Cultura
Luisa Reyes Retana sumerge al río Usumacinta en una novela sobre ecocidio y resistencia
La escritora y abogada mexicana publica “Mal de río” (Random House), obra donde la defensa del territorio se convierte en una batalla íntima contra la culpa, el miedo y la memoria, mediante la historia de Príamo Zepeda, un activista marcado por la lucha ambiental en el sureste mexicano.CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– El río Usumacinta, una de las regiones más biodiversas y simbólicas de Mesoamérica, es llevado a una novela con el título Mal de río, escrita por Luisa Reyes Retana (Ciudad de México, 1979), donde se sigue la historia de Príamo Zepeda, un hombre marcado por la pérdida, la lucha ambiental y el desgaste emocional de resistir contra proyectos hidroeléctricos que amenazan con transformar irreversiblemente su mundo.
Mediante una prosa intensa, cruda y profundamente literaria, el libro, editado por Random House, retrata cómo la defensa del territorio se convierte también en una batalla íntima: contra la culpa, el miedo, la derrota y la memoria.
Reyes Retana, quien estudió derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, explica en entrevista por teléfono desde Hamburgo, Alemania, donde reside, que creó dicha trama debido a su preocupación por el ecocidio y cómo la defensa del territorio se convierte también en una batalla íntima: contra la culpa, el miedo, la derrota y la memoria.
Especifica:
Los glaciares se derriten y se extinguen muchísimas especies. Se incrementa el calor y el frío. Nos estamos acabando lo que hasta este momento hemos entendido como recursos, sin entender que lo que llamamos recursos también está vivo y participa en la complejidad de la vida, y nos sentimos solos en este planeta. La realidad, creo, nos está alcanzando y no contamos con un sistema jurídico capaz de proteger los ecosistemas que sostienen la vida, y ese era un poco lo que deseaba abordar en Mal de río, y desarrollo personajes muy complejos.
El Usumacinta, con aproximadamente mil kilómetros, es el río más caudaloso y extenso de México y Centroamérica sirviendo como frontera natural entre Guatemala y México. La cuenca es compartida principalmente por Guatemala (58%) y México (42%), abarcando Chiapas, Tabasco y Campeche. Históricamente funcionó como una vasta red de comunicación para la civilización maya.
El río atraviesa la Selva Lacandona y termina en la zona de humedades de los Pantanos de Centla, una reserva de la biosfera de gran importancia en Mesoamérica. Y ese territorio, como se muestra en el nuevo volumen, se enfrenta a intereses económicos y políticos, y pone en el centro una de las heridas más profundas del México contemporáneo: la devastación del espacio y sus consecuencias humanas.
De acuerdo con la información oficial de Penguin Libros, Mal de río se inscribe dentro de una literatura que cuestiona el progreso impuesto y pone en evidencia las consecuencias del ecocidio, no desde el discurso técnico, sino desde la experiencia humana, emocional y cotidiana. La novela dialoga con problemáticas actuales como la defensa del agua, territorio, derechos comunitarios y la memoria de quienes han sido silenciados.
Se le comenta a la escritora que, como abogada, más que una historia de denuncia, expone el dolor colectivo y personal que deja el despojo, y pone al Usumacinta no únicamente como escenario, sino un personaje vivo, herido y condenado, cuya suerte corre en paralelo a la de quienes han decidido defenderlo. En este relato, la lucha ambiental se entrelaza con la violencia del crimen organizado, la corrupción política y la fragilidad de las comunidades rurales ante un sistema que avanza sin escuchar.
La autora responde:
“Mis dos vocaciones, de abogada y escritora, se juntan de una manera en la que no me esperaba. Desde que me dedico a escribir, de alguna manera sentí cercenado el derecho de mi vida, más allá de lo que me enseñó la carrera, a pensar de cierta manera más o menos procesal. Trabajé como secretaria de estudio y cuenta en la Suprema Corte de Justicia. Entonces, me dediqué mucho tiempo a narrar hechos, a vincularlos a consecuencias, en fin…
La verdad es que aprendí mucho sobre narrar historias en la Corte, y desde que escribo tenía la sensación de que no había logrado trenzar mis dos amores. En este libro lo intenté, y me gustó, lo disfruté. Creo que hay mucho que explorar en este territorio.
–¿Por qué escogió el sureste de México? ¿El río Usumacinta? Es decir, ¿cómo se fue situando el lugar en su novela?
–Fui por primera vez a esa región acompañando a unos artistas, Sandra Rozental, Emilio Chapela y Eduardo Abaroa, quienes estaban desarrollando un proyecto, que por cierto está expuesto en el Museo Amparo, en Puebla. La exposición se llama Estelas del Usumacinta. Yo iba de chismosa con ellos, no tenía ningún proyecto literario todavía, pero me parecía que la región era fascinante, y existía la oportunidad de ir y los acompañé.
“Estando ahí sentí como que el territorio me hablaba al oído y me fascinó la sensación, la experiencia. Después conocí a Pedro Cervantes, quien es un activista que ya murió, en 2020, por fortuna no falleció trágicamente como todos los otros, y él radicaba a orillas del Usumacinta, cerca de Tenosique, y me contó unas historias increíbles, como que había estado en la defensa del río por alrededor de 30 años y que distintos gobiernos y en varias épocas habían intentado poner presas en el Usumacinta, y nunca llegaron a consolidarse. Y todo eso me pareció muy interesante”.
El activista –cuenta la autora– le prestó toda su investigación:
“Poseía, demandas, cartas, notas de periódicos, muchísima información, y me la traje conmigo hasta Berlín, y me puse a estudiar todo. Y dije: ‘Aquí hay una historia’. Estuve en comunicación con Pedro, regresé al Usumacinta, entrevisté a un montón de gente de la región, y seguía con este equipo de artistas, quienes me enseñaron muchísimo, una antropóloga y dos artistas visuales muy geniales. Así es como me acerqué de lleno al lugar y la historia se me narró”.
La exposición Estelas del Usumacinta estará abierta al público hasta el próximo 30 de marzo. Mediante videos, fotografías, esculturas, materiales de archivo y piezas de la Colección de Arte Prehispánico del Museo Amparo, esta muestra se pregunta por las posibilidades de reconciliación del río con aquello de lo que se le ha separado.
También fundadora de Sicomaro Ediciones, Reyes Retana rememora:
En la pasada Feria Internacional de Libro de Guadalajara, donde presenté este libro, estuvo Gabi Martínez, un escritor español muy connotado, que se dedica a la liternatura, a toda esta literatura que trata temas de la naturaleza, y me dijo: ‘Luisa, a mí me dio la impresión de que escribiste este libro en un estado de gracia’. Y pensé: ‘¡Qué halagador!’, pero en realidad no comprendí muy bien la frase en ese momento. Luego lo estuve pensando y es cierto. Yo fungí como una especie de sintonizador de una historia que ya estaba ahí. La historia yo la caché a tiempo y la narré a tiempo, y fui un vehículo que creo que funcionó para que la narración llegara al papel y del papel a los lectores. Yo estaba cuando la historia se manifestó y esa es la razón por la que pude expresarla.
–¿El personaje Príamo Zepada es Pedro Cervantes?
–Príamo es una mezcla de varios activistas que conocí. De varias personas que causaron una profunda impresión en mí.
-Otro personaje, Marcia Corona, es quien defiende a la empresa constructora que busca instalar un sistema de represas en el río.
–Sí, litiga con astucia para conseguir la promoción que le fue prometida a cambio de la victoria, pero su empleador la traiciona y, en lugar del ascenso, la despide.
Para la autora igual de la novela Arde Josefina, crear una ficción con conflictos ambientales, sociales, ecológicos y políticos es una gran responsabilidad.
“Siento que aprovecho el foro de los lectores –explica–, que somos gente que nos gusta pensar y nos gusta que nos pongan historias que nos confronten, que resulten un desafío para nuestra forma de vida. Los lectores estamos abiertos a pensar cosas nuevas, y eso es muy fascinante. Yo aprovecho un poco el foro para hablar sobre las preocupaciones que tengo y las que hallé en el sureste mexicano, y aprovecho además para hacer perfiles de personajes profundos, que tengan muchas capas.
“Nunca litigué como Marcia Corona, me acuerdo mucho del ambiente muy hostil, en el que las mujeres eran por lo menos piezas, como moneda de cambio. Había algo como medio sexualizado permanentemente, muy complicado. Y había esta cosa transaccional del derecho corporativo que es una pérdida del sentido de justicia trágica y que me parece que reflejan un montón de aspectos de la vida jurídica de nuestro país. Intento que el río tenga la voz, sea parte como del entramado narrativo. Y, por supuesto, no queremos ya infantilizar a la naturaleza: ponerle ojitos, piernitas y bracitos para comprender que está viva. Mas la forma en la que vive no la hemos aprendido a leer. Esa es un poco mi conclusión”.
Para Luisa Reyes, “no podemos entender que el río, la selva, los animales, la montaña, y todo lo que corre en relación, está vivo. Nos cuesta trabajo entender que esta vida es más compleja, más sofisticada, más que humana para usar la expresión precisa”.