Entrevista con Enrique Krauze
“Julio Scherer tuvo la fascinación por observar y comprender al poder”
El historiador Enrique Krauze analiza la labor de Julio Scherer García con motivo del centenario de su natalicio, este 7 de abril, así como su lugar en el periodismo y la función social y política de la revista que fundó. Más que revisión es la memoria del amigo que compartió ideales y convicciones.Los abrazos que prodigaba Julio Scherer son de las primeras cosas que recuerda el historiador Enrique Krauze de su amistad de cuatro décadas con el fundador de Proceso. Apasionados ambos por la revisión del poder, compartieron su interés por la democracia y la vida pública de México.
Estudioso y seguidor del liberalismo mexicano, Krauze (Ciudad de México, 1947) rescata la imagen de un periodista al que describe, en palabras de Octavio Paz, como un personaje ruso por su melena, mirada penetrante, y la pasión con la que hablaba y tomaba las cosas. Pero también poseído de un “furor por señalar la verdad y revelar la corrupción, la putrefacción, la mentira, la opresión en el sistema”.
Miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Historia, fundador de la revista Letras Libres, Krauze habla en esta entrevista del papel de Proceso en la política mexicana, de la actitud contestataria de Scherer ante el poder, del periodismo en la era priista, de la libertad de prensa, de sus concordancias y disensos, siempre bajo el signo de una amistad fervorosa.
–¿Qué le evoca el nombre de Julio Scherer García?
–Ante todo, un amigo entrañable. Una amistad de cuarenta años, genuina; por las pasiones y los valores que compartíamos y el modo en que pudimos resolver nuestras diferencias, siempre con diálogo; por la franqueza que tuvimos uno con el otro. Teníamos convergencias y divergencias, para usar la frase de Octavio Paz, pero siempre sobre un fondo entrañable de amistad. Desde que lo conocí sentí que ese abrazo –y vaya que Julio Scherer era un artista del abrazo– iba a ser el principio de una gran amistad. Y lo fue.
–¿Cuáles fueron esos puntos de convergencia?
La crítica del poder; sobre todo, el poder concentrado en la figura del presidente y del partido hegemónico del PRI. La conciencia de que únicamente con la libertad, y en particular de la libertad de expresión, de prensa, de opinión, México iba a comenzar a salir de eso que Mario Vargas Llosa llamó –no sin cierta piedad– la dictadura perfecta. Esa dictadura perfecta pudo haberlo sido por el hecho de que duró décadas. Era no solamente un ejemplo de imperfección, sino un ejemplo malévolo de corrupción, de mentira y de opresión. De opresión sutil a veces, y a veces no; y de abuso y de autoritarismo. Y todo eso que rodea al poder omnímodo. Es aquello contra lo que Julio Scherer combatió. Y por supuesto, lo mismo desde otra trinchera es lo que combatimos nosotros en Vuelta, y yo en particular.
–¿Cómo vivió usted el nacimiento de Proceso?
–Con la sensación de que algo absolutamente nuevo aparecía en el horizonte. Yo recuerdo la ceremonia en el hotel María Isabel. Si no recuerdo mal, fuimos Octavio Paz, Alejandro Rossi y yo. Quizá también Gabriel Zaid. Y estoy seguro que, aunque Octavio Paz ya tenía en mente la idea de continuar la revista Plural fundando una revista nueva –Vuelta–, lo que vimos fue el ejemplo y la emoción compartida en aquella reunión multitudinaria de todos los que contribuíamos a hacer Excélsior y que fuimos expulsados junto con Julio Scherer o renunciamos, como ocurrió con Plural, a seguir esa farsa en la que se convirtió el periódico. Todos sentimos esa emoción que nos motivó, que nos inspiró. Yo sabía, sentía, que estaba por nacer una voz fresca, nueva. En mis estudios de liberalismo y con la cercanía de Daniel Cosío Villegas, claramente vinculaba al mejor periodismo mexicano, que fue el periodismo del siglo XIX. Eso fue lo que sentí en ese momento. La aparición del primer número de Proceso junto con el primer número de Vuelta, dos revistas tan distintas pero hermanadas, fue muy emocionante.
–¿Cómo percibió usted a Julio Scherer García en esos momentos?
–Bueno, como un iluminado. Octavio Paz decía que Julio era un personaje ruso del siglo XIX. Yo no tengo la menor duda de eso. Es un personaje que tiene algo de (Nikolái) Berdiáyev (filósofo ruso de profundas convicciones religiosas y opuesto al autoritarismo), de (Aleksandr) Herzen (revolucionario también opuesto al autoritarismo ruso) y en cierta medida de los poseídos. Pero no un poseído de un furor revolucionario, sino de un furor por señalar la verdad y revelar la corrupción, la putrefacción, la mentira, la opresión en el sistema.
–¿Un humanista?
–Desde luego. Y vaya que se ha abusado del término. Pero creo que la caracterización intelectual de Julio Scherer es complicada. Octavio Paz tenía razón en decir que era un personaje ruso en cuanto a su temple, a su carácter, hasta en la pinta: en la melena, en la mirada penetrante; en la pasión con la que hablaba y con la que tomaba las cosas. Pero intelectualmente provenía de mundos distintos a los de la novela rusa, aunque seguro que la leyó. Desde luego, hay un fondo de anarquismo católico o cristiano en Julio Scherer, y ahí también hay un eco de Rusia, un anarquismo católico.
–¿De ahí la convergencia con Enrique Maza, con Miguel Ángel Granados Chapa?
–Igualmente el catolicismo es muy importante, pero es un catolicismo marcado por el Concilio Vaticano II. El pensamiento católico de los años cuarenta y cincuenta era de derecha o reaccionario, como se le quiera llamar. Estaba todavía muy anclado en el agravio de los años veinte, en la mentalidad ultramontana que se defiende del jacobinismo de los liberales y luego del tremendo jacobinismo de la Revolución mexicana.
“Esas corrientes católicas eran muchas y bien complejas. En particular, los jesuitas transitan a la opción preferencial por los pobres. Y esto, en el marco del papa Juan XXIII y del Concilio Vaticano II, marca a varias generaciones. Y ahí están Enrique Maza y Sergio Méndez Arceo, Granados Chapa y muchos otros pensadores que vienen de ese pensamiento, de las revistas católicas internacionales; el propio Gabriel Zaid viene también de allí o abreva de allí, de ese cambio fundamental de la Iglesia y del pensamiento católico, y en particular de los jesuitas. Claro, Enrique Maza era su primo, pero muchos otros amigos de Julio venían de allí.
“Pero Scherer abrevaba también de la mejor tradición liberal del pensamiento mexicano; porque los grandes periodistas del siglo XIX, por ejemplo Francisco Zarco, eran católicos moderados, pero eran sobre todo liberales. Y Scherer tenía también un elemento del periodismo liberal mexicano. No pudo no haber sido gran lector de esos autores. Pero como quiera tuvo cerca a (Daniel) Cosío Villegas, quien fue su amigo; lo invitó al periódico y creo que en esa cercanía le aprendió mucho a este que fue el gran liberal mexicano del siglo XX.
“Julio tenía entonces alrededor de cuarenta años en el año sesenta y seis, pero los cambios ya venían de atrás. Así que cuando se vuelve director de Excélsior ya es un hombre cuyo catolicismo había derivado a esta preocupación social. Pero yo dije anarquismo y en eso está algo en la vena de Scherer. Es un hombre fascinado por observar y comprender al poder, pero por razones anarquistas, porque en el fondo desconfía del poder; en el fondo piensa que el poder –como decía Octavio Paz– puede hacer mucho daño y poco bien.
Lo que conservo de esos años es la idea de un hombre de familia, con un amor profundísimo por su esposa, Susana, de la que hablaba muchísimo y que desgraciadamente murió en el 89, si no recuerdo mal. Recuerdo también a un hombre que a veces se refería a su papá con tristeza, me platicó de un final triste. Pero ya para entonces, Julio estaba fincando esa familia, bíblica, de hijos e hijas. Además de eso, trabajando 18 horas en Excélsior.
–¿Cómo fueron esos años juveniles de formación de Julio Scherer García?
–Es una biografía apasionante, de la que yo me enteré por cachos de lo que él hablaba conmigo. Fue nieto de un prominente banquero de origen alemán. Entiendo que sus familiares eran judíos de origen, conversos al catolicismo a fines de siglo y muy cercanos al desarrollo bancario en México, muy prominentes. Y luego a la siguiente generación le tocó la revolución. Nació en San Ángel, en una familia de abolengo.
“Pero además su abuelo fue ministro de la Corte, de los García, de doña Paz García. Nace en veintiséis. Entra al Colegio Alemán, en los años cuarenta. Luego hace el bachillerato y creo que hace el intento de estudiar leyes. Pero ése no es él. No iba a ser banquero, él no iba a ser como habían sido su abuelo y su papá. Fueron tiempos, además, de dificultades económicas que eran muy comunes a veces y fueron agudos en esta familia.
“Julio iba por su propio camino y en un momento dado Rodrigo de Llano lo incorpora a Excélsior y aquello fue una iluminación para él. Por cierto, yo recuerdo haber estudiado los reportajes de Julio con figuras, si no recuerdo mal, de personajes duros del callismo, generalotes, y ya se veía ahí al reportero de cepa y al que comenzó a apreciar mucho don Rodrigo de Llano. Y luego sus compañeros y sus maestros, que fueron varios en Excélsior en los años cincuenta y sesenta. Luego viene el componente del Concilio Vaticano, que es muy importante. Y Regino Hernández Llergo notó que a ese joven periodista le importaba el periodismo, no el dinero. Un rasgo absolutamente distintivo. No que no hubiera periodistas notables y honestos y pobres. El periodismo lo ejerció José Alvarado, por ejemplo. Había una tradición importante en los periódicos fuertes de una vinculación un poco turbia, para decirlo suavemente, con el poder. Yo creo que eso contó para su designación como director del periódico. El Julio Scherer que conocemos plenamente surge con Excélsior en los cincuenta. Claramente, a sus cincuenta años funda Proceso y ése es el que domina la escena de entonces. Hasta ahora”.
–El poder fue una de las pasiones periodísticas de Julio Scherer...
–El poder para analizarlo, estudiarlo, para escudriñarlo, exprimirlo, para observarlo, como un microscopio. Ese misterio del poder. Hay en él una fascinación, pero también hay un horror y una distancia.
–¿Cómo define la relación que tuvo con el poder?
–Hasta donde yo entiendo, nunca estuvo tentado a tener el poder. Ni siquiera estuvo tentado a ser ideólogo del poder o consejero del poder. Él sabía que tenía que estar cerca del poder para poderlo observar. Y eventualmente transmitir al público lo que observaba. Y, por otro lado, tenía que ejercer la difícil operación de separarse del poder para criticarlo. Entonces, era una dialéctica muy difícil: estar cerca, desayunar o comer o ir a una reunión, y al mismo tiempo, al día siguiente en el periódico o en la semana siguiente en el número de Proceso, darle el trancazo.
Desde tiempos prehispánicos, el poder es más para mal que para bien. El centro de la vida mexicana. Y por eso Julio Scherer estuvo siempre, desde que empezó su trabajo periodístico en Excélsior, cerca del poder, pero nunca tentado por el poder, ni para ejercerlo ni para aconsejarle. Y mucho menos, cosa fundamental, para aprovecharse de él, para lucrar con él. En eso se distinguió de la inmensa mayoría de los periodistas de su tiempo. Era muy odiado y muy envidiado. Por su valentía, por sus libros, por sus reportajes, pero sobre todo por su honradez.
–Su fascinación por el ejercicio del poder también está en sus coberturas de golpes de Estado, de dictadores, del apartheid, de los imperios...
–Eso nos habla de un interés auténtico por la revisión del poder. Esa fascinación a veces lo llevaba a buscar en quién sí creer. Un liberal, un anarquista diría que nunca cree en ninguno y que aun a los mejores hay que ponerles límites. Pero de pronto Scherer veía que aparecían frente a él figuras como Fidel Castro o el propio subcomandante Marcos, frente a las cuales sencillamente se rendía y pensaba que encarnaban una promesa de redención social.
“Y la admiración le ganaba. Y ahí está el elemento católico cristiano de redención social. Él decía “éste sí”. Fue el caso de Castro y ya muy menor el de Marcos, en los que veía la promesa de un hombre justiciero. Y bueno, claro, es el caso de (Andrés Manuel) López Obrador, con el cual tuvo, según entiendo, una relación muy estrecha. Y en el cual creyó sin duda alguna, y lo vio como el hombre que iba –creo que no es excesiva la palabra– a redimir de sus males al pueblo mexicano. El hombre recto, puro, honesto, luchador, atacado por todo mundo, que contra viento y marea llega al poder para hacer el bien a la gente.
“Frente a esas figuras redentoras Scherer tenía una actitud de reconocimiento que a los ojos de un anarquista o de un liberal simplemente era excesiva. Pero yo la entiendo por la compleja interrelación de sus distintos vectores de formación. Era un alma en la que había muchos vectores. Había muchos seres luchando dentro de Scherer y entre ellos estaba. Podía creer o no, pero terminaba por privar el temple crítico, el no sobre el sí”.
–En esas varias dimensiones de Scherer, ¿le planteó a usted la necesidad de democratizar a México?
–En ese tema hay una de las convergencias maravillosas que hubo entre Vuelta y Proceso, y en particular mías con Julio. Era una lucha muy minoritaria. Estuvimos muchos juntos, Heberto Castillo, en Proceso, gente del PAN. Todos luchábamos por una democracia sin adjetivos. Del lado de la izquierda, del lado de los liberales, reconociendo algunas figuras del PAN, que algunas fueron amigos de Julio, como Juan José Hinojosa, por ejemplo. Y Julio los reunió en Proceso. Fue un milagro todo lo que reunió. El milagro venía de atrás, desde Excélsior, pero reunió todas esas voces y todos luchando por la democracia. Muy pronto, lo mejor de la izquierda mexicana. No la internacional, la marxista. Heberto Castillo, Cuauhtémoc Cárdenas, el propio Porfirio Muñoz Ledo. En ochenta y seis hablábamos de democracia. En todo ese proceso sólo siento el inmenso gusto y privilegio de haber vivido larguísimas jornadas, años, lustros, casi décadas, con Julio Scherer. Las diferencias vinieron después, pero la batalla por la democracia y por la libertad de expresión fue completamente convergente.
–Cuando nació Proceso, en su editorial los fundadores de la revista explicaron que no nacían desde el rencor, tras su expulsión de Excélsior, sino con la convicción de contribuir a la democratización de México. ¿Cómo explica esa posición?
–Recuerdo que Cosío Villegas, que apreciaba muchísimo a Julio Scherer, estaba muy orgulloso de escribir en Excélsior y de lo que hacía en el periódico. Pero también estaba preocupado por ciertos extremos a los que sentía que estaba llegando Julio Scherer, tentando demasiado, provocando demasiado al poder, previendo que el poder podía hacer cualquier cosa, como pasó meses después (con el golpe orquestado por Echeverría).
Fragmento del texto principal publicado en la edición 0034 de la revista Proceso, correspondiente a abril de 2026, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.