Morena

La descomposición de la 4T

Morena recorrió ese camino muy rápidamente porque obtuvo pronto las mieles del aparato del Estado. En la 4T hay de todo, claro, pero la gran mayoría de sus líderes y cuadros ya enseñan el cobre. Y la plata.
martes, 24 de marzo de 2026 · 05:00

Poder mata ideología. Cuando un movimiento, por ideologizado que sea, se hace gobierno, supedita su doctrina a su permanencia. Sus jefes empiezan por argumentar que necesitan el mando para trocar ideario en realidad, pero pronto se les olvida para qué querían mandar. Si perdemos el poder perdemos el deber, se repiten, y nuestro lugar lo tomarán conservas y fachos, así que hay que conservarlo a toda costa. Y qué mejor manera de hacer justicia que empezar por nosotros mismos, que también fuimos vilipendiados. La vindicación de los que ya estamos arriba es el comienzo de la reivindicación de los que siguen abajo. Somos pueblo. Los machuchones de antes ya gozaron, ahora nos toca a nosotros. Que nadie se acelere: una vez que Robin Hood termine de tirar flechas y satisfaga sus propias necesidades –no es de la noche a la mañana– repartirá el botín a los pobres.

Morena recorrió ese camino muy rápidamente porque obtuvo pronto las mieles del aparato del Estado. En la 4T hay de todo, claro, pero la gran mayoría de sus líderes y cuadros ya enseñan el cobre. Y la plata. Han sucumbido al encanto de sus prerrogativas, y su tribalismo dejó de sustentarse en la ideología para ocuparse de la parcela. Las pugnas son cada vez más feroces y las corruptelas cada día más visibles. Primero nos enteramos del huachicol fiscal y de la Barredora por el fuego amigo, luego de las transas del exjefe de comunicación por sus reyertas intestinas. La cloaca se destapó desde adentro. El estercolero se desborda al ritmo de la guerra civil de tribus en las que, en efecto, no hay doctrinarios o pragmáticos: hay puros impuros.

Febrero nos dio dos ilustraciones. Una fue el libro de Julio Scherer y Ibarra y Jorge Fernández Menéndez (Ni venganza ni perdón, Planeta, 2026). Más allá de los juicios al relator están las anécdotas, los datos, los perfiles. Quítesele lo que se quiera del sesgo personal y queda un montón de insumos para el análisis político. Es una corroboración íntima, desde un mirador tan alto como privilegiado, de lo que todos sabíamos de Andrés Manuel López Obrador –su voluntarismo, sus improvisaciones, su desorden, su desprecio por el conocimiento–; es una confesión que desnuda la degeneración de un movimiento.Sin proponérselo, Scherer nos muestra cómo el poder deshizo al idealista sensible e hizo a un caudillo desalmado: imposible no irse de bruces cuando todo te empuja y nada te detiene. Las referencias a López-Gatell pintan de cuerpo entero al adalid. El afán justiciero se sació en la venganza, el anhelo de transformación se vació en el diseño del culto. Los escrúpulos se cayeron uno a uno hasta dejar un muñón de moralidad.

El texto tapa el minúsculo resquicio por donde podía colarse una exoneración. Lo dijo AMLO una y otra vez –los presidentes están enterados de todo, y si hay corrupción es porque ellos la avalan– y ahí se ratifica: “El mundo del gobierno en los pasados seis años se llamó Andrés Manuel López Obrador. Él gobernaba, él decidía, él actuaba, él conversaba, él estaba en todo. Andrés Manuel era el gran orquestador y el gran tomador de decisiones” (p. 179). Su vocación autocrática era ostensible, y sólo la ingenuidad llevaría a pensar que desconocía lo que hacían quienes hoy están en la picota. El ejemplo más contundente citado por Scherer es el de Jesús Ramírez Cuevas (pp. 238-245), a quien señala de desviar recursos para la manipulación informativa e incluso de conectar al rey del huachicoleo a las más altas esferas de la cosa pública. Pero lo mismo puede aplicarse a los demás protagonistas de escándalos.

Ramírez Cuevas. Señalamientos por desvío de recursos para manipulación informativa. Foto: Eduardo Miranda 

Algunos analistas consideran que Ni venganza ni perdón es un ajuste de cuentas, otros que es un mensaje de cara a 2030. A mí me interesa como testimonio de la gestación de un régimen populista. Lo advertí en un artículo publicado hace casi un año: la rijosidad tribal mató al perredismo, y Morena debe verse en ese espejo que yace en el fondo del mar (“El PRD: Crónica personal de un naufragio”, Nexos, 04/25). La lectura entre líneas da para mucho; no en balde ha sido recibido con furia por los “duros” de la 4T. Si se le quitan a la mazorca narrativa las hojas del cuidado al personaje, quedan al descubierto granos enjutos y negros quizá libres de transgénicos, pero sin duda plagados de hongos de descomposición. Con ese maíz se hizo país. O, para decirlo en una metáfora del estilo personal de administrar de AMLO reseñado en el libro de marras –cuchufleta incluida–, quiso ser un Santa Clos con un trineo de Mexicana, una fábrica del Polo Norte dañada por su maximalismo destructor y elfos obligados a demostrar que eran más leales que capaces.

La otra ilustración de febrero fue la telenovela de Marx Arriaga en la Secretaría de Educación Pública. Sólo en este México cuatrotero se pudo montar un espectáculo así: un funcionario de cuarto nivel, sin trayectoria ni prestigio intelectual, cuyo único palmarés para llegar a la SEP fue la recomendación de la esposa del entonces presidente, asumiendo el papel teatral del prepotente que se burla de los burócratas y policías que recibieron la orden de acompañarlo a salir de las instalaciones. Pidiendo que lo esposara le espetó a uno de ellos: “Ande oficial, no tenga miedo, venga, sea valiente por una vez en su vida”. Y luego, al enviado administrativo que le pidió entregar su oficina lo conminó a voltear a la cámara con que grababa su show para que “la Historia” registrara su rostro. No le reprocho tanto que se sienta Francisco I. Madero –cada quién sus delirios– cuanto que asigne a empleados que sólo cumplen su deber el papel de Victoriano Huerta. De no ser de los suyos Morena lo habría acusado de clasismo.

Arriaga. "Telenovela" en la SEP. Foto: Eduardo Miranda 

Lo trágico de esta comedia, sin embargo, fue la reacción de Palacio Nacional. Al muchacho que, en alarde de patrimonialismo, se negó a cumplir las instrucciones de “mejorar” los libros de texto, ¡se le ofreció la embajada en Costa Rica! Sólo después de felicitarlo por su magnífico trabajo, seguramente ya harta de sus ínfulas de grandeza, Claudia Sheinbaum le aconsejó no marearse al subirse a un ladrillo. El joven que se atrincheró en el ladrillo de su dirección general, que despotricó contra el “corrupto” edificio institucional para el que trabajaba y contra el mismísimo gobierno actual, recibió un zape. Mientras tanto, embelesado con los reflectores, Arriaga dejaba de soñar con inmolarse en el Altar de la Patria para imaginar un promisorio futuro político. Una vez estirados sus 15 minutos de fama hasta las 100 horas en que instaló un nuevo auditorio Che Guevara en la SEP, salió con un cuadro de su tocayo bajo el brazo: el del viejo Marx, el que en su tiempo fue casi tan insigne como este joven Marx, artífice de la obra pedagógica que cambió al mundo.

Lo relevante de este episodio fue el reflejo de las ataduras de Sheinbaum. Los personajes designados por su antecesor se aferran a sus cargos, como lo hicieron López Hernández en el Senado y Romero Tellaeche en el CIDE. Toma un esfuerzo injustificado hacerlos a un lado. El único que lo dijo a voz en cuello fue Marx Arriaga, pero todos ellos parecen gritar “¡somos obradoristas, atrévase a quitarnos compañera!”. Nos guste o no, ella es la presidenta de México, y puede escoger a su equipo. Pero claro, el problema es la naturaleza de la 4T: su personalismo, su resistencia a la institucionalidad y su lógica del pensamiento único. Y en esta lógica los manuales se siguen al pie de la letra, sin cambiarles una coma. Como los nuevos libros de texto.

Texto de opinión publicado en la edición 0033 de la revista Proceso, correspondiente a marzo de 2026, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.

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