Mundial de Futbol 2026

Italia, el colapso crónico

Bosnia eliminó a Italia del Mundial 2026 en penales, en un estadio de Zenica cargado de historia y fuego. El gol definitivo lo marcó Bajraktarevic, descendiente de sobrevivientes de Srebrenica. Italia encadena 16 años sin disputar una Copa del Mundo.
domingo, 5 de abril de 2026 · 07:00

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Edin Dzeko, el gran mito bosnio del siglo XXI, anticipó una guerra precedida de una reverencia. Italia debía pasar por una aduana inexpugnable, sospechosamente familiar, si quería clasificarse al Mundial 2026: un campo hostil para 15 mil personas montado en el corazón de la ciudad de Zenica, un polígono industrial ubicado 70 kilómetros al norte de Sarajevo.

Antes, la Azzurra fue reconocida por el propio Dzeko, en un gesto de otro tiempo, por haber sido una de las primeras selecciones en disputar un partido amistoso en Bosnia y Herzegovina, en 1996, tras el final de la guerra que sucedió a su proclamación independentista.

La paradoja cobró forma. Italia, con la consigna de evitar su tercera eliminación en fila vía repechaje, afrontó una tanda de penales completamente paralizada ante una pertinaz lluvia de bengalas proveniente de los bloques de hormigón a la usanza socialista que custodiaban el estadio Bilino Polje. La atmósfera, más propia de una batalla interétnica que de un partido de futbol entre dos selecciones con un pasado común, representó una imagen consecuente con la leyenda en torno a los Balcanes, tierra de nacionalismos exacerbados.

La estocada final fue obra de Esmir Bajraktarevic, un joven de 21 años que desciende de una familia que huyó del genocidio de Srebrenica, una masacre perpetrada por las fuerzas serbobosnias, lideradas por el criminal de guerra Ratko Mladic, contra los bosnios musulmanes entre 1992 y 1995.

Esmir Bajraktarevic actualmente milita en el PSV Eindhoven. Foto: Armin Durgut / AP.

De modo que Italia sufrió otro revés histórico a manos de un hijo de la diáspora bosnia, un chico alrededor del cual, parafraseando al director del Memorial de Srebrenica, el escritor Emir Suljagic, “hubo un plan” para que “nunca naciera”. Bajraktarevic, oriundo del Medio Oeste de Estados Unidos, marcó el gol de su vida ante Gianluigi Donnarumma, probablemente el mejor portero del mundo. Un festejo devenido en el típico alarido del superviviente remató una noche de excesos y delirio.

 

16 años de condena

No resulta difícil imaginar el impacto social que tendrá para toda una generación de italianos encadenar 16 años sin un partido de Mundial —el último fue ante Uruguay, en la fase de grupos de Brasil 2014—. En Italia, el futbol es un espejo de su sociedad y un elemento narrativo indisociable de su construcción de identidad. Esa histeria y teatralidad con la que se vinculan con el futbol, es la misma histeria y teatralidad con la que se vinculan con la política y la religión. Y, por consecuencia, es la misma histeria y teatralidad con la que se toman un expreso.

Esa filosofía de vida hipersensible y desmesurada provoca, al mismo tiempo, que bochornos como los de Bosnia y Herzegovina (2026), Macedonia del Norte (2022) y Suecia (2018) sean asimilados ya no como fracasos en términos estrictamente futbolísticos, sino como derrotas morales y culturales.

Es verdad que Italia es el país que mejor maquilla sus miserias con relato, pero superar este trauma, sólo comparado con la humillante derrota frente a Corea del Norte en el Mundial de Inglaterra 1966, exigirá la mejor versión de cineastas, poetas, pintores y escultores.

Lo que resulta más difícil advertir es un diagnóstico lo suficientemente fiable sobre lo que provocó que Italia, un cuatro veces campeón del mundo, haya naufragado en el repechaje durante tres ciclos consecutivos —sin pasar por alto que, durante el camino, se agenció un título de Eurocopa en Wembley—.

Hay lecturas evidentes, desde luego. Entre ellas la falta de filo y creatividad en ataque, un innegable rezago a nivel de producción de futbolistas de élite respecto a otras potencias, la imposición de la táctica por encima del talento y la proliferación de extranjeros en Serie A (a finales de la temporada anterior, se rompió un récord histórico de extranjeros utilizados: 401, de un total de 588 jugadores elegibles). Pero un suceso de esta magnitud obliga a rascar más profundo.

 

La resaca tras la ficción

Quizá no se ha hablado lo suficiente sobre ese estado de aletargamiento que sobrevino a la bonanza artificial de finales de los años 90 y principios de los 2000, simbolizada en los colapsos financieros de empresas multinacionales como Parmalat y Cirio, que en su momento fueron dos de las banderas de la burbuja que permitió que Italia se convirtiera en el destino más atractivo para cualquier estrella mundial.

La brillante generación de Cannavaro, Buffon, Totti, Del Piero y Maldini, algunos de los héroes que permitieron que Italia se coronara por cuarta vez en su historia, son el último coletazo de esa ficción.

Italia, a diferencia de Inglaterra, que se ha plegado desvergonzadamente a las reglas del hipercapitalismo globalizado en los despachos, ha abrazado con convicción un relato nacionalista, en bucle, que sirve para explicar lo que representa como cultura futbolística y, de la misma manera, lo que representa como país: un empresario local con ínfulas mesiánicas compra un equipo, se envuelve en una bandera populista, asume gastos inasumibles, maquilla sus balances financieros y, cuando todo explota, se declara inevitablemente en bancarrota para luego afrontar un inminente proceso de venta o refundación.

En febrero de este año, La Gazzetta dello Sport, el diario deportivo más leído del país transalpino, reveló que durante la temporada 2024-25, 13 de los 20 equipos de la Serie A operaron en números rojos. De modo que no es exagerado hablar de una profunda depresión económica a nivel estructural.

 

La táctica como lastre

Desde luego que también hay posibles lecturas futbolísticas que trascienden al catenaccio —ese sistema de juego con licencias literarias concebido por Gipo Viani en el golfo de Salerno y exaltado, evolucionado y popularizado por Nereo Rocco y Helenio Herrera bajo los cielos grises de Milán—, un lugar común al que se ha acudido sin ningún tipo de rubor para explicar los conquistas y las caídas más pronunciadas.

En 2014 Italia perdió contra Uruguay. Foto: auf.org.uy

Cualquiera que se haya asomado con interés genuino a la Serie A de la última década habrá comprobado que el Calcio le ha dado cobijo a varios de los entrenadores más radicales y propositivos en términos de vanguardia táctica de los últimos años: Roberto de Zerbi, Maurizio Sarri, Gian Piero Gasperini y Simone Inzaghi, por ejemplo.

Este último nombre, particularmente, puede servir para trazar una posible teoría. Buena parte de los equipos que hoy compiten en la Serie A se reconocen tácticamente en el Inter que construyó Inzaghi, un equipo que logró firmar dos apariciones en la final de la Champions League durante el último lustro. Por ello, pese al furor por el lugar común, no hace mucho sentido hablar de Italia como una cultura obsoleta a nivel táctico.

El único pecado atribuible al Inter de Inzaghi ha sido, de hecho, la paradoja en torno a cómo su sistema de juego fue capaz de paliar todos los posibles defectos de sus intérpretes. Quizá Alessandro Bastoni, el gran villano de la eliminación en Bosnia tras su expulsión, alcanzó su techo como el mejor central zurdo posible para la pizarra de Inzaghi, pero eso no necesariamente lo convierte en un defensor capaz de emerger desde la adversidad.

De modo que la Italia de Genaro Gattuso, y antes la de Gian Piero Ventura, Roberto Mancini, Luciano Spalletti, han constatado en carne viva que el grueso de los jugadores elegibles no son capaces de imponerse —ya sea por falta de talento, nivel, lectura o personalidad— a un contexto táctico de selección nacional, un escenario bastante menos sofisticado en términos de método y que se rige bajo otro tipo de reglas respecto al de clubes.

Dicho todo esto, nada de lo anterior es suficiente para explicar el colapso de la Nazionale en clave mundialista. Quizá, en sintonía con lo que representa la cultura italiana, valga más un exorcismo que un riguroso ejercicio de autoexploración. Y ahí, de alguna manera, está la perversión: Italia ha sido víctima de sus incomprensibles decisiones como estructura futbolística, pero, sobre todo, de su propio relato.

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