LIBROS
En su nuevo libro Juan Villoro convierte la cancha en una página y la página en una cancha
En entrevista con Proceso, el escritor habla de su nuevo libro “Los héroes numerados”, donde explora el futbol como un territorio de historias humanas mientras advierte cómo la FIFA ha despojado al pueblo del balón.CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Hay escritores que narran el mundo y hay otros que lo juegan. Juan Villoro pertenece a esos últimos. Convierte la cancha en una página y la página en una cancha. En su obra y, particularmente en Los héroes numerados, el futbol deja de ser protagonista y funciona como excusa para revelar aquello que en la vida cotidiana suele permanecer oculto.
En entrevista para Proceso, Villoro habla acerca de una idea que atraviesa su escritura: la pelota importa menos que quienes la persiguen; el gol, menos que las historias que lo rodean. En Los héroes numerados, su más reciente libro, muestra cómo el juego deja de ser una competencia para convertirse en un archivo humano donde se cruzan traumas, pasiones, derrotas e intereses que lo desbordan. Es una radiografía íntima de sus protagonistas: la afición, la pelota, la camiseta, el cronista, el jugador.
El balón como biografía
“Cualquier forma de afición dice mucho de alguien y en la literatura me ha cautivado la manera en que diversos autores aprovechan sus pasiones para contagiárselas a sus personajes; “Julio Cortázar con el jazz, Ernest Hemingway con la pesca, Haruki Murakami con las carreras de larga distancia”. Este literato eligió el balompié como lenguaje.
Por eso, en el capítulo de “El jugador”, sus protagonistas no responden a la lógica del rendimiento. Los coloca en un espacio donde pesan las decisiones personales, las crisis emocionales, los accidentes biográficos. El error deja de ser técnico para volverse existencial. La cancha, en ese sentido, no es un espacio aislado, sino una extensión de la vida.
El chileno Carlos Caszely enfrentando a la dictadura de Augusto Pinochet; Luka Modric cargando con la memoria de la Guerra de Independencia de Croacia; René Higuita desbordando los límites del orden dentro y fuera del campo en una Colombia ensombrecida por Pablo Escobar. Es indiscutible su eficiencia en el césped, pero los eligió por su capacidad de condensar un relato que desborda al deporte.
En ese universo igualmente caben mitos como Tomás Felipe Carlovich, el Trinche, cuya leyenda crece precisamente porque “casi nadie lo vio jugar y no hay grabaciones de él y los argentinos, que siempre consideran que hay alguien todavía superior a Maradona o a Messi, dicen que era extraordinario”, señala.

Asimismo el autor entiende el futbol como ritmo. La escritura para él comparte con la narración deportiva una cadencia que se ajusta a la intensidad de lo que ocurre: “Tiene una cadencia propia”. Así, sus textos cuentan historias, aunque también las interpretan, las musicalizan y trasladan al lenguaje la dinámica del juego. Recuerda una lección del periodista uruguayo Víctor Hugo Morales, quien inmortalizó con su narración "el Gol del siglo" y “la mano de Dios” de Diego Maradona contra Inglaterra en el Mundial de México 1986.
“Cuando la pelota está en la propia área de un equipo, yo hablo despacio. Conforme se acerca la media cancha empiezo a subir el ritmo. Cuando veo que hay una descolgada y eso tiene visos de ser un ataque, empiezo a hablar más rápido”.
Padre, infancia y cancha
En su memoria, el futbol está ligado a una figura paterna: el filósofo, investigador y diplomático Luis Villoro, pues ha mencionado que el lugar donde más convivió con su padre fue en un estadio de futbol. Esa asociación convierte al deporte en un territorio emocional. El Mundial de 1970 lo evoca como un evento histórico, sin embargo, también como una experiencia iniciática. Fue el descubrimiento del espectáculo, del fervor colectivo y de la magia.
“Fui a todos los partidos del Estadio Azteca del 70. Fue mi primera asistencia a un Mundial. Era un chavo de 14 años que no pudo dormir la noche anterior pensando en la lesión de Alberto Onofre, después el marco de los himnos nacionales. Fue como una epifanía. Rompí el cascarón y me asomé al prodigio mundialista. Es inolvidable”, dice.
El escritor confiesa y desmonta cualquier idea romántica sobre su relación con el balompié. No jugaba futbol por competir, lo hacía por convivir. El esférico era apenas un pretexto. La verdadera motivación estaba en el encuentro, en la conversación, en la pertenencia. De ahí su vínculo con el Necaxa; no por su estilo de juego, sino por los amigos con los que compartía la afición.
“Esto lo he descubierto recientemente. En el fondo, lo que me gustaba de jugar futbol era platicar. Cuando tienes seis años no sabes que hay lugares que se llaman “cafeterías” donde puedes reunirte con tus amigos a conversar. Para hablar con otros a esa edad tienes que jugar en Pumitas o tienes que salir de excursión con tus amigos.
Para mí el deporte era un pretexto para estar con los demás y poder platicar. Eso explica que hasta la fecha haga lo mismo a través de los libros. Yo no extraño jugar, lo que extraño es a mis amigos de la infancia.
Del estadio al negocio
Esa dimensión humana del balón convive cada vez con más fricción con otra realidad, la del control económico del juego. Y ahí su mirada se vuelve más punzante. Habla de precios inaccesibles, de transmisiones fragmentadas, de estadios convertidos en espacios de lujo.
“El futbol pertenece en el imaginario colectivo al pueblo, pero en el disfrute concreto a los dueños de los equipos, a los jeques árabes, ´el club Epstein´ y otras mafias. El problema del futbol no está en el campo, está en los palcos.
“El punto de vista del interés público ha sido secuestrado y está en manos de los grandes jerarcas que toman decisiones y la fuerza más corrupta de todo esto es, por supuesto, la FIFA, que se describe a sí misma como una organización no lucrativa y es un mega consorcio que se conduce casi como una fuerza de ocupación en los países que visita”, sentencia.