Opinión

"Magnifica Humanitas", lucidez y contradicción

La fe cristiana es inseparable del tiempo apocalíptico que, dice san Pablo, inició con la resurrección de Cristo y desde entonces se compacta hasta que el mal se ponga en el lugar de Dios.
miércoles, 10 de junio de 2026 · 09:57

Desde la promulgación en 1891 de la encíclica Rerum Novarum (“De las cosas nuevas”), con la que León XIII fundó la doctrina social de la Iglesia, hasta Magnifica Humanitas (“Magnífica Humanidad”) de León XIV en 2026, no ha habido otra que encare con tanta lucidez los problemas que desde entonces se ciernen sobre el mundo. La primera se refiere a los profundos estragos sociales y humanos provocados por el capitalismo y el industrialismo; la segunda, a los que trae consigo la emergencia de la digitalidad, la IA y el transhumanismo. Hay que felicitarse por ello. Su clarividencia, enclavada en el Evangelio, es siempre una hendidura en medio de la oscuridad del mundo.

La encíclica responde a la que quizá fue la misma pregunta que 135 años atrás León XIII se hizo antes de escribir la suya —¿qué tipo de humanidad se está construyendo con los nuevos poderes tecnológicos?—. Para ello recurre a dos imágenes bíblicas que recuerdan los planteamientos de La ciudad de Dios de san Agustín: la torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén realizada por Nehemías junto con una parte de su pueblo después del exilio babilónico. Babel representa el proyecto humano (la ciudad terrena) guiado por la autosuficiencia y el deseo de alcanzar la perfección a través del sometimiento y la homogenización de la vida mediante poderes tecnógenos. Jerusalén (la ciudad de Dios) simboliza una reconstrucción paciente, comunitaria y orientada por Dios, en la que cada persona asume una parte de la responsabilidad. Así, la disyuntiva es decidir si las nuevas tecnologías serán usadas, mediante controles y límites, para levantar una nueva Babel o para reconstruir un mundo justo y habitable para todos.

La disyuntiva es clara; no lo es menos la crítica a la deshumanización que las nuevas tecnologías producen. El problema, sin embargo, radica en varias preguntas que ni la Rerum Novarum ni la Magnifica Humanitas se hacen: ¿puede evangelizarse al diablo? (Marx, antes de la Rerum Novarum, intentó moralizar el capitalismo de la era industrial y terminó en la monstruosidad estalinista) ¿No el género de mal que los desarrollos tecnológicos han producido desde la revolución industrial y la revolución digital y transhumanista nació de la propia entraña de la Iglesia? ¿No ese género de mal forma parte de la teología escatológica de la Iglesia que tiene como base tanto los discursos apocalípticos de Jesús sobre su retorno (la parusía) como la segunda carta de san Pablo a los tesalonicenses y el propio Apocalipsis de Juan al que la encíclica alude tímidamente?

Illich. Crítica radical a las instituciones modernas. Foto: ivanillich.org.

Las preguntas son incómodas y escandalosas. Las hago y las respondo de manera suscinta a causa del espacio como hijo de la Iglesia y hombre de fe. Parte de este argumento lo utilicé en un reciente artículo, “La perversión de Morena”.

Toda la historia de Occidente es inseparable de tres nociones que nacieron con el judeocristianismo: el prójimo —mi prójimo es cualquiera—, el agape —hay que amarlo sin condiciones— y el retorno de Cristo (la parusía) que hará posible la plenitud del reino del amor donde los muertos resucitarán y ya no habrá más dolor ni muerte.

Según Iván Illich (un gran teólogo, que desde el siglo pasado vio de manera más profunda lo que la Magnífica Humanitas encara —toda su obra histórico filosófica es una demostración de ello—), en la idea cristiana de que hay que salvar al hombre no sólo de la condenación eterna, sino de todas las necesidades que el pecado trajo consigo —la pobreza, la enfermedad, la ignorancia, el sufrimiento y la muerte—, se encerraba un género de mal desconocido hasta entonces. Lo que en el Evangelio es un acto de libertad, ilustrado por la parábola del Buen Samaritano que va en ayuda de un enemigo herido, se transformó, con el reconocimiento del imperio romano a la Iglesia en el siglo IV, en una obligación institucional. Así, la Iglesia, al lado del Imperio, comenzó a oficializar ese amor y a sentar las bases de lo que son las sociedades modernas de servicio —hospitales, orfanatos, casas para pobres, recintos educativos, etc.—. Desde entonces, todos los descubrimientos y desarrollos de Occidente, aun después de haber hecho a un lado a la Iglesia, llevan esa impronta. Su existencia es inconcebible sin esa vocación profundamente cristiana de crear instituciones y desarrollos para atender todo tipo de necesidades que al final del tiempo y de la historia permitirán a la Jerusalén terrestre acoger la parusía, el mundo de justicia, paz y dicha prometido.

Es allí, sin embargo, en esa bondad, que Illich define como la “corrupción del Evangelio”, donde radica el nuevo mal: al institucionalizarse el amor la personal y gratuita libertad de elegir quién es mi prójimo, se transformó en el uso del poder y el dinero para atender todo tipo de necesidades. Esto no sólo sustrajo el vínculo libre y personal del amor que llegó al mundo con el Evangelio, sino que creó una idea impersonal de cómo debe funcionar una buena sociedad; creó así, en nombre del amor, la igualdad y la justica, las llamadas sociedades de servicio vueltas mercancías que lejos de liberar crean dependencia, destruyen la autonomía, trastocan nuestras percepciones y generan desigualdad, competitividad y violencia. Son el reverso de la caridad, su rostro demoniaco.

En este sentido, los horrores que describe la Magnifica Humanitas, lejos de ser la expresión de Babel, son las consecuencias de la Jerusalén terrestre que prefigura la celeste en la que, dice la tradición, habitaremos un cuerpo glorioso e incorruptible, ajeno a la enfermedad, la vejez y la muerte. Son, en la bondad de la que emanan, el rostro pervertido de una caridad que al institucionalizarse perdió la proporción, la solidaridad, los límites humanos y además de desencarnarnos, de hibridarnos de manera tecnógena, nadie podrá detener. Es, dice la teología escatológica, el tiempo del fin, un tiempo apocalíptico que la encíclica intenta inútilmente suavizar.

Pese a todo, León XIV, lo sabe. La fe cristiana es inseparable del tiempo apocalíptico que, dice san Pablo, inició con la resurrección de Cristo y desde entonces se compacta hasta que el mal se ponga en el lugar de Dios. En ese momento, escribe el apóstol, “el Señor [lo] destruirá con el resplandor de su venida”: la restauración del amor que corrompimos. Estamos en ese umbral que la encíclica no menciona, pero que tímidamente esboza con la palabra “esperanza”. Quizá, tratando de evangelizar lo inevangelizable y evitar el escándalo, olvidó que Apocalipsis significa en medio del desastre, “revelación”.

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.