Opinión
Líbano: no es una guerra sino su destrucción
Más de un millón de personas han abandonado los 56 poblados del sur que han sido destruidos. Y no pueden regresar porque Israel ha bombardeado todos los puentes sobre el río Litani.Se parte de la idea de que una guerra es el enfrentamiento entre contendientes, cada uno con su propio objetivo, en condiciones más o menos semejantes. Lo que está ocurriendo en Líbano no es una guerra sino la destrucción de un país sin otra intención que la de infligir el mayor daño posible.
Israel bombardeó ese país desde que se estableció el alto al fuego en noviembre de 2025, hasta el 28 de febrero de 2026 con 10 mil ataques y no fue sino hasta el 2 de marzo que Hezbolá lanzó dos cohetes hacia Israel. Lo hizo para solidarizarse y protestar contra el asesinato del ayatola Jameneí en Teherán.
Fue el pretexto para justificar el mayor ataque de los sufridos por Líbano en los últimos años. Se le llamó el miércoles negro, porque en tan sólo 10 minutos la armada israelí lanzó 160 bombas en cien sitios diferentes por el sur del país, tocando incluso su capital, Beirut.
No se escapó el malecón para los paseantes citadinos y el saldo fue de 350 muertos, civiles, entre ellos decenas de niños, y más de mil heridos, junto con la destrucción de edificios habitacionales, hospitales y escuelas. El embate desquició el sistema sanitario porque era imposible darse abasto para atender a tantas personas, como se afirmó desde el hospital Universitario Rafik Hariri y el de la Universidad Americana de Beirut.
En las calles quedaron apelmazados miles de automóviles que hacían imposible el recorrido de los miles y miles de desplazados que han acampado en ellas. Con el miedo a ser tomados como blancos a los que hay que disparar o confundidos como miembros de Hezbolá y porque ni siquiera pueden saber si algún musulmán pertenece al brazo armado de esa organización.
Por su parte, Israel afirma que eliminó a 180 de los combatientes, aunque en los más de 40 días transcurridos del inicio de las hostilidades se mencionan más de 2 mil muertos. Más de un millón de personas han abandonado los 56 poblados del sur que han sido destruidos. Y no pueden regresar porque Israel ha bombardeado todos los puentes sobre el río Litani, haciendo imposible la comunicación del norte con el sur de Líbano, afectando ciudades emblemáticas que albergan patrimonio protegido de la Humanidad por la Unesco, como Tiro y Sidón. De esa forma Israel mantiene el control de aproximadamente 20 por ciento del territorio libanés.
Las autoridades israelíes insisten en su discurso de no parar hasta acabar con Hezbolá, pero no le interesa diferenciar entre la población chiita de los combatientes y votantes de ese partido político.
Su emplazamiento ha sido principalmente el sur, con ciudades como Baalbek, que resguarda uno de los monumentos arqueológicos mayores de la época romana, y Nabatihie, que ostentó un zoco otomano y dos khans (antiguos hospedajes), arrasados parcialmente por Israel en la ofensiva de 2006, y destruidos completamente en días recientes. Muy cerca se encuentra el castillo de Beaufort, fortaleza medieval.
Los habitantes del sur son como los de todas partes, los adultos trabajan, los niños y jóvenes van a las escuelas. En las redes han aparecido recientemente los rostros de muchos de los que han muerto en los bombardeos, han quedado sepultados en los escombros de los edificios o están heridos.
Diferentes personas cuentan de cinco primos que pasaban el tiempo juntos, de Georges y su hijo Elí, del joven profesor de inglés, de Joud el socorrista o de los dos compañeros artistas. En esas identidades lo que no hay forma de demostrar es que no se tratara solamente de civiles, sin vínculo con Hezbolá.
Tampoco es sostenible la hipótesis de que esa organización cuenta con la capacidad para ser una amenaza real para la existencia de Israel como ha afirmado una y otra vez el primer ministro Benjamin Netanyahu. Idea que se ha divulgado hasta reforzar la de que Hezbolá es el causante de la guerra actual que incluso muchos libaneses comparten, sin mayor análisis y sin volver la vista a los años desde 1982.
El primer ministro de Líbano ha dicho recientemente: “Conozco y comprendo perfectamente el dolor de aquellos que han perdido a sus familiares, sus casas, sus ciudades y sus campos de olivos, y de aquellos que ahora pasan de un refugio a otro”.
La manzana de la discordia es el río Litani tantas veces alcanzado por Israel pese a encontrarse, en promedio, a 10 kilómetros al norte de su frontera. Ha sido tomado en varias ocasiones y particularmente en 1982 las fuerzas israelíes lo capturaron, incluyendo el lago de Qaaroun que se forma con sus aguas. De nuevo el recurso tan ambicionado como lo demuestra el interés en el Golán sirio con sus envidiables recursos acuíferos.
Israel ha determinado que esa franja es su zona de seguridad, para lo cual ha debido desplazar a lo que ha contabilizado como medio millón de personas, aunque los libaneses aseguran que es el doble. Incluso la ciudad de Tiro recibió el aviso de desalojo para sus cien mil habitantes.
Ahora, con los puentes que unen el norte con el sur de Líbano destruidos, es imposible el libre tránsito, quedando separadas familias y limitado el comercio y los negocios. Se calcula que en 120 aldeas sus habitantes han abandonado sus hogares y están imposibilitados para regresar.
Y el asunto no parece acercarse a su fin.