Opinión
La política del resentimiento
Hoy la política gira alrededor del enojo, del agravio, de la culpa y de la confrontación. Ya no se moviliza a la sociedad con la promesa de construir algo mejor, sino con la promesa de castigar a alguien.CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La política cambió de emoción dominante. Durante décadas la política apelaba a la esperanza, al progreso, al desarrollo, al futuro. Los discursos hablaban de crecimiento, educación, infraestructura, instituciones, estabilidad. Hoy el tono es distinto. Hoy la política gira alrededor del enojo, del agravio, de la culpa y de la confrontación. Ya no se moviliza a la sociedad con la promesa de construir algo mejor, sino con la promesa de castigar a alguien. La política dejó de ser el espacio donde se discute cómo mejorar un país y se convirtió en el espacio donde se decide a quién responsabilizar de todo lo que está mal. Ese cambio es profundo. Cambia la conversación pública, cambia el comportamiento de los políticos y cambia incluso la forma en que la sociedad se relaciona consigo misma.
Primero. La política del resentimiento funciona porque simplifica la realidad. Los problemas públicos son complejos: la inseguridad, la falta de crecimiento económico, la desigualdad, la corrupción, la mala educación, la falta de servicios de salud, la baja productividad, la informalidad, la debilidad institucional. Nada de eso tiene una sola causa ni una sola solución. Pero la política del resentimiento reduce todo a una historia sencilla: alguien tiene la culpa. Siempre hay un culpable. Los ricos, los pobres, los empresarios, los gobiernos anteriores, los conservadores, los neoliberales, los medios, los intelectuales, los tecnócratas, los extranjeros, los corruptos, los privilegiados. El enemigo cambia según la coyuntura, pero la lógica es la misma: si algo está mal, alguien te lo hizo. Esa narrativa es muy poderosa porque convierte la frustración social en enojo político. Y el enojo moviliza más rápido que la razón. La gente puede no entender una reforma fiscal, una política energética o una reforma administrativa, pero sí entiende perfectamente a quién debe culpar. Por eso el resentimiento es políticamente tan rentable. No exige explicar, exige acusar. No exige demostrar, exige repetir. No exige resolver, exige confrontar.
Segundo. La política del resentimiento transforma a los ciudadanos en personas agraviadas. Y esa transformación es muy peligrosa para la democracia. El ciudadano piensa, compara, evalúa resultados, cambia de opinión, castiga o premia con su voto. El ciudadano exige resultados, no discursos. En cambio, la persona agraviada reacciona emocionalmente, defiende a su grupo, ataca al otro grupo y se mantiene enojada. La política del resentimiento no quiere ciudadanos críticos, quiere personas emocionalmente alineadas. Por eso el debate público se ha deteriorado tanto. Cada vez se discuten menos ideas y se discuten más personas. Cada vez se analizan menos políticas públicas y se repiten más etiquetas. Cada vez se habla menos de crecimiento económico, productividad, innovación, educación o salud, y se habla más de traidores, enemigos, corruptos, neoliberales, conservadores o populistas. La política deja de ser un espacio de deliberación racional y se convierte en una confrontación emocional permanente. La polarización no es un accidente; es una herramienta política muy útil porque divide a la sociedad en bandos y obliga a todos a escoger un lado.
Tercero. El problema es que el resentimiento sirve para ganar elecciones, pero no sirve para gobernar. Gobernar es una tarea mucho más aburrida que hacer campaña. Gobernar implica presupuestos, leyes, reglamentos, instituciones, planeación, infraestructura, hospitales, escuelas, seguridad pública, tribunales, inversión, empleo, productividad, transparencia. Nada de eso se construye con discursos de confrontación. Ningún país ha salido del subdesarrollo a base de enojo. Los países que progresan lo hacen con instituciones fuertes, educación de calidad, inversión, estabilidad jurídica, planeación de largo plazo y políticas públicas bien diseñadas. El resentimiento no construye carreteras, no mejora universidades, no reduce la violencia, no mejora los sistemas de salud, no aumenta la productividad, no genera innovación tecnológica. El resentimiento solo genera aplausos momentáneos y conflictos permanentes. Por eso los gobiernos basados en la confrontación necesitan siempre una nueva pelea, un nuevo enemigo, una nueva polémica. El conflicto se vuelve parte del método de gobierno. La tensión se vuelve estrategia política. La discusión permanente sustituye a los resultados.
La política debería ser el espacio de las ideas, de los proyectos y de las soluciones. Pero cada vez más se parece a un espectáculo donde lo importante no es quién tiene mejores propuestas, sino quién ataca mejor al adversario. Ya no se compite por quién gobierna mejor, sino por quién descalifica más fuerte. La política se ha degradado hasta convertirse, muchas veces, en una competencia para ver quién grita más y quién insulta peor. Y así, gritando e insultando, ningún país se ha desarrollado nunca.