Cine/Aún no
“Sirat”
Si se mira desde la perspectiva del viaje de un lugar a otro, Sirat es un road picture en forma, uno de los más extravagantes que puedan concebirse.CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La aspiración mística de esta última cinta del franco-español Oliver Laxe comienza por el título, que -según explica- se refiere al puente, un hilo muy frágil, que debe cruzar el creyente del Islam para acceder a la gloria; Sirat (España/Francia, 2025) se propone provocar en el espectador la agonía y el éxtasis de ese casi imposible pasaje.
Polvo, sol, lodo, agua, falta de agua, sed, incomodidad constante: los elementos conspiran sobre la piel, la carne, las percepciones de los protagonistas que deberán activar otros sentidos para poder seguir esa larga marcha de “rave” en “rave” a través del desierto Marroquí.
Si se mira desde la perspectiva del viaje de un lugar a otro, Sirat es un road picture en forma, uno de los más extravagantes que puedan concebirse.
Un padre de familia, Luis (Sergi López), viaja en su camioneta por el sur de Marruecos con su hijo Esteban (Bruno Núñez Arjona), de unos doce años, y con su perrita Pipa, en busca de Mar, su hija de veinte años desaparecida, y sospecha que la joven andará en algún “rave” (evento musical nocturno”.
Cuando se topa con una especie de tribu o familia nómada de un “rave” a “otro”, le comentan que se prepara otro gran “rave”, lejos, más hacia el sur, cerca de Mauritania. Luis decide seguirlos con la esperanza de encontrar a Mar.
Excepto Sergi López, un experimentado actor con un rango de talento inacabable, además del niño Núñez Arjona, Oliver Laxe se vale de actores no profesionales, gente que conoció en esos territorios, cuyo universo es el “rave”, a quienes incorpora en el drama; habituados a la catarsis constante de baile y música interminables, la vivencia que transmiten, además de auténtica, resulta sorprendente: son capaces de fundirse en el ritmo y el movimiento, geniales para generar una especie de sustancia homogénea. Mutilaciones internas y externas, gente que sufre, y que una vez fusionada en la danza dionisíaca se mira como una pieza completa de la que nada puede separarse. Increíble el talento para convertirse en masa y a la vez sumergirse en ellos mismos. Oliver Laxe afirma que las heridas no deben esconderse, que hay que celebrarlas, quizá por eso estos personajes sólo parecen existir, hacerse realidad en la orgía perpetua del “rave”.
La intención obvia del director es compartir su propio asombro con el espectador ante esos personajes prodigiosos; todo es fenómeno, en sentido hiperbólico del término en Sirat: el desierto, la gente que deambula por ahí, la manera de relacionarse, la música compuesta para ellos, la masa de rostros y cuerpos y, por supuesto, el “rave”, la verdadera estrella de la película.
Y claro, si se habla de mostrar prodigios, la palabra adecuada es espectáculo. Y aquí es donde Sirat sí que camina por un hilo muy delgado. ¿Hasta dónde un espectáculo de prodigios en una impresionante coreografía puede librarse de caer en la explotación y el circo?
Amén de que un niño encantador e inteligente y una linda perrita se ganan siempre el corazón del público:
-Nunca falla -me decía el colega Carlos Bonfil.
-¿A quién se le ocurre llevarlos a tal viaje? -digo yo.
-Es que representan la inocencia -arguye un amigo.
En general, el público disfruta el viaje que propone Oliver Laxe, la constante adrenalina, las sorpresas imparables, la fusión de géneros, y además del road picture se integra la estética de western con su ritmo y sus imágenes, o la ciencia ficción de Mad Max con el polvo ocre del desierto sin imponer el sepia. El mensaje es apocalíptico, el viaje iniciático de Luis ocurre bajo circunstancias ominosas que anuncian la explosión de la tercera Guerra Mundial.