Centenario de Julio Scherer García

Flores para Susana

Hija de Julio Scherer García, Gabriela constata mediante recuerdos el papel fundamental que su madre, Susana Ibarra, jugó en la vida de la familia, pero sobre todo en la de su marido Julio. Sin esa presencia, dice Gabriela, no se podría entender al fundador de Proceso.
martes, 7 de abril de 2026 · 05:00

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Imposible comprender a Julio Scherer García sin la presencia de Susana, su mujer. Vehementes ambos, no cedían con facilidad. Debatían como si de ello dependiera la vida misma.

Mi madre, Susana Ibarra Puga, no cabía de alegría ante el retorno habitual de su esposo, Julio Scherer. Aún experimento la emoción contagiosa que el brillo de sus ojos verdes me provocaba, y cómo se iluminaba su rostro destacando el color naranja de sus labios dibujando una bella sonrisa. Era un momento único que se renovaba cada día.

De la cotidianidad, ella eligió el hogar, por más de veinte años se entregó por completo a su cuidado y gobierno. Cuando sobrevino el golpe a Excélsior comenzó a trabajar hombro con hombro en la nueva trinchera que mi pa’ construiría junto con un puñado de amigos: Proceso. La falta de dinero fue sustituida con el enorme capital de entusiasmo que pusieron todos. Desde el primer aniversario de Proceso mi mamá se encargó de organizar la fiesta que inició con una cena. Los chiles en nogada hechos por ella fueron el plato principal. El festejo terminó más allá de la media noche. Muchísimas noches fueron de alegría plena.

50 años después me conmueve el recuerdo de su lealtad. Ya muy enferma, mi papá la sostenía. Repaso el día en que nos dieron la noticia del mal que la llevaría a la muerte. Fue en el hospital. El doctor García Rentería explicaba los detalles del cáncer que se hizo de su cuerpo. Mi padre parecía derrumbarse.

La salida de Excélsior. Foto: Juan Miranda Procesofoto

Escuché apenas su voz:

-¡No puede ser!

De pronto alguno de mis hermanos preguntó:

-¿Vamos a decirle a mi mamá?

Mágicamente surgió su fuerza descomunal:

-¡Por supuesto! -respondió resuelto.

Él se encargaría de que su compañera viviera a partir de ese momento como si fuera el último. Mi papá enteró del mal a mi madre; ella se aferró a él y juntos, a la vida.

Un día de tantos, el brazo derecho inmóvil, ingente el dolor; sentada a mitad de una pequeña silla y corriendo el agua de la regadera por su piel, expresó:

“Vivo como en un sueño, su padre y ustedes siempre a mi lado”.

Mi pa’ todos los días imaginaba alguna manera de arrancarle una sonrisa, de hacerle saber de su amor, de darle ánimo. Como surgen los milagros, una tarde, volcada la ternura en el diminutivo Susanita, la interrogó:

-¿Si fueras a una isla desierta y sólo pudieras llevarte a una persona, a quién elegirías?

Ella respondió de inmediato:

-¡A ti, Julián!

Él festejó su respuesta.

-¡Pero, claro Susanita! ¡No podía ser de otro modo!

Ella sonreía. Él la besó en los labios y dirigiéndose a nosotros dijo:

 -¿Ya lo ven? ¡Se iría conmigo! ¿Se dan cuenta quién es el mero mero?

Hasta el final durmieron juntos. Mi mamá no podía recogerse en la cama; dormitaba en un sillón reclinable. Mi papá a su lado, en otro, acariciaba sus manos.

Mi pa’, poco a poco, despacito, cambió sus hábitos: desayunaba y comía en casa; pasaba a saludar inesperadamente; le llevaba algún regalito. Iniciaba el día junto a ella y junto a ella lo despedía. En el estremecimiento de los tiempos, la nobleza ensanchaba su alma y el amor crecía.

Sensible a la emoción de la belleza, mi pa’ sembró flores en el camino de los adioses terribles. Mi mamá se alejó entre gerberas amarillas. Le cautivaban esos “margaritones”. Nunca le faltaron. Su presencia la acompañó más allá de su partida.

En diciembre de 1981, Gabriel García Márquez escribió un artículo para nuestra otra familia, Proceso. “Cómo sufrimos las flores”, lo intituló. Inicia así:

Para que vuelva a entrar la buena suerte en una casa desollada por la desgracia, no hay nada más eficaz que un ramo luminoso de flores amarillas. Es, incluso, un conjuro invencible contra las nubes oscuras que suelen perturbar en ciertos días inciertos el oficio misterioso de escribir [...].

El 11 de cada mes Julio Scherer colocaba flores en un jarrón verde sobre una cómoda de su recámara en el mismo florero y lugar que años antes había elegido mi mamá para verlas. Desde que ella se fue también las colocaba sobre su escritorio, al lado del retrato de mi madre, en un jarroncito azul. Aprendió a cuidarlas: poquita agua para que no se marchite el tallo hendido y cambiarla a diario, para que no se apague su hermosura.

Afirmaba que las flores son un obsequio de la vida, embellecen la casa y en su belleza descubren el esplendor del espíritu de nuestra madre. La mantienen viva, nos repetía lo que solía decirle:

“No tengo par gracias a ti, Susanita; no permitiré que languidezcan estos maravillosos margaritones”.

Recordábamos juntos lo graciosa que era, su simpatía, sus malas palabras... y tantas veces, lo que todos sus familiares sabíamos: quien conoció a Susana Ibarra la amó para siempre.

En 1989 adornó la cripta donde permanecería mi mamá. Incorporó en su espacio un gran florero con flores de seda, de los colores del arcoíris. También colocó una placa en la parte exterior: la firma de mi madre la engalana Suzana, así, con z intermedia. A partir de ese año, cada 11 de junio fue con nosotros a la iglesia de Santa Mónica. Se instalaba en la parte posterior de la capilla y desde ahí escuchaba al sacerdote.

Jamás llegó tarde, nunca tomó asiento ni comulgó. El 11 de junio de 2014, veinticinco años después, ya no pudo asistir. Me pidió vestir la cripta de flores naturales, eligió rosas blancas y amarillas. Él fue el primero en ver el arreglo, le envié una foto que habría de enmarcar.

Desde 2015, los días 7 y 11 de cada mes, me acompañan esas bellísimas flores amarillas.

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