futbol femenil
Mónica Ocampo, un legado de éxito y resistencia
Tras 33 años, esta pionera del futbol mexicano, se retiró como jugadora e inició su camino como entrenadora. Su lucha contra la discriminación y el machismo tiene una corona enorme: marcó el Mejor Gol en la historia de los Mundiales.CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– El mejor gol de la historia de los mundiales femeniles es de manufactura mexicana. Lo firmó Mónica Ocampo, la mediocampista que nació hace 39 años en Tehuixtla, una localidad del municipio de Jojutla, en el estado de Morelos, conocida porque es la sede de Jardines de México, un parque temático de jardines florales considerado uno de los más grandes del mundo, y por su cercanía con el famoso lago de Tequesquitengo.
Ahí, cuando Mónica Ocampo Medina era una niña, y el futbol profesional femenil no llegaba ni a promesa, el balón se pateaba en las calles polvorientas y el gol se cantaba cuando rodaba en medio de las piedras que servían de portería. El sol morelense caía a plomo y la tranquilidad del lugar se rompía con los gritos de la chamaquiza entre cuyas piernas la pelota iba y venía.
En esa tierra seca floreció una de las futbolistas más prodigiosas que ha dado México. Dos veces mundialista y también olímpica, figura infaltable en la selección nacional, referente obligado del club Pachuca, con quien conquistó un título del futbol mexicano; pareja y madre dos. Tras 33 años de batallas en el campo colgó los botines y le dijo adiós a las canchas.
La nieta de doña Aurelia
El cuatro de enero de 1987, Leonor Medina Pedrosa dio a la luz a la única mujer de los cinco hijos que procreó con Raúl Ocampo Velasco. Y entre varones se viera porque en Tehuixtla hay dos cosas seguras, el río Amacuzac que atraviesa el pueblo, y futbol, el deporte más universal que le traspasó la vida a Mónica Ocampo.
“El recuerdo de mi infancia es muy bonito. Después de llegar a casa terminaba mi tarea y salía con mis amigos a jugar a las escondidas, quemados, al trompo, con los carritos y futbol. En ese entonces un equipo al que seguía mucho por televisión era el Toluca, así que durante los partidos con mis amigos en la cuadra y en el deportivo del pueblo siempre decía que yo era José Saturnino Cardozo, delantero multicampeón y goleador del futbol mexicano”, recuerda.
Los fines de semana no había espacio para algo más que el ritual de ver a sus hermanos rifarse el cuerpo y el alma en los partidos dominicales. Ni a ellos ni su madre les pasó nunca por la cabeza hacerla a un lado por ser mujer. A esa chiquita de piel morena y pelito lacio muy negro había que motivarla, tomarla de la manita para hacerla amiga del futbol.
Su abuelita Aurelia no se quedó atrás. Cada cuatro de enero le regalaba un balón. Y los días seis, ella era la reina maga que le obsequiaba otro. Su “Mamá Weya” no entendía de futbol ni porqué todos los infantes corrían detrás de una bola, pero sí pensaba que cada quien debería tener la suya, por eso a Moniquita le regaló tantas.
Tenía seis años la niña y ya estaba en su primer equipo mixto en una de las ligas de Tehuixtla. Común, como era en ese entonces, una de las pocas registradas era ella. Desde sus primeros pasos en el futbol Ocampo enseñó que estaba llena de cualidades. De perfil zurdo, y siempre en una posición de medio campo hacia adelante, conducía el balón pegado al pie; era muy ágil y rápida, con un gran golpeo, tanto para asistir como en su capacidad de definición.
“Cuando entré a jugar con los niños le platiqué a ‘Mamá Weya’ que iba a jugar una final y me acompañó. Ella ya no veía, pero uno de mis tíos le comentó que por cada gol que yo metiera iban a aventar un cuete. Cuando acabó el partido mi abuelita dijo que sólo escuchó ocho cuetes y le explicaron que su nieta había seguido metiendo goles, pero se acabaron los cuetes. Ella también fue fundamental para mí”, narra Mónica.
Por esos tiempos, el único en la familia que creía que el futbol no era para niñas era don Raúl Ocampo. Esposa e hijos le ocultaron en qué andaba la Moni. Él, un trailero que por sus viajes siempre estaba lejos de casa, ni enterado estaba hasta que un día se les cayó el teatro.
“El compadre de mi papá era el entrenador del equipo y un día se encontraron en la iglesia y se le ocurrió decirle: ‘¡Qué bueno que estás en el pueblo porque hoy es la final donde jugará Moni!’. Mi papá nos puso la regañada de la vida a mis hermanos, mamá y a mí, se preocupó al saber que jugaba con niños. Pensó que podían lastimarme.
Le dijeron que yo era muy buena jugando y que me tenía que ir a ver para que comprendiera lo que estaba logrando. Fue, ganamos la final y a partir de ahí siempre me apoyó y cada que estaba en el pueblo iba a verme jugar. Incluso después la familia, mis primos y tíos, bromeaban con él porque no le gusta el futbol, así que nunca lo practicó. Le preguntaban que entonces de dónde yo había heredado el talento.
Durante esa etapa del futbol mixto sus compañeros de equipo siempre la trataron como a una igual, fueron sus cómplices y desde el inicio recibida con los brazos abiertos. Le crueldad llegó por parte de los padres y madres de los niños de equipos rivales quienes sin piedad y a gritos la mandaron a barrer su casa o hacer labores de cocina.
Esos insultos la lastimaron y desalentaron, no comprendía cómo personas adultas podían atacar a una niña. Se volvió cosa de todos los días que saliera de los partidos bañada en llanto. “No los escuches, juegas muy bien; dedícate a eso y que lo de afuera no te importe”, se repitó una y otra vez. A la distancia piensa en esos episodios como aprendizajes tempranos. Permanecer en la cancha ya era una victoria.
Cuando cumplió 13 años jugó en su primer equipo femenil, con el representativo de su escuela, la secundaria José Vasconcelos. La primera posibilidad de un título regional llegó en la final que disputó en la capital Cuernavaca contra el Internado Palmira. El partido terminó 4-3 en contra de su equipo. Pese a la derrota ella brilló, se echó a sus compañeras al hombro y anotó los tres goles.
Su actuación no pasó desapercibida para el entrenador rival, quien no dudó en extenderle la invitación para que fuera refuerzo del Internado Palmira que competiría en un torneo nacional. Ocampo dudó, pues eso implicaba cambiarse de secundaria a falta de tres meses para concluir el primer grado. Motivada por su familia terminó por aceptar.
Esa decisión trajo consigo algo que hasta ese momento no había experimentado a su corta edad, alejarse de su familia. Sufrió en un principio por salir de su lugar de origen por primera vez. Las lágrimas se apoderaban de ella e imploraba su regreso a casa. Sus compañeras la arroparon, la llenaron de las palabras precisas y le dejaron saber lo fundamental de su presencia para destacar en el torneo.
Comienza el legado
Aquella competencia maravilló a Ocampo. Ahí tuvo la certeza de que existía un espacio para las mujeres que querían jugar futbol. El Palmira quedó en segundo lugar a nivel nacional, jugó la final en el Estadio Azteca y fue la campeona de goleo. Ya no recuerda la cifra, pero sí la distinción. Esa experiencia le permitió descubrir que el futbol femenil podía ocupar los mismos escenarios simbólicos que el varonil. Y pensó que, quizá, podía convertirse en jugadora profesional.
Una vez más su desempeño en el terreno de juego trajo consigo una consecuencia natural: Leonardo Cuéllar, el entonces seleccionado nacional, la convocó a la Selección Mexicana Sub-15. Ella, con 13 años, aceptó.
“Hacía tiempo que mi familia y yo nos habíamos cambiado del centro de Tehuixtla a las afueras, en la colonia La Azuchilera. En esa casa no teníamos teléfono, así que para recibir las invitaciones para jugar dábamos el número de un tío que siempre iba a avisarme. A veces no había para los pasajes de autobús a la Ciudad de México y siempre se terminaba juntando con el apoyo de otras personas.
En algún momento mi hermano mayor terminó la preparatoria y decidió irse de mojado a California, Estados Unidos, y cuando comenzó a trabajar allá mandó dinero para apoyarme. Fue una etapa de mucho sacrificio y todo ese esfuerzo lo valoro. Al final no los defraudé y siempre di lo mejor de mí.
En esa primera concentración convivió con las futbolistas de la selección mayor, entre ellas Evelyn López, Patricia Pérez, Iris Mora, Fátima Leyva y Maribel Domínguez. Todas ellas las pioneras que le dieron continuidad a los cimientos que en la década de los setenta pusieron jugadoras como Esther Mora, Alicia “La Pelé” Vargas, María Eugenia Rubio, Silvia Zaragoza y Martha Coronado, entre otras.
Ese acercamiento le permitió darse cuenta de que, aunque no había una liga profesional de futbol femenil en México, sí la había en otros países, como Estados Unidos, ya que algunas de las seleccionadas jugaban allá becadas para estudiar en la universidad,o bien, recibían un salario.
Ocampo se convirtió en una jugadora infaltable en cada convocatoria y en pieza clave en el equipo de Cuéllar. En 2006 participó en el Mundial Sub-20 y fue reconocida por la FIFA como una de las 20 mejores futbolistas del orbe. Cuatro años después jugó con el Atlanta Beat de la Women’s Professional Soccer (WPS), la liga profesional de Estados Unidos que fue el antecedente de la National Women’s Soccer League (NWSL). En 2012 jugó con el Sky Blue FC de Nueva Jersey.
“Ese momento fue uno de los más complicados a nivel personal porque nunca me había ido tan lejos de mi familia. Afortunadamente esa situación se compensó con la parte económica. En cuanto yo recibía mi quincena gran parte se la mandaba a mi mamá, a mi familia, traté de retribuir un poco todo lo que me dieron. Me quedaba con el dinero indispensable para vivir ahí”, dice.
Entonces llegó 2011, cuando disputó su primera Copa del Mundo con la selección mayor, en Alemania. En ese certamen escribió su nombre en la historia del balompié internacional. El primer gol que marcó, sin saberlo en ese momento, años después, en 2019, fue elegido mediante una votación de la afición y especialistas convocada por la FIFA, como el Mejor Gol en la historia de los Mundiales. Ese tanto le dio también el primer punto a México en un Mundial femenil.
México se enfrentó a Inglaterra en el estadio Wolfsburgo. Ese partido representó el regreso del Tricolor femenil a un certamen mundialista luego de 12 años de ausencia. Las inglesas tomaron la ventaja al minuto 21. Pese a ir abajo en el marcador las mexicanas no dejaron de atacar y encontraron su recompensa al 32.
“Recibí el balón en tres cuartos de cancha por parte de Dinora Garza, decepcioné con la zurda, mi pierna más hábil, pero por alguna razón la acomodé después con la derecha. Mi intención era dar un pase porque vi correr a Maribel Domínguez entre la línea defensiva, pero le pegué tan bien que el balón fue a dar al ángulo (derecho de la arquera Karen Bardsley de 1.80 metros de estatura).
“No vi cuando entró porque me taparon la vista las defensas inglesas que estaban altísimas. Me di cuenta de que fue gol por el estallido del público en el estadio y los gritos de mis compañeras. Fue una sensación indescriptible”, rememora Ocampo.
En 2014, regresó a suelo mexicano para incorporarse a una liga semiprofesional femenil con el equipo de las Leonas Morelos y al mismo tiempo fue “talachera”, es decir, le pagaban por jugar en el llano en Iguala, Guerrero. Ahí estuvo cerca de tres años. Ella y otras cinco compañeras viajaban cada semana en un automóvil particular para cumplir puntualmente en la talacha.
“A mí me daban dos mil pesos por partido. Además, nos pagaban viáticos y gasolina. Y sacaba un poco más de dinero porque cada juego había personas que se me acercaban y decían que por cada gol que metiera me darían cien pesos. A veces en cada juego anotaba cinco goles”.
Llegó entonces 2017, el año en el que comenzó la Liga MX Femenil. Ahora sí, su crecimiento futbolístico había encontrado un espacio. Hizo nido con la Tuzas del Pachuca tras la invitación de la entrenadora Eva Espejo para integrarse al equipo. Por fin, profesional en México a sus 30 años.
El retiro como tránsito, no como final
La dorsal número 11 disputó su último partido como profesional en la Liga MX Femenil el 11 de enero de este año frente al Querétaro. Saltó al césped como titular, disputó 11 minutos y fue sustituida por Natalia Mauleón.
Con Pachuca, Mónica Ocampo disputó 207 partidos oficiales y anotó 66 goles. Ganó la Copa MX 2017, donde también conquistó el título de goleo (6); una Liga MX Femenil (2025) y un Campeón de Campeonas (2025).
A raíz del premio al Mejor Gol de la historia de los Mundiales, la directiva del club Pachuca bautizó con su nombre un palco del estadio de la capital hidalguense donde juegan las Tuzas. A esta ciudad y al equipo Ocampo le tiene una gratitud enorme. La hizo su hogar.
???? Hace 13 años, Mónica Ocampo escribía historia con este golazo. ??@MiSeleccionFem | #FIFAWWC pic.twitter.com/wfTHpuBjDy — Copa Mundial FIFA ?? (@fifaworldcup_es) June 27, 2024
En Selección Mexicana, además de Alemania 2011, estuvo en la Copas del Mundo Sub-20 de Rusia 2006 y el Mundial Femenil de Canadá 2015 donde jugaron por primera vez 24 países. También ganó el tercer lugar en la Copa de Oro de la Concacaf de Estados Unidos 2006, así como las medallas de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2014 y 2018. Goles, victorias y trofeos son parte de la historia de Ocampo que compartió con episodios dolorosos y de dudas.
“Hay momentos que como mamá futbolista fueron difíciles. El primero fue cuando me fui a Estados Unidos y me alejé de mis dos hijos —en ese momento de dos y cuatros años—, así como de mi pareja. En aquellos años no era como ahora que puedes pedir al club que te permita llevar a tu familia contigo. Afortunadamente mi familia siempre me apoyó, pero la pasé mal. Me hicieron falta. Por eso cuando llegué a Pachuca pedí estar con ellos, tenerlos cerca.
El segundo momento ocurrió en 2020, en época de la pandemia. Pasé tres veces por el quirófano. Primero por una sutura de menisco de la rodilla derecha; realicé la rehabilitación de manera adecuada, desafortunadamente tras un par de meses de recuperación me resbalé en unas pruebas y caí mal. De nuevo a operación para quitarme parte del menisco. La tercera fue para limpieza porque la rodilla se estaba infectando. Mentalmente estuve bloqueada, pensé en tirar la toalla, retirarme. Pero mi familia, fisioterapeutas, doctores y la psicóloga del club me ayudaron a quitarme esos fantasmas.
El adiós a las canchas es nomás como jugadora. Sus nuevas funciones estarán en el cuerpo técnico, por ahora es la segunda auxiliar de Óscar Torres. Aun en activo, en mayo de 2024, Ocampo terminó el curso como entrenadora. Su objetivo es convertirse en algún día en la directora técnica del primer equipo de las Tuzas, pasando primero por las categorías menores, para darle más gloria a ese club.
Más allá de sus goles y éxitos, su legado es haber abierto la brecha para decenas de niñas para que jugar futbol no sea un gesto de rebeldía aislada sino un derecho que se ejerza todos los días. Esa transformación es el título más importante que ganó Mónica Ocampo.