Jazz

A Love Electric y el ruido del presente: entre máquinas, jazz y resistencia

Entre el jazz, el rock y la improvisación, A Love Electric lleva más de 15 años desafiando etiquetas. Su nuevo disco, Man and Machine, reflexiona sobre el impacto de la tecnología en las relaciones humanas y reivindica a la música como un espacio de resistencia, escucha y comunidad.
miércoles, 20 de mayo de 2026 · 07:40

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La primera vez que Todd Clouser llegó a México no venía buscando un movimiento musical ni una revolución estética. Venía, simplemente, detrás de un arte sonoro. Hace casi dos décadas dejó Minneapolis para trabajar como maestro de música en Los Cabos, sin embargo, aquel traslado terminó por abrirle una puerta mucho más profunda, descubrir un país donde el jazz, la improvisación, el rock y las tradiciones populares convivían lejos de las etiquetas rígidas de la industria.

De esa exploración nació A Love Electric, el proyecto que encabeza junto a los músicos mexicanos Aarón Cruz y Jorge Servín, una banda que durante más de 15 años ha recorrido sitios dentro y fuera del país sin responder del todo a una sola definición.

“Es una banda rockera, psicodélica, pero que nació de la escena de jazz aquí. Nace de ese espíritu de libertad creativa, de siempre estar renovando la banda y rechazar la idea de permanecer inmóvil”, explica Clouser en entrevista con Proceso.

Clouser.
Fotografía: Montserrat López. 

La historia del grupo también es la de un músico estadounidense que terminó encontrando en México una forma distinta de entender la creación artística. Cuando comenzó a colaborar con músicos de la Ciudad de México —entre ellos el baterista Hernán Hecht y el contrabajista Aarón Cruz—, Clouser descubrió un sitio que desconocía por completo; jazzistas experimentales, músicos de improvisación y espacios donde la expresión sonora parecía escapar de las lógicas comerciales dominantes.

“Yo era muy ingenuo sobre la cultura musical que existía en México, el nivel de música, la tradición de jazz y experimentación. Me fascinó”, señala.

Eso lo llevó a tener una vida itinerante. Durante años la banda tocó cerca de 200 noches por año en distintas regiones del país. De Tijuana a Chiapas, de Oaxaca a Guerrero, el grupo construyó una red de colaboraciones que terminó por definir su identidad artística.

Clouser habla constantemente de comunidad como una palabra para describir a la banda, pero también como una forma concreta de sobrevivir fuera de la industria tradicional. En lugar de depender de managers, A Love Electric construyó vínculos directos con músicos y espacios alrededor del mundo.

Esa búsqueda llevó a la agrupación a convivir con pueblos indígenas mexicanas y con expresiones musicales alejadas del circuito dominante. En Guerrero y Oaxaca, Clouser encontró otra manera de entender el sentido colectivo de la música. Habla con admiración de las fiestas comunitarias, de niños tocando trompeta durante horas y de culturas donde el acto musical no existe para alimentar plataformas digitales ni algoritmos, sino porque forma parte esencial de la vida cotidiana.

Esa experiencia terminó por impactar no sólo las composiciones del grupo, sino también su mirada política. Aunque Clouser evita definirse como un músico militante, reconoce que, en tiempos donde la lógica comercial domina buena parte de la industria cultural, simplemente sostener un proyecto independiente puede convertirse en un acto de rebeldía.

“Quizá muchos artistas ahora, sólo por seguir haciendo lo que quieren hacer de forma honesta, ya están haciendo un acto de rebeldía porque nuestra sociedad en gran medida no está construida para apoyar ese tipo de visión”, reflexiona.

La conversación desemboca en el contexto social y político que conecta a México y Estados Unidos. Clouser habla desde una posición compleja, la de alguien que nació en Minneapolis, pero que ha vivido gran parte de su vida adulta en México. Desde ahí recuerda cómo hechos como la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa modificaron su percepción sobre la violencia estructural y la injusticia. Años después, observar episodios recientes vinculados a la violencia y las tensiones sociales en Estados Unidos le produjo una sensación similar.

“Pasé por todos los sentimientos: coraje, rabia, tristeza. La sensación de injusticia y de no saber cómo enfrentarlo”, comenta.

En medio de ese panorama, insiste en que la música todavía puede funcionar como un puente. No como una solución absoluta, aunque sí como un espacio donde la gente puede detenerse a escuchar.

“Hay tanto ruido ahora que muchos estamos cansados y distraídos. La música puede ser un pretexto para escucharnos”.

A Love Electric se mantiene en movimiento constante. Tocan en festivales europeos, en pequeños bares, en plazas públicas o en comunidades donde nadie conoce previamente a la agrupación. Clouser disfruta esa incertidumbre de llegar a un sitio donde el público no sabe qué va a escuchar y construir la conexión en tiempo real.

“Los tres tenemos esa inquietud de no permitirnos hacer la misma cosa una y otra vez. Nadie nos va a decir qué hacer. Incluyéndonos a nosotros mismos”.

La agrupación presentó el 13 de marzo último Man and Machine, un álbum de ocho canciones que funciona como una reflexión sobre la relación entre humanidad y tecnología, así como una mirada hacia la forma en que las personas se comunican —o dejan de hacerlo— en medio del ruido contemporáneo. Lejos de construir un discurso apocalíptico sobre la inteligencia artificial, el disco busca observar las contradicciones del presente.

“Al principio la reacción más fácil era pensar todo de manera negativa. Luego me puse a pensar que quizá es más importante considerar esta relación entre hombre y máquina. La parte interesante para mí es no sólo ver los momentos peligrosos, sino también los de esperanza”.

La canción que da nombre al álbum funciona como el “ancla conceptual” de la obra. Para el músico, ahí se concentra la identidad actual de la banda, un grupo que observa con curiosidad y desconfianza el avance tecnológico, pero que tampoco pretende posicionarse desde una condena absoluta. Más bien, busca preguntar dónde termina la herramienta y dónde comienza el riesgo.