Opinión
El villano favorito
Discursos políticos de distinto signo comparten, paradójicamente, una misma arquitectura explicativa: la desigualdad existe porque alguien la produce o la permite. Cada quien tiene a su villano favorito.En tiempos de crisis la política suele ofrecer una respuesta inmediata: alguien tiene la culpa. Cuando las instituciones fallan, cuando la desigualdad se profundiza y cuando el futuro se vuelve incierto crece la demanda de responsables. Y pocos discursos explotan mejor esa demanda que aquellos que reducen problemas complejos a culpables identificables. Unos culpan a las élites que torcieron el sistema en su favor y a las que habría que despojar de privilegios; otros culpan a quienes, supuestamente, no se esfuerzan, dependen del Estado y desperdician oportunidades. Cambian las simpatías y los blancos, pero la lógica es la misma: si se identifica al culpable, se le desplaza y se le castiga, el problema debería empezar a resolverse. Esa narrativa tiene una enorme fuerza política, pero una gran falla analítica.
Discursos políticos de distinto signo comparten, paradójicamente, una misma arquitectura explicativa: la desigualdad existe porque alguien la produce o la permite. Cada quien tiene a su villano favorito. La derecha suele señalar hacia abajo –los que no se esfuerzan, los que dependen del subsidio, los que no quieren superarse–. La izquierda suele señalar hacia arriba –los que acaparan, los que corrompen, los que bloquean el ascenso de los demás–. Son narrativas opuestas en sus simpatías, pero similares en su lógica causal: si ese agente desapareciera, el problema se resolvería. Es sobre esa lógica que el filósofo político Robert Goodin plantea, en su libro Perpetuating Advantage (Oxford University Press, 2023), una idea incómoda: la desigualdad no necesita de villanos para reproducirse.
El argumento central de Goodin es que la injusticia estructural se perpetúa principalmente mediante mecanismos impersonales: engranajes que no dependen de una voluntad maliciosa ni de una negligencia culpable para seguir produciendo ventajas para unos y desventajas para otros. Los cataloga con precisión: la posición en las jerarquías, las redes de contacto, las normas y expectativas sociales, la reputación acumulada. No hace falta que hayan sido diseñados para oprimir para que produzcan efectos opresivos. La pregunta relevante no es quién los activa deliberadamente, sino cómo funcionan.
Tres ejemplos ilustran la mecánica. El primero es la posición: quien ya ocupa un lugar alto en la jerarquía acumula más ventajas sólo por ocuparlo –visibilidad, acceso, credenciales, legitimidad–. Y esas ventajas no sólo operan en el presente, sino que también facilitan su transmisión. De ahí la reproducción casi automática de linajes en la política, los negocios y la academia. Los hijos de quienes ya están arriba llegan con capital simbólico y redes que el sistema simplemente confirma. Nadie tuvo que conspirar para ello; la posición inicial estableció las condiciones y las condiciones hicieron el resto.
El segundo mecanismo son las redes: las oportunidades –empleos, contratos, cargos– circulan primero entre quienes ya se conocen. Quien no forma parte de esa red no necesariamente fue rechazado; lo más probable es que nunca haya entrado en el horizonte de posibilidades. No es sólo que las reglas del juego sean desiguales: es que no cualquiera accede realmente al juego.
El tercero son las expectativas sociales: los estándares de competencia, autoridad y liderazgo están calibrados históricamente para ciertos perfiles. Quien no encaja en ese perfil no enfrenta necesariamente un rechazo explícito, sino algo más difuso y eficaz: la carga permanente de tener que demostrar lo que a otros se les presupone.
La consecuencia política de este argumento resulta incómoda para cualquier proyecto que crea que basta con sustituir a los de arriba. Si los mecanismos son impersonales, cambiar a los ocupantes del poder no basta para alterar sus efectos. Cuando un grupo desplaza a otro tiende a reconstituir las mismas estructuras de red, de posición y de reputación que daban ventaja a los anteriores. No porque traicione sus principios, sino porque los mecanismos responden a incentivos que no desaparecen con el cambio de gobierno. Una transformación que mueve a las personas dentro de una estructura intacta no transforma la estructura. El sistema reproduce la desigualdad con nuevos actores.
La tentación obvia, entonces, es destruir los mecanismos mismos. Pero esa salida enfrenta dos problemas que Goodin desarrolla con cuidado. Primero: muchos de esos mecanismos cumplen funciones legítimas que benefician a todos, incluidos los más desfavorecidos. Las redes coordinan, las jerarquías organizan, las economías de escala abaratan la producción. Destruirlos sin más sería, en muchos casos, nivelar hacia abajo: deteriorar la situación general para reducir la desigualdad relativa. Goodin menciona como ejemplo extremo la Revolución Cultural de Mao, que devastó el capital humano de los intelectuales en nombre de una lógica igualitarista. Segundo: los mecanismos tienden a reconstituirse porque responden a incentivos estructurales que la intervención política rara vez logra desactivar por completo. Se rompe una red de contactos y los actores construyen otra con la misma lógica. La forma cambia, las personas pueden cambiar, pero el mecanismo persiste.
¿Hay salida? Goodin no es optimista, pero tampoco nihilista. Lo que funciona, según su análisis, son intervenciones parciales, específicas, dirigidas no a destruir los mecanismos, sino a reducir las ventajas desiguales que producen: impuestos progresivos que limiten cuánto puede acumular quien ya está arriba, regulación de monopolios que redistribuya las ganancias de escala, cuotas que interrumpan la circulación cerrada de oportunidades, canales alternativos de acceso para quienes están fuera de las redes dominantes. No son soluciones rápidas ni mágicas, ni siquiera elegantes. No tienen la satisfacción narrativa de señalar a un villano y expulsarlo. Son, en palabras del propio Goodin, work-arounds –rodeos, mitigaciones– que moderan el problema más que lo resuelven.
Eso no significa que los villanos no existan. Existen y Goodin no lo niega. Hay actores que se benefician del sistema y hacen todo lo posible por mantenerlo. Pero el punto es que su remoción no basta porque el sistema que los produjo seguirá produciéndolos mientras sus mecanismos permanezcan intactos. La política que ofrece culpables visibles tiene una claridad discursiva y electoralmente irresistible. Lo que no ofrece es un programa capaz de alterar las reglas que permiten que la desigualdad se reproduzca incluso sin ellos.
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Texto de Opinión publicado en la edición 34 de la revista Proceso, correspondiente a abril de 2026, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.