Teatro

Contra la violencia que no se nombra: “Mujeres soñaron caballos” regresa con una herida abierta

La obra encierra a tres hermanos —Iván, Rainer y Roger— junto a sus parejas —Lucera, Ulrika y Bettina— en un espacio sin escapatoria. Lo cotidiano se vuelve inquietante; silencios que pesan, gestos que delatan, palabras que no alcanzan.
lunes, 20 de abril de 2026 · 17:48

CIUDAD DE MÉXICO (apro).-En escena no hay estridencias ni artificios que distraigan. Apenas un espacio limpio, casi desnudo, donde seis personajes quedan atrapados en una reunión familiar que nunca empieza. Pero lo que ahí ocurre —o lo que se contiene— resulta más perturbador que cualquier estallido: una violencia que no se dice, que se respira.

La obra encierra a tres hermanos —Iván, Rainer y Roger— junto a sus parejas —Lucera, Ulrika y Bettina— en un espacio sin escapatoria. Lo cotidiano se vuelve inquietante; silencios que pesan, gestos que delatan, palabras que no alcanzan. No se trata de una violencia explícita, sino de una presión constante, acumulativa, que perfora los cuerpos y los vínculos. Como una olla a punto de reventar.

“Mujeres soñaron caballos”, la obra emblemática del dramaturgo argentino Daniel Veronese que se presentó por primera vez en México hace 17 años, regresa a suelo nacional bajo la codirección de Mariana García Franco y Abraham Jurado. Y lo hace, según su directora, con una lectura que la vuelve incómodamente contemporánea.

“La obra sigue siendo vigente porque está atravesada por la violencia. Hay un contexto argentino, sí, marcado por la dictadura —de Rafael Videla de 1976 a 1983—, pero hoy en México vivimos niveles de violencia muy terribles. El núcleo familiar funciona como una ventana para mirar toda esa violencia social”, dice García Franco en entrevista para Proceso.

Para García Franco, ahí radica una de las claves de esta puesta: “Es una violencia latente, un nuevo tipo de violencia en el aire”, dice. “Puede ser directa, indirecta o por omisión, pero está presente todo el tiempo”.

En esa atmósfera, García Franco y Jurado introducen un matiz que no estaba necesariamente en versiones anteriores. Una relectura del personaje de Bettina, la mujer de más edad entre las mujeres, tradicionalmente situada en el rol de contención doméstica.

“Logramos darle un giro hacia un pensamiento femenino más contemporáneo”, explica.

Ese desplazamiento no es menor. En un país donde la violencia de género y doméstica siguen siendo una constante. La obra no sólo expone tensiones familiares, sino estructuras más profundas como pactos tácitos, silencios heredados, dinámicas normalizadas.

El peso de lo cotidiano

Si en las dictaduras del siglo XX el enemigo podía identificarse con claridad, hoy —sugiere la directora— la violencia es más difusa, más difícil de nombrar.

“Vivimos violencias cotidianas. Escuchar noticias sobre desapariciones o fosas, y luego pasar a otra cosa. Es como si el cuerpo estuviera sobreviviendo todo el tiempo”.

La obra recoge esa sensación y lleva al público a un estado de alerta permanente donde nada termina de estallar, pero todo está a punto de hacerlo. Incluso la estructura escénica refuerza esa idea. No hay pausas ni transiciones limpias. Las acciones se superponen, los diálogos se enciman, los personajes coexisten en simultaneidad.

“Así funciona la vida”, apunta García Franco. “En una reunión familiar no hay pausas teatrales. Todo ocurre al mismo tiempo. Ese vértigo es el que también queremos provocar en quienes están en sus asientos”.

Un teatro sin refugio

La apuesta estética es radical en su sencillez. La escenografía —diseñada por Alberto Reyna— prescinde de lo ornamental para dejar al descubierto el trabajo actoral.

“Hay una desnudez en escena. No hay de dónde agarrarse. La escasez que viven los personajes también se traduce en el espacio; pocos recursos para gestionar sus emociones, pocas salidas posibles”, señala la directora.

Esa decisión dialoga con la poética de Veronese, cuya dramaturgia ha sido reconocida por su precisión para tensar lo cotidiano hasta volverlo insoportable. Desde su estreno en Buenos Aires en 2002, la obra se consolidó como una de las piezas fundamentales de la nueva dramaturgia argentina, capaz de explorar las grietas afectivas con una economía de recursos casi quirúrgica.

El espectador, parte del conflicto

Lejos de ofrecer respuestas, la obra interpela. Obliga a mirar, pero también a reconocerse. “Quien va al teatro también va a trabajar. Si la escena no hace reflexionar sobre la propia vida, entonces no se complejiza del todo”.

En ese sentido, “Mujeres soñaron caballos” no busca ser complaciente. Busca incomodar. Porque en el fondo, lo que está en juego no es sólo la historia de una familia, sino la forma en que la violencia se instala en la vida cotidiana sin necesidad de nombrarse. Y, quizá, la posibilidad de romper ese ciclo.

“Hay una frase en la obra que a mí me da esperanza: “‘Quizá esto sea el principio del fin’”, concluye.

Cartelera

“Mujeres soñaron caballos”, de Daniel Veronese, se presenta en La Teatrería (Tabasco 125, Roma Norte, Ciudad de México), con dirección de Mariana García Franco y Abraham Jurado, y producción de Pacto Escénico. El costo del boleto es de $800 pesos.

Funciones

Abril:

Martes: 7, 14, 21 y 28 a las 20:30 hrs

Sábados: 11, 18 y 25 a las 18:00 y 20:00 hrs

Mayo:

Sábados: 2, 9, 16, 23 y 30 a las 13:30 hrs

Elenco:

Juan Ríos Cantú — Iván

Mónica Jiménez — Bettina

Francesca Guillén / Estela Aguilar — Ulrika (alternan funciones)

Carlo Basabe — Roger

Gina Granados — Lucera

Víctor Loorns — Rainer

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