Opinión
EU, cárteles y el dilema mexicano
De un lado, el discurso intervencionista que imagina soluciones rápidas mediante la fuerza. Del otro, la convicción tranquilizadora de que nada ocurrirá porque la soberanía mexicana constituye una barrera absoluta.CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El debate sobre una eventual acción directa de Estados Unidos contra el narcotráfico en México suele moverse entre dos extremos igualmente improductivos. De un lado, el discurso intervencionista que imagina soluciones rápidas mediante la fuerza. Del otro, la convicción tranquilizadora de que nada ocurrirá porque la soberanía mexicana constituye una barrera absoluta. Ambos enfoques comparten un defecto: sustituyen el análisis por el deseo. El primero es voluntarismo punitivo. El segundo es complacencia política. Ninguno describe la realidad. Veamos.
Primero. Comparar a México con escenarios de confrontación clásica entre Estados Unidos y gobiernos adversarios es un error conceptual. México no ocupa ese lugar en la geopolítica estadounidense. La relación bilateral no está definida por antagonismo ideológico sino por interdependencia estructural. Más de tres mil kilómetros de frontera compartida. Millones de cruces cada día. Un comercio bilateral que sostiene industrias completas a ambos lados del Río Bravo. Automóviles, maquinaria, alimentos, energía, tecnología. Todo circula en una red productiva integrada. Desestabilizar México significaría alterar ese sistema en su conjunto. Una intervención militar convencional no sería un acto de poder estratégico. Sería un acto de autoflagelación económica. La frontera no es sólo económica. Es también humana. Decenas de millones de personas de origen mexicano viven en Estados Unidos. Una crisis mayor entre ambos países no sería un conflicto lejano. Sería una fractura inmediata en la vida cotidiana de millones de personas. Esa realidad demográfica introduce límites políticos muy reales para cualquier estrategia de confrontación abierta. México no es un vecino distante. Hoy es parte del tejido social y económico de América del Norte. Durante décadas el narcotráfico fue tratado como un problema criminal manejable mediante cooperación judicial y operaciones antidrogas. Ese paradigma se ha erosionado. Los cárteles actuales no son simples organizaciones dedicadas al tráfico de drogas tradicionales. Son estructuras empresariales clandestinas con capacidad transnacional. Controlan corredores territoriales, redes logísticas y circuitos financieros internacionales.
Segundo. El impacto del fentanilo ha cambiado radicalmente el debate político estadounidense. Decenas de miles de muertes anuales han convertido la crisis de opioides en un tema central de seguridad nacional. Cuando un fenómeno criminal provoca ese nivel de daño social, deja de percibirse como delito común. Se convierte en una amenaza estratégica. Pero el narcotráfico no es sólo violencia. Es también una economía clandestina global. Ningún cártel puede operar a escala transnacional sin redes financieras que transformen el dinero ilícito en capital utilizable. El lavado de dinero es el motor silencioso del sistema. Bancos, empresas pantalla y circuitos financieros internacionales permiten que las ganancias del narcotráfico circulen dentro de la economía global. Por eso el problema no puede entenderse únicamente como un fenómeno territorial. Es también un fenómeno financiero. Una industria criminal que se mueve en los intersticios de la economía legal. El narcotráfico no opera aislado del entorno institucional. En diversas regiones de México ha desarrollado relaciones complejas con autoridades locales, redes económicas y actores políticos. A veces mediante corrupción directa. Otras mediante tolerancia. Y algunas más mediante acuerdos implícitos destinados a contener la violencia visible. Surge así una forma precaria de gobernanza criminal. Los grupos del crimen organizado son temidos por la población. Pero al mismo tiempo ocupan espacios que el Estado dejó vacíos. Financian obras locales. Regulan disputas comunitarias. Imponen reglas de convivencia. Distribuyen recursos en comunidades marginadas. No lo hacen por vocación social. Lo hacen para consolidar control territorial. Esa situación refleja un problema más profundo. No se trata únicamente de un Estado débil. En algunos territorios el desafío es mayor: la captura de instituciones por redes criminales. Cuando ello pasa la gobernanza deja de ser exclusivamente estatal. Se vuelve híbrida. Esa zona gris erosiona lentamente la legitimidad institucional. En este punto la crítica debe dirigirse con claridad hacia la clase política mexicana. Durante décadas distintos gobiernos prometieron combatir el narcotráfico mientras toleraban estructuras de corrupción que lo hacían posible. Se anunciaron estrategias. Se proclamaron guerras. Se multiplicaron discursos. Pero las instituciones encargadas de garantizar seguridad y justicia siguieron debilitándose. El resultado: territorios no menores donde el poder criminal se volvió más visible que el poder del Estado.
Tercero. La política mexicana compite por el control electoral del poder. Pero la construcción de un Estado eficaz sigue pendiente. Esa omisión tiene consecuencias. Cuando un país no logra contener por sí mismo a organizaciones criminales de escala transnacional, el problema inevitablemente adquiere dimensión internacional. También sería un error reducir el fenómeno a una responsabilidad exclusivamente mexicana. El narcotráfico que opera en México existe dentro de un sistema más amplio. Existe porque hay una demanda enorme de drogas en Estados Unidos. Existe porque miles de armas de alto poder cruzan la frontera en sentido inverso. Existe porque circuitos financieros internacionales permiten lavar ganancias ilícitas. El narcotráfico es un sistema transnacional. Sus raíces están distribuidas en varios países. Pretender que el problema se resuelve en un solo lado de la frontera es ignorar la complejidad de la economía criminal global. El debate sobre una supuesta invasión estadounidense simplifica un problema mucho más profundo. La interdependencia económica, demográfica y geográfica lo hace improbable. Pero tampoco es realista pensar que el narcotráfico puede seguir siendo tratado como una cuestión exclusivamente interna. Cuando organizaciones criminales adquieren control territorial, penetran estructuras políticas y operan dentro de circuitos financieros globales, el desafío se vuelve sistémico. Hay un equilibrio precario entre Estado, crimen y economía ilegal. Y los equilibrios precarios rara vez duran indefinidamente. El riesgo no es la intervención extranjera. El riesgo es otro. La normalización progresiva de un poder criminal que aprende a convivir con el Estado hasta confundirse con él.
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