Opinión
El olvido del pasado
El bien en nuestra sociedad económica está puesto en la adquisición de bienes y servicios cada vez más sofisticados como los que oferta el demonio del Evangelio. Si alguien logra ofrecerlos y propagar la oferta, el sometimiento y el silencio están garantizados.En un extraño libro de Eric-Emmanuel Schmitt, La part de l’autre –una novela sobre Hitler escrita en dos planos: el primero, la historia del führer real; el segundo, la que Schmitt imaginó si Hitler no hubiese sido rechazado de la academia de Bellas Artes de Viena– sor Lucía, una monja enfermera que lo atendió de sus heridas durante la Primera Guerra Mundial, le escribe al Hitler ficticio que se había vuelto un famoso pintor: “¿Crees en Dios, querido Adolfo? ¡Yo no creo en el diablo! No puedo concebir un diablo que querría el mal por el mal. La pura intención maligna no existe. Cada persona está convencida de hacer el bien. El diablo se toma a sí mismo por un ángel (…) Quizá llegue el día en que un pobre tipo frustrado enloquezca, un pobre tipo que querrá hacer tanto bien como Dios o mejor, un reformador incendiario, un demonio que desafía a Dios, que está celoso de Él, un diablo pretencioso, un mimo grotesco, un payaso.”
El demonio que sor Lucía, una mística, entrevió en el plano ficticio de la novela de Schmitt, no sólo era el Hitler real, era también Stalin, Franco, Truman. Ninguno de ellos hizo el mal por el mal. Obraron como el poder de Dios obra según la lógica humana. En su enloquecida mediocridad estaban convencidos de hacer el bien mientras sembraban millones de cadáveres y arrasaban el mundo.
La memoria de su contradicción duró poco. Pese a las reflexiones morales que suscitaron, en menos de un siglo el demonio que entrevió sor Lucía, reapareció más enloquecido, más resentido, más imbécil y apremiante que ayer. Putin, Netanyahu, Trump, Xi Jinping, y otros con menos poder que ellos, comenzaron a proliferar a inicios del siglo XXI. Donde volvamos hoy el rostro, el demonio de sor Lucía se ha reproducido con una aceleración inusitada.
Lo grave no es su existencia. Imbéciles y resentidos ha habido en todas las épocas. Lo inquietante es que sus atrocidades sólo fueron posibles por la colaboración de millones de gentes que los encumbraron, los siguieron o guardaron silencio; lo espantoso es que, en menos de un siglo, la gente haya olvidado y haya vuelto a encumbrar a otros.
Una de las tesis del libro de Schmitt, de allí su título, es que todos llevamos con nosotros un demonio así; todos poseemos una parte del otro. Nadie escapa al poder que atribuimos a Dios y que, como lo muestran las tentaciones del desierto del Evangelio, es profundamente seductor: te haré trastocar la naturaleza para que te satisfagas, te haré volar por los aires y dominar y tener reinos y gloria si me adoras. Jesús descubrió allí al demonio, no a Dios. Nosotros, en cambio, los confundimos y olvidamos sistemáticamente sus estragos.
Muchas hipótesis pueden darse al respecto. Yo quiero centrarme en dos: la del bien y la propaganda.
El bien en nuestra sociedad económica está puesto en la adquisición de bienes y servicios cada vez más sofisticados como los que oferta el demonio del Evangelio. Si alguien logra ofrecerlos y propagar la oferta, el sometimiento y el silencio están garantizados. La fuerza de Hitler, Stalin, Franco o Truman, se sostenía en ese tipo de relatos y en el ejercicio de la violencia y el miedo que lo acompañaban. Pero ninguno de ellos habría hecho lo que hizo, sin la capacidad de la prensa y la radio que, nacidas de los tipos móviles de Gutenberg y las señales eléctricas de Marconi habían adquirido una enorme fuerza a principios del siglo XX. El verdadero poder, lo mostraron Orwel y Klemperer en su época, radica en la oferta y la difusión del relato.
A comienzos del siglo XXI, no sólo la radio, la prensa, sino también la televisión y el algoritmo de Alan Turing, comenzaron a ocupar casi todo el espacio público y privado del mundo. Sometidos a ellos, la humanidad olvidó rápidamente y el demonio de sor Lucía a adquirir una fuerza difusiva hasta entonces inédita. Entre los millones de relatos que circulan ahora en esos medidos, el suyo destaca por la perentoriedad de su oferta y el bien que promete. Pocos tienen la capacidad de resistirlo. No importa lo perturbador, lo amenazante y monstruoso que pueda ser. Lo importante es lo que ofrece. No importa tampoco si en los millones de relatos que circulan, muchos se opongan a él. En este caso, la paradoja de Reyes Heroles, “lo que resiste apoya”, adquiere una demostración.
Tomemos a Donald Trump, el rostro más mediático del demonio de sor Lucía hoy. A diferencia de Hitler, que estuvo encerrado sólo nueve meses por su intento de derrocar al gobierno de la república de Weimar en 1928, Trump, pese a haber intentado tomar el Capitolio en 2022, nunca pisó la cárcel. La no aplicación de la ley y la propaganda en su contra de los demócratas, lejos de inhibir su fuerza la potenciaron. Como en el adagio de Reyes Heroles, Trump ha sabido capitalizar la propaganda en contra suyo en favor de su discurso. Davos lo ejemplifica. En lugar de que la prensa y la mayoría de los países que asistieron le hicieran el vacío minimizando su presencia y saliendo del recinto cuando llegó y tomó la palabra, se mantuvieron y mantuvieron al mundo expectante de su relato.
La salvedad fue Mark Carney, el único que no había olvidado, el único que logró hacer oír lo que muchos pensadores habían anunciado tiempo atrás: que la irracionalidad se había apoderado otra vez del mundo, que la “agradable ficción” del orden mundial surgido de las atrocidades del demonio del siglo XX, había terminado y había que enfrentarlo de nuevo. Citó entonces el ensayo “El poder de los sin poder” de Vaclav Havel.
Más allá de su discurso, que terminó por centrarse en lo económico –uno de los bienes que oferta el demonio–, el ensayo de Havel no se refiere sólo a retirar los careles que, por miedo o estupidez propagandista, apoyan a un sistema opresivo; se refiere también a no olvidar la dignidad de lo humano y poner el cuerpo para defenderla. Su más alta expresión no estaba en Davos –un lugar de negociaciones cobardes– ni en las sorprendentes e inesperadas palabras de Carney, sino en las decenas de miles de personas que, negándose a olvidar y arriesgando sus vidas, salieron a las calles de Minneapolis y de Irán a enfrentar al demonio que los acosa y a quienes lo hacen posible. La resistencia, no sólo está en la no cooperación con el demonio; está también en la resistencia civil que, aprendida en Gandhi, llevó a Havel y a muchos otros como él a la cárcel en 1979.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.