desde los estados de la zona afectada: sólo se puede mover ganado si se demuestra tratamiento previo, revisión sanitaria y un Certificado Zoosanitario de Movilización y REEMO emitidos después de esa revisión.
Sobre esa base federal se montaron restricciones locales. Algunos estados endurecieron por su cuenta la entrada y el trayecto del ganado, con suspensiones precautorias o requisitos extra. El resultado es que un embarque que sale hoy del sureste rumbo a una engorda en el norte ya no solo debe cumplir con las reglas federales; debe “adivinar” con qué criterio se topará en cada frontera interna. Cada eslabón que se endurece sin coordinación se traduce en horas de más con los animales en la jaula, mayor estrés, mermas de peso y costos que, tarde o temprano, llegan al precio que pagan las familias mexicanas.
No hay que olvidar que hablamos de seres vivos. Una cosa es un control sanitario bien diseñado y basado en riesgo; otra distinta es tener a los animales detenidos durante horas en filas, bajo el sol, con acceso limitado a agua y alimento. Lo que se pensó como un blindaje sanitario está dañando de forma sería el bienestar animal.
Frente a esto, productores y autoridad acordamos una herramienta que tiene sentido: el Protocolo de Movilización Confiable. En sencillo, es un sistema de confianza para mover ganado de zonas con gusano barrenador hacia engordas sin poner en riesgo la sanidad. El engordador firmaría un convenio con sus acopiadores, quienes, en el origen, tratarían al ganado con desparasitantes, revisarían animal por animal, atenderían heridas y dejarían constancia; luego un veterinario certificaría, se sellaría el camión y se registraría la ruta. En carretera, la autoridad ha planteado un protocolo que está por ser autorizado en el cual se seguirá revisando, pero menos veces a quienes demuestren que hacen bien las cosas y más a quienes no. Si alguien incumpliera y llegara a enviar animales sin tratar o con larvas de GB, perderá la confianza: se le regresará el embarque y podrá ser suspendido.
La movilización no es un problema por contener; es una realidad que hay que ordenar. Sin camiones que crucen de sur a norte, sin centros de acopio que organicen las salidas y sin corrales de engorda que reciban animales de varias regiones, la ganadería mexicana se retraerá y, al final, se presiona el precio de la carne que pagan las familias. Lo que necesitamos no es un país lleno de barreras improvisadas, sino un sistema de movilización confiable: reglas claras, protocolos aplicables, trazabilidad y coordinación efectiva entre la federación y los gobiernos estatales. La carretera va a seguir siendo parte del rancho, con o sin plaga; la cuestión es si será un corredor vigilado y fluido, o un laberinto que asfixia a quienes hacen las cosas en regla y dejan huecos para quienes no lo hacen.
Jesús Brígido Coronel, presidente de la Asociación Mexicana de Productores de Carne (AMEG).*