Opinión
La Epifanía y las 436 bolsas
Tal vez por eso, otra epifanía, ajena al gozo y llena de dolor no concita la atención que su presencia reclama. Incapaces de entender su llamado, la banalizamos bajo la abstracción de cifras que no dicen nada.Llegamos a la fiesta de la Epifanía, la última etapa de las celebraciones de la Navidad. Pocos saben ya su significado que, a partir del Evangelio de Mateo 2: 1-12, la imaginaría popular y el mercado asocian con la visita de los Reyes Magos al Niño Jesús, la rosca que los conmemora y, como una reminiscencia de los presentes que llevaban consigo –oro, incienso y mirra–, con regalos a los niños.
La Epifanía, sin embargo, no es el Día de Reyes, como suele llamársele. Su significado en español es la “Manifestación” de la presencia de Dios en el niño que al crecer irá al encuentro de los que el poder humilla y cuyo nacimiento celebramos el 24 de diciembre último. Contra lo que solemos pensar, el Evangelio de Mateo no habla de reyes, sino de “magos venidos de Oriente”; el de Lucas, que también consigna el hecho, de “pastores”.
Lo que señalan estos relatos es que los testigos de esa revelación que trastocará el mundo para bien y para mal no son reyes –seres de poder– ni hombres de provecho que construyen el mundo, hacen la historia y duermen satisfechos, ajenos a la manifestación. Son, por el contrario, astrólogos, sabios errantes de mantos raídos que escrutan los signos del cielo –de allí la estrella que los acompaña– y pastores pobres, como el niño a quien visitan, que conducen pequeños rebaños y velan en la intemperie de la noche. Esa gente, que en el Evangelio de Mateo y de Lucas habla del desprendimiento y la atención que debe tenerse para captar la profunda humanidad del Evangelio, ha sido reducida a una rosca de supermercado, a un niño de plástico enterrado en ella, que nadie quiere encontrar, y a unos reyes poseedores de una magia pueril como la de nuestros políticos y los ilusionistas de feria. La más grande manifestación de la presencia de Dios que tuvo Occidente ha quedado sepultada en un grotesco show sin significado, en un ritual vacío. Atrapados en un mundo de objetos, de fetiches virtuales, grandes corrupciones, disputas por el poder, espectáculos de todo tipo, la manifestación del amor y sus duras responsabilidades no tiene ya sitio entre nosotros.
Tal vez por eso, otra epifanía, ajena al gozo y llena de dolor –las de cientos de miles de torturados, destazados, desaparecidos en fosas, asesinados a mansalva que desde hace cuatro sexenios tenemos en México– no concita la atención que su presencia reclama. Incapaces de entender su llamado, la banalizamos bajo la abstracción de cifras que no dicen nada. Así la distanciamos, la relativizamos como si ella sucediera muy lejos y fuera un acontecimiento más del show mediático. A fuerza de mirar la muerte como una abstracción, hemos aprendido también a banalizar la vida.
El testimonio más sobrecogedor de esa banalización fue la FIL de Guadalajara. Días antes de su inauguración, el 29 de noviembre último, las madres buscadoras dieron a conocer el hallazgo de 436 bolsas con restos humanos en varios puntos del municipio de Zapopan. La mayor parte de esas bolsas –cuyo número ha ido desde entonces en aumento– las encontraron en el Rancho la Teja, que recuerda en más de un sentido las monstruosidades del Rancho Izaguirre, y en un panteón clandestino cercano al estadio Akron donde, como otro testimonio de la banalización, se jugarán cuatro partidos del Mundial.
Aun cuando la FIL se llevó a cabo a 12 kilómetros de los hallazgos y varios días después de su revelación, que pasó como un relámpago en los medios, sus organizadores no hicieron ningún pronunciamiento al respecto; no hablaron de la espantosa violencia que tiene secuestrado al país ni de los cientos de miles de personas que, como los restos de esas 436 bolsas, llevan el estigma del horror, la tortura, el tiro de gracia, el destazamiento, el desprecio y el olvido. Fuera de algunas denuncias aisladas, que se ahogaron en el bullicio, lo que importó fue el show de la inteligencia celebrándose a sí misma en medio de un archipiélago de horror y muerte. Junto al show de las cifras, el show de la vanidad literaria y de los saciados de sí que hacen la historia.
Cuando en un país donde campea la muerte, donde a 12 kilómetros del festejo se hallaron más de 400 fosas con cientos de restos humanos, donde a lo largo y ancho del territorio de Jalisco hay 16 mil desaparecidos y un sinnúmero de campos de exterminio y de fosas; cuando en un país así los depositarios de la cultura pueden celebrar sin inmutarse la palabra que guardan los libros, es señal de que el infierno adquirió carta de naturalización, de que, como en los campos de exterminio nazi y en los gulag, todo se volvió posible, y de que pensar, escribir y recordar se hizo tan pueril y vacío como celebrar la Epifanía con una rosca de reyes y un niño enterrado en ella que nadie quiere encontrar.
La inteligencia, sometida a la ceguera de la historia, olvidó lo que Albert Camus, un agnóstico, que como los magos y los pastores comprendió el misterio de la Epifanía, dijo al recibir el Nobel de literatura hace 70 años: el escritor “no puede ponerse al servicio de los que hacen la historia, sino de los que la padecen”.
En la era del show al que la historia ha reducido el mundo, los escritores estamos obligados a recuperar nuestro sitio en la intemperie del mundo para no avergonzarnos ante lo que constituye la grandeza de nuestro oficio: el servicio a la dignidad de lo humano y sus duras responsabilidades que el misterio de la Epifanía, que en estos días conmemoramos, trae a los que velan en la noche.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBaron, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.
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Texto de Opinión publicado en la edición 0031 de la revista Proceso, correspondiente a enero de 2025, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.