dinero
El dinero y la violencia
Somos solidarios de una estructura que al haber vuelto todo mercancía vehiculada por el dinero fomenta la competencia, la desconfianza, la injusticia, la explotación, la corrupción, el poder, la fuerza y la guerra.
A la memoria de Rossana Reguillo, una luz en la tiniebla de la violencia
Asociado con el poder y el lucro, el dinero es visto con recelo. Tiene algo de maligno. Es lo contrario de la sacralidad y el bien; su rostro invertido. Se suelen citar al respecto las frases de Jesús contra la imposibilidad de servir a Dios y al dinero y la no menos dura de entregar al César las monedas que le pertenecen para salvaguardar la libertad que debemos a Dios. En la era del industrialismo, Léon Bloy lo condenó como objeto de explotación e injusticia –“El dinero es la sangre del pobre”—y Giovanni Papini lo asoció con el demonio: “El dinero es el excremento del diablo”. Más penetrante, Ezra Pound, en su espléndido Canto XLV –donde denuncia uno de los rostros más terribles del dinero, la usura, que la Iglesia condenó hasta la emergencia del capitalismo en el siglo XVI– muestra su capacidad de destruir el trabajo creador y la belleza del mundo: “CONTRA NATURAM/ han traídos putas y cadáveres/ al banquete de Eleusis (los misterios de la celebración de la vida)/ por mandato expreso de la usura”. Hoy ya es casi imposible separar el dinero de la violencia del crimen organizado, de las corrupciones del Estado, de la destrucción de la naturaleza, del armamentismo, la guerra, la digitalidad y el transhumanismo.
No siempre fue así. La idea de lo que hoy llamamos dinero nació hacia el año 3000 a C para facilitar el trueque. Formaba parte de la economía, entendida en su sentido primero, el “cuidado de la casa”. Era parte de un ethos y un etnos con el mismo rango que la religión, la familia, el trabajo, la diversión... Aristóteles miraba con sospecha su acumulación, que llamaba “crematística” (el arte de adquirir riqueza y acumular bienes materiales). El imperio romano lo privilegió –no es casualidad que la palabra “denario” diera nombre al “dinero”. Era la manera de sostener el poder, los ejércitos y el sometimiento de los territorios que ocupaba. Hubo un templo en el siglo IV a C, en la zona alta de la colina Capitolina, dedicado a Juno Moneta, que al mismo tiempo que rendía culto a la diosa, albergó la primera fábrica de moneda y el tesoro romano. Pese a ello, la economía en su sentido aristotélico, continuó siendo la base de una vida buena. Podría pensarse, en este sentido, que las palabras de Jesús que pide devolver al César lo que le pertenece –el denario que llevaba su efigie— tenía ese significado: los asuntos relacionados con el dinero no nos pertenecen. Lo nuestro es la gratuidad del amor de Dios y la vida pobre de las tribus de Israel.
Fue también con el imperio romano, dice Iván Illich, que la Iglesia, vuelta parte de su estructura, recurrió al poder y al dinero para crear instituciones que atendieran todo tipo de necesitados y fundó las bases de las sociedades actuales de servicio que son impensables sin ellos.
El dinero, sin embargo, sólo adquirió el valor que hoy le atribuimos cuando los objetos de uso que, a veces se compraban para sostener la autarquía económica, se transformaron en lo que Marx definió como el “fetiche de la mercancía”, cuando en el siglo XIX y la revolución industrial, dice Karl Polngy en La gran transformación, la economía se “desincrustó” del tejido que conforma la vida de la gente y convirtió todo en mercancía. A partir de entonces, argumenta Georg Simmel, el dinero, a la vez que como un Dios pervertido pudo medir y comprar todo, pudo también instrumentalizar la vida, fomentar su racionalización y exaltar el individualismo por encima del común destruyendo los diversos ámbitos que lo conforman.
Nada, desde entonces, escapa a la mercantilización y al dinero; nada, por los mismo, está exento de violencia. Somos solidarios de una estructura que al haber vuelto todo mercancía vehiculada por el dinero fomenta la competencia, la desconfianza, la injusticia, la explotación, la corrupción, el poder, la fuerza y la guerra. Por más honestos y pacíficos que seamos, formamos parte de ella y la sostenemos. No es extraño entonces que toda nuestra educación fomente profesiones que reditúan dinero y que nuestros deseos más nobles estén acompañados de terminología bélica: combate a la pobreza, competitividad para el desarrollo, campañas de sensibilización, estrategias para la paz, vencer obstáculos… No es extraño, por lo mismo, que el éxito –otra palabra del mercado– se mida por la capacidad de adquirir poder y dinero, el anverso y el reverso de la sociedad moderna, y que los imbéciles encuentren en la fuerza de las armas que atemorizan, someten, y destruyen, la manera de adquirirlos. No es tampoco extraño que el Estado mexicano –corrompido hasta la médula– se haya aliado con ellos para financiar campañas políticas, programas sociales y mantener su presencia a costa de su vocación fundamental: la seguridad, el orden, la justicia y la paz.
Bajo la lógica del dinero el mundo perdió su horizonte ético y se precipita al desastre que se mide en cuerpos despedazados, fosas, desplazamientos forzados, extorsiones, guerras perpetuas y arrasamiento del medioambiente donde una comunidad humana florece, en síntesis, en crímenes de lesa humanidad que el gobierno de Morena y el Estado se empeñan en negar.
No sé si las propuestas de Polanyi que publicó su tratado sobre La gran transformación en 1944 sean aún viables en un mundo donde el dinero y el poder se han vuelto más abstractos, insidiosos y globales. Es probable que no. Pero no es innecesario recordar dos; en medio del desastre se han vuelto un horizonte que algunas comunidades como las zapatistas todavía preservan: pensar de nuevo el valor de la economía como el cuidado de la casa y a partir de él volver a incrustar la economía en las relaciones sociales, políticas, religiosas y familiares; hacer que el dinero sea sólo una parte de todo el cuidado económico y que su uso priorice el bienestar del común sobre el beneficio económico impersonal y meramente utilitario y mercantil.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.