Donald Trump

De políticos mancos y guerras ambidiestras

No sé si Donald Trump pueda recuperar popularidad antes de los comicios de noviembre. Me inclino a pensar que no la suficiente, y por ende creo que recurrirá a otras tretas para salvar el obstáculo.
miércoles, 3 de junio de 2026 · 05:00

Hace muchos años escribí un ensayito en el que criticaba a los que llamé “políticos mancos”. Me refería a quienes ejercen el poder con una sola mano, la izquierda o la derecha; es decir, con suavidad y negociación invariables o con dureza e intransigencia perpetuas. Argumentaba ahí, si mi memoria no me traiciona, que es malo ese desequilibrio o, mejor dicho, esa falta de versatilidad. Los buenos políticos saben cuándo conviene usar una u otra mano, lo cual varía con las circunstancias. Los malos sólo saben ceder siempre o golpear siempre. Y desde luego, los peores son los golpeadores compulsivos. No sólo se vuelven predecibles, también se ganan enemigos innecesarios y a menudo echan a perder sus proyectos por su obsesión de imponerlos a rajatabla. Leyeron mal a Maquiavelo, quien no aconsejó a los príncipes ser sólo temidos, sino también ser queridos y respetados.

Los dirigentes populistas tienden a amputarse la mano izquierda. La mayoría de ellos son rijosos por temperamento y, por ello, se acomodan con facilidad en su papel. Y es que el populismo presupone un pleito interminable con todos aquellos que no se someten a su voluntad y con las élites, que son su pluma de vomitar. Pleito, digo, no debate. El manual populista los instruye a ser ofensivos e injuriosos con sus enemigos, pues su base social está enojada y deben actuar en consecuencia. El discurso de odio moviliza, da votos. Si no están enojados, lo cual es inusual, tienen que ponerse el disfraz de pandilleros y embestir navaja en ristre a los “elitistas”. Pero insisto, lo más común es que quien encabeza el movimiento sea pendenciero por naturaleza.

Cohn, abogado y mentor de Trump. Foto: Especial

Escribo esto a propósito de los lances más recientes del presidente de Estados Unidos. Donald Trump es un ferviente seguidor de la tesis del hombre fuerte, el madman, el bully que debe provocar pánico en los demás. Entiendo que se lo enseñó su padre, porque él mismo lo ha dicho, aunque creo que lo aprendió más puntualmente de Roy Cohn, su abogado y mentor de sus inicios como empresario. Lo cierto es que, además, trae la intemperancia de fábrica. Vamos, si el populismo buscara el talante ideal para jefaturarlo sería el suyo. El problema es que eso lo hace políticamente manco y por tanto ineficaz en algunas coyunturas. Lo estamos viendo ahora, en los problemas que derivaron de su guerra contra Irán. Se ha peleado con todos. Son pleitos inútiles, a todas luces contraproducentes, pero no puede evitarlos. Es un instinto aprendido e irrefrenable. No se trata sólo de amedrentar a sus potenciales interlocutores o rivales: si alguien que no tiene por qué ser su contrincante le hace una crítica sutil él está obligado a darle un puñetazo. Es dogma.

Uno pensaría que los caudillos populistas tendrían la sensatez de moderar su agresividad cuando les resta electores. Y sí, algunos se contienen en esas situaciones, pero otros sonincapaces de hacerlo. Era, tal vez en menor medida, el caso de López Obrador, y es notoriamente el de Trump, quien no tolera verse débil. No está equipado para tratar con personas que no le tienen miedo. Debe, pues, “atacar, atacar y atacar”, como le aconsejaba Cohn. En especial, la polémica con el primer papa estadunidense, León XIV, es sumamente perjudicial para un presidente de Estados Unidos. Responder el llamado a la paz del líder espiritual de 60 millones de católicos de aquel país con una invectiva absurda, y añadir otra del vicepresidente Vance, es una receta para perder apoyo electoral. No sólo de quienes profesan el catolicismo, también de otros cristianos que resintieron la rudeza innecesaria.

Pero vayamos a un tema menos obvio, el de los intentos de terminar la aventura bélica iraní, que le ha alienado a muchos de sus seguidores. El mensaje que puso en Truth Social, en pleno Domingo de Resurrección, fue previsiblemente trumpiano: si no se rinden voy a destruir su civilización. En su lógica, eso aterraría al muevo ayatola y lo llevaría a la mesa de rendición. Si Irán no se había ablandado con los bombardeos, esta amenaza lo ablandaría. Seguramente sus estrategas y mandos militares, probablemente los más avezados del mundo, le advirtieron que los gobernantes de la antigua Persia no se iban a rendir fácilmente, que una vez terminada la etapa fácil de destrucción de su infraestructura y armamento, ya sin nada que perder, iban a resistir con la Guardia Revolucionaria, y que estarían incluso dispuestos a propiciar una invasión terrestre para entrampar al gobierno estadunidense de cara a las elecciones de medio término. Fue inútil; el instinto derrotó a la racionalidad.

Todas las encuestas muestran que Donald Trump ha perdido aprobación. No iniciar guerras fue una de sus principales promesas de campaña y es punto central del ideario de MAGA, su milicia electoral. Sus principales ideólogos le han dado la espalda. Pero nada de eso es más fuerte que su pulsión de ser un líder de hierro, implacable, el que doblega a todo el que se le ponga enfrente. Detener las hostilidades sin algo que le permita alardear un triunfo avasallante parece imposible. Al momento de escribir estas líneas prevalece un cese al fuego que abre el estrecho de Ormuz; el acuerdo, no obstante, se antoja asaz frágil. Aunque se invente una narrativa para presentarlo como triunfador, pues, difícilmente será sostenible. El lastre dogmático de no usar jamás la mano izquierda, de golpear y escarmentar sistemáticamente, hizo la decisión mucho más costosa de lo que pudo ser. Su atrofiada mano izquierda pudo haber impedido las muertes, el despilfarro de dinero y, sobre todo, su impopularidad.

López Obrador. Caudillaje y populismo. Foto: Eduardo Miranda 

La flexibilidad, la capacidad de otear el horizonte y virar cuando el camino lo exige, es fundamental en política. Esto, por cierto, no implica dejar de lado los principios, cuando se tienen. Es un asunto que conjunta estrategia y táctica. Y no deja de ser paradójico que un hombre tan escurridizo como Trump, que se mueve intuitivamente y cambia de rumbo cuando su intuición no da resultados, sea tan rígido en lo que toca a su obsesión por la dureza. Y es que, en efecto, una de las razones por las que no piensa mucho antes de actuar es el bajo costo de sus equivocaciones. Los trumpistas le perdonan casi todo, y por eso es tan proclive a ensayar cualquier cosa, por estrafalaria que sea: si le sale el tiro por la culata simplemente toma otro rifle y apunta a otro lado. Esa también es una característica de la mayoría de los adalides populistas, pero en él es más conspicua.

No sé si Donald Trump pueda recuperar popularidad antes de los comicios de noviembre. Me inclino a pensar que no la suficiente, y por ende creo que recurrirá a otras tretas para salvar el obstáculo. Si los republicanos llegaran a perder las dos Cámaras el juicio político sería inevitable. Así que apuesto doble contra sencillo a que se vendrán esfuerzos mayores a los que hemos presenciado para limitar el voto con requisitos inalcanzables para muchos electores demócratas, hacer redistritaciones en estados rojos y quizás hasta algún intento de suspender las elecciones. Es más, desgraciadamente no me sorprendería que hubiera alguna acción unilateral contra el narco en territorio mexicano para lograr un golpe que le redituara puntos. Cuando se ve acorralado, un hombre que asume que procurar algo por las buenas es signo de debilidad es capaz de todo. De todo lo que pueda hacer con su mano derecha, claro está. Porque curiosamente Trump, el golfista, es incapaz de comprender que a menudo la política es como el golf: gana el que menos golpes da.