Juan Villoro

“Los héroes numerados” de Juan Villoro, la literatura que se juega en la cancha

Aborda momentos históricos, perfiles de jugadores (explora tanto la gloria como la fragilidad de transitan dentro y fuera del campo) y reflexiones sobre elementos que hacen del futbol una experiencia compartida por millones: el balón, la camiseta y el abrazo después del gol.
domingo, 15 de marzo de 2026 · 05:00

CIUDAD DE MÉXICO (apro).-El periodista y escritor Juan Villoro publicó su más reciente libro “Los héroes numerados” (Seix Barral, 2026), obra que continúa su exploración literaria del futbol como fenómeno cultural, social y emocional.

A lo largo de 260 páginas, más que hablar de tácticas o estadísticas, Villoro expone la idea de que el futbol es un relato colectivo y una mitología contemporánea donde la identidad, la infancia y la pasión se entrelazan. El ejemplar cuenta con 11 capítulos, más una introducción, donde el autor invita a pelotear con un mosaico de historias que muestran que el balompié no se explica únicamente desde la cancha, sino también en las tribunas, en la política, en la literatura y en la memoria.

En los capítulos, aborda momentos históricos, perfiles de jugadores (explora tanto la gloria como la fragilidad de transitan dentro y fuera del campo) y reflexiones sobre elementos que hacen del futbol una experiencia compartida por millones: el balón, la camiseta y el abrazo después del gol. E incluso describe la labor del cronista como complemento de este deporte porque “el futbol necesita ser dicho”, explica. 

Examina las motivaciones íntimas de los ídolos: el deseo infantil de triunfo, la obsesión por la excelencia o la carga simbólica que el público deposita en sus figuras. También dedica un espacio al crecimiento del futbol femenil.

A través de ese ritual colectivo, Villoro narra el drama humano detrás de cada partido; las emociones de los aficionados, las contradicciones de los jugadores y las historias inesperadas que surgen a partir y alrededor del balón, lo que permite al lector acercarse a colección de relatos sobre identidad, destino y pertenencia.

El libro también recoge episodios insólitos del futbol mexicano. La semifinal de vuelta entre América y Chivas en la temporada 1982-1983, un partido que terminó con 8 expulsados (4 por equipo) y un episodio surrealista, pues tres paracaidistas descendieron en pleno juego por un error de cálculo durante un espectáculo de medio tiempo. La escena convierte al balompié en un relato lleno de símbolos y absurdos.

Durante el recorrido, Villoro habla acerca de la relación histórica entre literatura y futbol. Ejemplifica a diversos intelectuales, como Jorge Luis Borges, que despreciaron este deporte por considerarlo una distracción popular.

En cambio, rescata a otros autores que demostraron que el juego podía ser materia literaria de primer orden. Entre ellos, Roberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Eduardo Galeano. Sus textos, afirma, abrieron el camino para que el futbol fuera tratado con la misma dignidad narrativa que cualquier otro tema cultural llevándolo a un terreno desde una perspectiva crítica, capaz de reconocer tanto sus virtudes como sus problemas: racismo, dopaje, corrupción o manipulación política.

En “Los héroes numerados”, Juan Villoro demuestra que el futbol no es sólo espectáculo deportivo, es una narrativa de aspiraciones humanas, pues en él la pasión suscita y genera historias.

Proceso reproduce a continuación un fragmento del libro Los héroes numerados (Seix Barral), © 2026, Juan Villoro. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Durante muchos años el futbol fue el sitio maravilloso donde Estados Unidos era un país exótico que podía ser vencido.

Vivir al lado del imperio ha perfeccionado la suspicacia y los anhelos de los mexicanos. Sabemos que sus productos industriales son mejores, pero conquistamos su apetito con nuestros aguacates. La relación es asimétrica: aunque compartimos la frontera más cruzada del planeta, muchos de los cruces son ilegales. De acuerdo con la imaginación popular, en los albores del siglo xx, el dictador Porfirio Díaz dijo una frase que explicaba su fracaso después de más de treinta años de gobierno: «Pobre México: tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos».

En 1847, fecha no tan lejana en términos de la historia de un país, Estados Unidos invadió México. En tiempos de la invasión rusa a Ucrania, conviene recordar que el poderío estadounidense se fincó, en buena medida, gracias a la apropiación del cincuenta y cinco por ciento de nuestro territorio. California, Texas, Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México y parte de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma cambiaron de manos. En 1848, al firmar la paz, México logró el magro consuelo de que se respetaran los toponímicos de las regiones expropiadas. El idioma brindó una compensación simbólica: la geografía tuvo nuevo propietario, pero conservó su nomenclatura (al menos hasta 2025, cuando Donald Trump llegó con una venganza, cambiando el nombre del Golfo de México por el de Golfo de América).

En las clases de civismo, mi generación aprendió que el heroísmo significa mostrar dignidad en la derrota: cuando nuestros héroes caen, pronuncian frases célebres. Antes de perder ante las tropas estadounidenses, el general Anaya ya había sido derrotado por el desabasto, pues careció de suficientes municiones en la batalla de Churubusco, que ocurrió el 20 de agosto de 1847. Consciente de que la dignidad es algo que se ejerce en el infortunio, dijo: «Si tuviéramos parque, no estarían ustedes aquí».

Esa situación se aplica al futbol, donde, de acuerdo con el refrán popular, «jugamos como nunca y perdemos como siempre». El público sigue llenando las tribunas porque sus emociones no dependen de los resultados.

El filósofo Jorge Portilla dejó un libro excepcional sobre la importancia que la fiesta y las congregaciones masivas tienen para los mexicanos: La fenomenología del relajo, publicado en 1966. Ahí estudia la peculiar dinámica de nuestros actos colectivos. Para poder reunirse, la gente requiere de un pretexto eficaz, que puede ser político, cívico, religioso, deportivo o meramente festivo. Sin embargo, una vez desatado el jolgorio, ese pretexto se borra y la multitud da rienda suelta a lo que en verdad le interesa: la dicha de estar juntos. Así se explica que las plazas públicas se llenen el 15 de septiembre, Día de la Independencia. La gente no asiste al convivio animada por la defensa de la identidad, sino para «echar relajo». Portilla advierte la importancia de esta frase: la algarabía requiere de un sitio para ser «echada».

Lo mismo sucede con los partidos de la selección nacional. Lo decisivo no es que el equipo tricolor gane, sino que eso permita expresar algarabía en las tribunas. En rigor el público se festeja a sí mismo. De manera emblemática, el grito con el que apoyamos a los nuestros es «¡Sí se puede!», demostración empírica de que por lo general no se ha podido. Aunque la selección juegue mal, el ánimo no decae, pues no depende del rendimiento deportivo, sino de mantener viva la afición.

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