Opinión

Un terremoto y una maldición

Y luego está China, que observa con una paciencia que Washington parece incapaz de comprender. El 2025 cerró con una tregua en la guerra comercial, pero las tensiones estructurales siguen intactas.
domingo, 11 de enero de 2026 · 07:00

Alfred Hitchcock tenía una regla para construir el suspense: empezar con un terremoto y luego ir elevando la tensión. El 2026 arrancó siguiendo ese guion al pie de la letra.

El 3 de enero, en una operación que duró apenas dos horas y 20 minutos, fuerzas especiales estadunidenses irrumpieron en Caracas, capturaron a Nicolás Maduro (y a su esposa) y lo trasladaron a Nueva York para enfrentar cargos criminales. Trump anunció que Estados Unidos "manejará" Venezuela "el tiempo que sea necesario", aunque resulta difícil saber exactamente qué significa eso cuando el dictador cayó sin que cayera la dictadura: Delcy Rodríguez y el aparato chavista permanecen en el poder, ahora bajo tutela estadunidense, con el control del petróleo —y de los flujos de renta que genera— como verdadero eje de la reconfiguración en curso. No fue realmente un cambio de régimen; fue, en todo caso, un cambio de correa.

La captura se produjo el viernes. El fin de semana, sin permitir que la tensión bajara un instante, Trump amenazó a Colombia con una intervención similar, advirtió a Cuba que su turno se aproximaba, prometió "ayudar" a los manifestantes iraníes y reiteró su exigencia de que Groenlandia —territorio danés, país miembro fundador de la OTAN— se convirtiera en posesión estadunidense. El miércoles 7 de enero, mientras buques estadunidenses interceptaban en el Atlántico Norte un tanquero ruso de la "flota fantasma" que Moscú utiliza para evadir sanciones, Trump firmaba el memorando que retiraba a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales, muchas de ellas pilares del sistema de Naciones Unidas. El jueves 8 de enero, el presidente Trump dijo que “comenzará a atacar por tierra” a los cárteles mexicanos.

Una semana. Eso fue lo que tardó el año en poner el mundo de cabeza.

El presidente alemán Frank-Walter Steinmeier reaccionó a estos eventos con un discurso que, hace apenas un año, habría resultado inconcebible en boca de un jefe de Estado europeo. Comparó las acciones estadunidenses en Venezuela —y las amenazas contra Groenlandia— con la conducta de la Rusia de Putin en Ucrania. Las describió, sin rodeos, como "fracturas del orden mundial". Desde Moscú, Dmitri Medvédev celebró el giro con el cinismo que lo caracteriza: Estados Unidos, dijo, actúa ahora conforme a la lex fortissimum, la ley del más fuerte, y ya no tiene autoridad moral para criticar a nadie...

Medvédev, vicepresidente del Consejo de Seguridad. Cinismo. Foto: Facebook.

Mientras tanto, ante la lógica de poder desnudo y la erosión del orden global, las zonas de riesgo se multiplican. En el continente europeo, la invasión rusa de Ucrania está por cumplir cuatro años; la guerra híbrida contra la Unión Europea se intensifica y los gobiernos europeos se enfrentan a escenarios que, hasta hace poco, quedaban fuera de sus cálculos más pesimistas. En Gaza, la tregua es frágil y las causas profundas del conflicto permanecen intactas. En Irán, el régimen enfrenta protestas que no logra sofocar por completo, mientras observa con inquietud los movimientos israelíes y estadunidenses en la región. En el Ártico, la insistencia de Trump en anexar Groenlandia abre una grieta en el corazón mismo de la alianza occidental.

Y luego está China, que observa con una paciencia que Washington parece incapaz de comprender. El 2025 cerró con una tregua en la guerra comercial, pero las tensiones estructurales siguen intactas. El interés de Beijing en Taiwán no ha disminuido; al contrario, China ha intensificado las maniobras militares alrededor de la isla y acelerado su programa de armamento, incluido el fortalecimiento de su arsenal nuclear.

El fortalecimiento del arsenal chino ofrece a Estados Unidos y Rusia un pretexto conveniente para abandonar uno de los pocos frenos que aún subsisten en el sistema internacional: el tratado New START, el acuerdo bilateral que desde 2010 limita el número de armas nucleares estratégicas desplegadas por ambas potencias y que vence en febrero próximo. Sin un reemplazo a la vista, el mundo se encamina hacia una etapa sin restricciones formales en materia de armamento nuclear.

En una entrevista reciente con el New York Times le preguntaron a Trump si Xi Jinping podría aprovechar el precedente venezolano para actuar contra Taiwán. Respondió con la certeza absoluta que lo caracteriza: "Puede que lo haga cuando haya otro presidente, pero no creo que lo haga conmigo". La frase, en su arrogancia, revela más de lo que pretende. Xi Jinping estará en el poder mucho después de que Trump abandone la Casa Blanca en 2029. Puede permitirse esperar. Y mientras espera, cada retirada estadunidense de una organización internacional representa un espacio que Beijing se apresura a ocupar.

En esa misma entrevista le preguntaron si existía algún límite a su poder como comandante en jefe. La respuesta merece citarse completa: "Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme". Y añadió, por si quedaba alguna duda: "No necesito el derecho internacional". En otros momentos de la historia, incluso los líderes más cínicos se cuidaban de invocar normas, tratados o, al menos, el juicio de la posteridad. Hoy, al parecer, ni siquiera eso resulta necesario.

Steinmeier. Comparó a Trump con Putin. Foto: Facebook.

Por supuesto, no todas las amenazas que lanza Donald Trump se materializan en decisiones políticas inmediatas. Muchas son parte de la política interna; otras sirven para marcar la agenda y señalar los intereses geopolíticos de Estados Unidos —como la revivida doctrina Monroe, que Trump ha rebautizado, con su modestia habitual, como “Donroe”—; otras más buscan intimidar a los oponentes hasta que acepten sus demandas, como ya ocurrió con Colombia. E incluso las que parecen improvisadas no siempre lo son: Estados Unidos llevaba meses preparando la operación en Venezuela, reuniendo fuerzas y estableciendo un operativo secreto de la CIA en Caracas al menos desde agosto pasado. La aparente imprevisibilidad no equivale a la ausencia de estrategia. Lo que queda fuera de esa estrategia no es el cálculo, sino la estabilidad y el respeto a las reglas que durante décadas estructuraron el orden internacional.

Hitchcock decía que después del terremoto debía venir el suspenso sostenido. El año apenas comienza. Si esto fue la primera semana, queda por ver qué traerán las siguientes cincuenta y una.

"Ojalá vivas tiempos interesantes", dice la supuesta maldición china. Todo indica que 2026 será, como mínimo, un año extraordinariamente interesante.

Comentarios