LIBROS
La novela negra-thriller “Muerte sin testigo”, de Óscar Xavier Altamirano
Altamirano es un catedrático especializado en la literatura estadunidense y británica del siglo XIX. Autor del libro “Poe: The trauma of an era (2017), traducción del original ‘Poe: el trauma de una era’ (2015).CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El ensayista y columnista mexicano Óscar Xavier Altamirano (1965) tardó alrededor de cuatro años en crear su primera novela “Muerte sin testigo”-que pertenece a la colección Andanzas de la editorial Tusquets- y la trama la ubica en Nueva York, donde muestra el peligroso sistema de justicia en Estados Unidos.
En entrevista Altamirano manifiesta que la brutalidad policial es real:
“Un abogado en la historia menciona por ahí que se desecharon alrededor de trece mil condenas en Massachusetts por un laboratorio forense corrupto. Eso es real, y cuando entras al Tribunal Penal de Manhattan te das cuenta de que siempre les están pisando los talones a los latinos y los negros, son las víctimas de la corrupción policial. No es la serie ‘CSI’, es un mundo muy duro, sobre todo esa metrópoli.
“Todo ese universo neoyorquino lo trato de abordar. La realidad es muy ruda como para que huyas de ella en la ficción. Es decir, la ficción no es un pretexto para huir de la realidad, no, es salir al encuentro de la realidad de una forma que no esperabas y tampoco puedes olvidar que finalmente estás escribiendo un libro que la gente lo va a pagar, que quiere una experiencia literaria. No vas al cine a ver una mala película. Entonces, también tienes esa exigencia, como que te exige el trabajo por todos lados”.
El volumen de 336 páginas plantea una pregunta: ¿Qué pasa cuando te conviertes en el principal sospechoso de una historia que no entiendes del todo?
En plena crisis creativa y atrapado en la rutina de su matrimonio y en las secuelas de un accidente, Armstrong, un escritor en Manhattan, ve tambalear su mundo cuando conoce a Lauren MacKellen, su enigmática vecina: una exmodelo con un pasado turbio marcado por el abuso y el escándalo. Lo que inicia como una noche de confesiones y atracción prohibida se convierte pronto en un punto sin retorno. La aparición de detectives, las preguntas incisivas de la prensa y las dudas que germinan en su propio hogar desatan el caos: Lauren ha sido hallada muerta y todos los ojos apuntan a Armstrong, la última persona en verla con vida. Nadie cree en su inocencia.
-“Muerte sin testigo” aborda muchos valores, desde la mentira, la verdad, la soledad, en fin. ¿Qué lo impulsó a escribir este thriller psicológico?
-A todos los escritores en el fondo tarde o temprano les cae el gusanillo de que quieren escribir una novela, la cual es un género muy particular, seas ensayista o poeta. Es parte de tu experiencia profesional y a lo mejor juegas con la idea del día de mañana escribir una novela. Un ejemplo externo puede ser Octavio Paz, tengo entendido que quiso escribir una novela y no le gustó el resultado, porque es un género muy distinto. Pensar con el lado de la imaginación, quimérico, no siempre es fácil. Es toda una formación en ese sentido y una mente muy particular.
“Yo tenía en la cabeza rebotando de alguna forma crear una novela y no fue hasta que muchos años después, a raíz de un ejercicio que hice con alumnos en creación literaria, de llevar una propuesta de novela, y a la siguiente clase nadie hizo el ejercicio más que yo. Llevé cuarenta páginas escritas que curiosamente funcionaban bastante bien y dejé que naciera, y trabajé otro poco más y luego otro poco más, y conforme me fui percatando del avance, decía: ‘Bueno, esto funciona, debo seguir adelante’. Si eres un escritor, es una irresponsabilidad no seguir con un trabajo. Así fue como nació la idea”.
Altamirano es un catedrático especializado en la literatura estadunidense y británica del siglo XIX. Autor del libro “Poe: The trauma of an era (2017), traducción del original ‘Poe: el trauma de una era’ (2015).
-¿Por qué un thriller psicológico y además ubicado en Nueva York?
-Tengo una historia larga con el viejo Nueva York. Viví temporadas largas y hubo cosas que me marcaron definitivamente. Mi madre circulaba por el viejo Nueva York, incluso por las calles del Upper West Side con una navaja y con un gas paralizador porque era la forma en esa vieja ciudad para moverse. Siempre tenías que saber un poco a dónde ibas. Este Nueva York es el de los años setenta,?en ese momento era un niño, pero sí me tocó en los ochenta y noventa con mi madre caminar preocupado porque podría pasar algo.
“Constantemente había conflictos en Nueva York. La primera escena con la que abre la novela es real. Un día, era un invierno muy intenso, aeropuertos cerrados, y llegaron dos policías a la planta baja de mi departamento a hervir café y hablaban en tono muy bajito, no querían asustar a nadie porque la persona que vivía abajo yacía muerta hace varios días, y si no hervían café, el olor del cadáver se iba a difundir por todos lados.
“También, una vez estaba con mi esposa y de pronto nos tacaron el timbre, era la policía, y mi mujer pensó que era un amigo con el que estábamos hospedándonos, y le contestó: ‘Deja de estar bromeando’, pero no era broma, eran dos oficiales que habían recogido a este amigo con un ataque de epilepsia en Central Park, y nos subieron a la patrulla para llevarnos en donde él estaba hospitalizado y recorrimos las calles de la ochenta hasta la diez con la sirena, y cada vez que caminaba por el distrito policial número veinte, que hoy en día es muy calmado con gente muy adinerada, me acordaba que en los ochenta y noventa, el índice de criminalidad era altísimo. Ese Nueva York se fue de alguna forma metiendo adentro de mí”.
Continúa:
“Tenía muy claro que quería una historia que fuera funcional de una forma distinta. En México sabemos muy bien que la policía funciona cuando quiere, y tiene razones muy importantes para no funcionar. En Nueva York deben funcionar, pero es un sistema depredador y con enormes fallas, no es lo que vemos en en las series ‘CIA” o ‘La ley y el orden’, está muy lejos de todo eso. Cuando ves lo que es realmente la policía de Nueva York, no es algo que se quiera enfrentar, para nada. Yo prefiero un encuentro con un policía en México que con un policía de Nueva York”.
-¿Por qué se centra en un escritor para la historia?
-Siempre me gustó la idea de un escritor. Es una persona que finalmente está siempre luchando cotidianamente con el trabajo. Es decir, no es un trabajo ordinario, donde se va a una oficina, se cumple con unas horas, ciertas labores y funciones, y regresas al hogar y desentenderse. El escritor tiene la ventaja y la desventaja que debe enfrentar su trabajo todos los días, y si ese día no logra avanzar, ¡es terrible!, porque hay escritores que dicen: “Es que escribo mil palabras diarias”, bienvenido al mundo de la productividad. Yo no puedo escribir mil palabras diarias ni muerto. El día que yo escriba eso será un éxito. La vida del escritor me parece sumamente interesante porque además está tratando con cuestiones humanas y tiene una introspección muy particular. No es nada más la narrativa de puros hechos y acciones.
“Poseía la convicción desde el principio que era un crítico. Además, después le inventé lo de la cadena de tele ‘CBS’, porque lo que me faltaba era un personaje lo suficientemente conocido en Nueva York para que fuera un escándalo nacional su problema, si hubiera sido columnista del ‘New York Times’, pasaría desapercibido. Hay muchos columnistas de ese medio y nadie sabe quiénes son. Necesitas de la televisión para ser una figura conocida en todo el pueblo. Igual que el accidente automovilístico que le priva de esta posibilidad a escribir. Y llevas al personaje a una situación muy extrema. Al escritor le quité las palabras. ¡Es terrible! Todo eso se va sumando, y cuando volteas la cara tienes algo muy interesante para explorar dramáticamente”.
-“Muerte sin testigo” es su debut en el género novelístico, además, es un thriller psicológico. ¿Cómo fue la escritura?
-Muy difícil, porque todos los géneros te imponen que tú sigas un poco cuál es la receta del pastel. Algunos pasteles requieren de ciertas recetas, y tú tienes que seguir esa receta, si no vas a tener un mal pastel. El género del thriller te impone características muy particulares. Necesitas un protagonista, un suceso bastante dramático muy al inicio, que generalmente es una muerte o por lo menos un crimen.
“Además, hay una construcción que definitivamente es la aristotélica. No te puedes deslindar de los tres actos. Así construyas tu obra en siete actos, finalmente son tres partes muy estudiadas por Aristóteles. El héroe tiene que entrar en un viaje tremendo del que va a salir finalmente. Puede salir ileso o puede no salir ileso, puede pasar por lo de ‘Edipo rey’, entonces se vuelve una tragedia, pero si hay una serie como de secuencias muy claras, debe contener una confrontación consigo mismo, después una catarsis y empiezas a darte cuenta que son episodios muy claros que deben de ocurrir como una partitura, como una ópera”.
Aclara:
“En las óperas, todo está construido, los libretos también son con base a principios aristotélicos. Entonces el tener que conjuntar estos dos mundos es muy complicado. Es decir, se llega un momento en el que requieres de un pensamiento racional muy analítico. No es cierto que uno como es escritor de ficción dice: ‘¡Ay, a ver qué se me ocurre!’. No, el problema no está con lo que se te ocurre, el problema está con qué se te tiene que ocurrir, pero dentro de una serie de patrones preconcebidos. Esa es una realidad, no lo puedes evitar, y si no lo haces no estás jugando el juego del thriller.
“Y por otro lado no caer en los lugares comunes. En lo personal estoy harto de la CIA, el FBI y los killers gringos, estoy harto de todo eso. Veo esas cosas y la verdad cada día me quedo con más ganas de ver algo diferente porque siento que lo más importante no lo están diciendo. Me suspenden la función cuando viene lo más interesante. O sea, ya descubrieron al criminal, se termina la función. No, ¡espérame!, para mí está empezando la función. Es el momento en el que quiero saber cómo va a seguir adelante el personaje con su vida después de lo que le ha pasado”.
Acentúa:
“Para mí, ahí empieza la aventura y ese es el tercer acto de esta novela. Ya se resolvieron los misterios, digamos, relativamente interesantes por el lado policial, pero falta el más interesante para mí que es el lado humano. Ahora, ¿qué va a pasar?, ¿cómo sigues adelante con su vida? Esa es la parte que a mí me encanta trabajar, la que a mí me sorprendió, y te podría decir que fue por la que realmente escribí, todo lo demás es un pretexto para llegar a ese momento, es decir, vamos a ver qué pasa con los seres humanos que pasan por esto.”
-¿Lo transformó escribir esta novela?
-Mucho, porque es un trabajo de varios años, cuatro años por lo menos, donde todos los días, incluyendo sábados y domingos, te levantas a trabajar y lograr tanto como puedes. Mi jornada de trabajo es de cuatro horas diarias mínimo, si no es que más bien seis, pero son cuatro horas efectivas. Lo que yo no logro en las primeras cuatro horas de la mañana, lo más probable es que no lo voy a lograr. Eso se vuelve parte de tu vida.
“Si no tengo el proyecto muy, muy definido en el que yo estoy trabajando, esas cuatro horas a mí se me vuelven un infierno porque estoy realmente como dándole vueltas, como los ratones hámster que giran y giran y no pasa nada. Así me siento. Fue maravilloso tener algo que está funcionando y que merece la pena seguir laborando en eso todos los días. De pronto no tenerlo siempre es complicado, porque te cambia tu día a día. Entonces, es muy bonito, pero igual es duro. Lo único que no puedo traicionar es la credibilidad del lector. Si el lector me dice: ‘Ésta no te la creo’. ‘Aquí me exageraste’, ‘Aquí me buscaste una salida muy rápida o ‘un ser humano no reacciona con esta lógica interna’. ¡Pierdo la partida! Y para mí es esencial escribir con verdad”.
Redondea:
“Una historia te exige intelectualmente, te exige tu sensibilidad y que seas derecho con el lector, te pide muchas cosas”.