España

España exporta su polarización

España vuelve a convertirse en un espacio donde chocan imaginarios, intereses y alianzas internacionales rivales. México forma hoy parte activa de ese conflicto simbólico transatlántico.
martes, 2 de junio de 2026 · 07:03

MADRID/PARÍS.– En julio de 1937 se celebró en Valencia el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Escritores e intelectuales antifascistas, entre los que figuraban Pablo Neruda y un jovencísimo Octavio Paz, se reunieron en plena Guerra Civil para recabar el apoyo de las potencias democráticas a la República española. Bajo las bombas, los ponentes concluyeron: “Juegan hoy, sobre el tapiz español, dos valores absolutos, totales y definitivos: el ser y el no ser. En pocas palabras: la afirmación y la negación del hombre y, por consiguiente, el porvenir del mundo, el porvenir de la cultura”. El encuentro no alteró el curso de la guerra, pero sirvió para que cristalizara la idea de que, como sintetizó Neruda, España era “una causa universal”. 

Casi un siglo después, España vuelve a funcionar como tapiz simbólico sobre el que se proyectan dos perspectivas antagónicas del mundo. Desde fuera no pasa desapercibida la ambición del gobierno de Pedro Sánchez de proyectar la imagen de una España progresista y multilateral, crítica con las guerras en Oriente Medio y defensora del multilateralismo y de una apertura migratoria regulada. Pero fue en la cumbre progresista organizada en Barcelona a mediados de abril en defensa de la democracia, organizada por Sánchez, y a la que asistieron, entre otros, Claudia Sheinbaum y Lula, donde resuenan los ecos del Congreso de 1937. 

Buena parte de la cobertura que la prensa europea y estadunidense dedicó al encuentro de Barcelona se centró en los cálculos políticos internos de Sánchez, incluyendo las presiones derivadas de los escándalos de corrupción que afectan al Partido Socialista. Este escepticismo refleja posiblemente cierta incomodidad ante el hecho de que un país periférico como España intente ocupar un espacio de liderazgo internacional inusualmente ambicioso. Parece ignorarse, al mismo tiempo, que la debilidad interna de un gobierno no impide necesariamente que proyecte influencia exterior cuando existen vacíos de liderazgo más amplios.

Díaz Ayuso en México. Encuentro con la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega. Foto: Graciela López / Cuartoscuro 

El acto en Barcelona coincidió con la movilización en Madrid en torno de la opositora venezolana María Corina Machado, cobijada por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, principal referente de la derecha dura española. Esa misma semana se celebró un ciclo de conferencias organizado por el Foro Madrid y la Fundación Disenso, ambos vinculadas al partido de extrema derecha Vox, sobre “el futuro de las Américas y Europa”. El posterior viaje a México de Ayuso con el fin de “estrechar lazos económicos” era un paso más en la articulación de un imaginario hispánico y antidecolonial que conecta, a la par que rivaliza en el plano simbólico, con la agenda de Estados Unidos en el continente americano. 

Pese a las críticas que recibió Díaz Ayuso, tanto en México como en España, su estrategia internacional merece atención. A primera vista, la presidenta madrileña contribuye a que la disputa simbólica por el significado contemporáneo de la hispanidad atraviese cada vez más la relación entre ambos países. En un sentido más profundo, Madrid se consolida como crisol de redes conservadoras y de extrema derecha europeas y latinoamericanas, muchas de ellas vinculadas al ecosistema ideológico del trumpismo. Un nodo que podría ganar protagonismo a medida que otros referentes de la derecha iliberal europea, como Budapest, pierden centralidad. En este fenómeno resuenan ecos del papel que desempeñó la capital española durante la posguerra europea como punto de encuentro y tránsito hacia América Latina para oficiales alemanes e italianos. Algunas de aquellas conexiones transatlánticas, aunque transformadas políticamente, parecen encontrar hoy nuevas formas de articulación.

Mientras el gobierno de Sánchez regulariza a los migrantes, muchos de ellos latinos, el de Ayuso acoge a las élites conservadoras de países como México y Venezuela. Estas élites que huyen de los gobiernos de izquierda en sus países han encontrado en el Madrid de Ayuso un refugio alternativo, incluso inesperado, al que tradicionalmente representaban los habituales destinos en Estados Unidos. Por mucho tiempo, Madrid, y España en general, carecían del atractivo material y turístico de otros países europeos y no formaban parte del circuito al que viajaban aquellas. Al mismo tiempo, la imagen que tenían de España buena parte de las élites progresistas mexicanas era la que transmitió el exilio republicano: la de un país en el que se quedaron aquellos que estaban dispuestos a vivir bajo la dictadura franquista. Esta imagen dual se ha roto y parece recomponerse de manera invertida: los círculos conservadores descubren un Madrid neoliberal y aspiracional, mucho más grato que el clima hostil asociado al ICE en Estados Unidos; mientras el gobierno de Sheinbaum explora el acercamiento a una España que aspira a liderar la resistencia progresista al trumpismo. 

En esa clave se lee la presencia prevista de Felipe VI en el Mundial de Futbol por invitación expresa de la presidenta mexicana.

Aunque en un contexto incomparablemente menos dramático que el de la Guerra Civil, España vuelve a convertirse en un espacio donde chocan imaginarios, intereses y alianzas internacionales rivales. México forma hoy parte activa de ese conflicto simbólico transatlántico, donde la política española no sólo refleja las fracturas ideológicas contemporáneas, sino que las reformula, las amplifica y vuelve a proyectarlas hacia el exterior.