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La polarización, espejismo de erosión institucional

La discrepancia dejó de ser deliberación y se volvió identidad. La política ya no organiza intereses. Organiza emociones.
lunes, 2 de marzo de 2026 · 08:59

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- México vive un clima de confrontación permanente. La discrepancia dejó de ser deliberación y se volvió identidad. La política ya no organiza intereses. Organiza emociones. El adversario dejó de ser interlocutor. Es enemigo moral.
La erosión institucional no ocurre con tanques. Ocurre con palabras.
Con descalificaciones sistemáticas. Con sospecha constante. Con la idea repetida de que todo árbitro está capturado. El resultado es visible. Confianza pública en descenso. Instituciones cuestionadas antes de actuar. Sentencias desacreditadas antes de leerse. Elecciones impugnadas antes de celebrarse.El país no se fractura por exceso de debate. Se fractura por la cancelación del otro. Desde el derecho, esto es grave. Desde la psiquiatría social, es estructural. Las cosas no han llegado a ese nivel, pero se dirigen hacia allí.

Primero. Toda democracia descansa en reglas aceptadas por perdedores y ganadores. Sin esa aceptación, la norma es papel. El conflicto se judicializa. La política se penaliza. La opinión se convierte en acusación. Cuando el discurso público desacredita de manera sistemática a tribunales, órganos autónomos y autoridades electorales, el daño es acumulativo. No es un escándalo aislado. Es un patrón. La sospecha reiterada debilita la presunción de legitimidad. Las instituciones viven de confianza. No de fuerza. Un juez puede emitir una sentencia impecable.
Si la narrativa dominante afirma que todo juez responde a intereses ocultos, la resolución nace erosionada. La erosión institucional es psicológica antes que normativa. Se instala una cultura de desconfianza estructural. Todo fallo es político.
Toda decisión es conspiración. El efecto jurídico es claro. Más litigios estratégicos.
Más presión mediática. Más polarización alrededor de cada acto de autoridad.La democracia se vuelve campo de batalla permanente. No espacio de arbitraje. Obviamente los partidos de oposición buscan traducir en acto ese escenario pero falta mucho para que ello se convierta en acto.

Segundo. La polarización no es solo ideológica. Es afectiva. Las personas ya no discrepan sobre políticas públicas. Discrepan sobre identidades morales. En consulta clínica se observa un fenómeno recurrente. El ciudadano no argumenta. Se indigna. No expone razones. Expresa agravio. La pertenencia al grupo activa lealtades profundas. El liderazgo se vuelve símbolo protector. La crítica se vive como agresión personal. Surge la lógica binaria. Conmigo o contra mí. Pueblo o enemigo. Lealtad o traición. Este esquema simplifica la realidad. Reduce complejidades.
Disminuye la ansiedad cognitiva.Pero tiene un costo. Deshumaniza al adversario.
Justifica la agresión simbólica. En ese ambiente, el discurso se radicaliza.
El lenguaje se endurece. La empatía disminuye.La erosión institucional encuentra terreno fértil.Si el otro es enemigo, sus instituciones también lo son.
Si el árbitro no favorece a mi grupo, es ilegítimo. La polarización sostenida produce fatiga democrática. Ciudadanos cansados. Desinterés. Cinismo. El retiro emocional es tan peligroso como la confrontación abierta. La democracia sin participación se vacía. El problema para las oposiciones es que esa confrontación tiene lugar en una realidad paralela no con personas de carne y hueso que en realidad ponga en riesgo el Estado constituido.

Tercero. Ahora bien. Conviene separar discurso de estructura. A pesar del clima verbal intenso, el gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo cuenta con respaldo institucional sólido. Tiene el apoyo explícito de las fuerzas armadas.
Conserva reconocimiento internacional. Mantiene una relación pragmática y funcional con Donald Trump. Si la jefatura del Ejecutivo careciera de poder real, Washington lo habría advertido de inmediato. Y habría actuado en consecuencia para proteger intereses estratégicos. No lo ha hecho. La señal es inequívoca.
El problema es doméstico, interno.  Es discursivo. No se ha traducido en posiciones de fuerza que alteren la representación formal del Estado. No se advierte, por ahora, un clima social capaz de disputar a la presidenta la representación estatal.
Guste o no. Esa es la realidad vigente. La oposición enfrenta un dilema estratégico.
Si fragmenta su energía en lo accesorio, diluye su potencia. Si no prioriza lo esencial, queda fuera de la conversación sobre poder rumbo a 2027. La crítica democrática es necesaria. La dispersión táctica es autodestructiva. Del lado de Morena el reto es distinto. La cohesión interna.Las diferencias de percepción y de criterio deben procesarse institucionalmente.Sin filtraciones. Sin espectáculo. Sin alimentar narrativas de fractura. La fuerza política no se mide solo en votos. Se mide en disciplina organizativa. En capacidad de deliberar sin exhibirse.
En resolver tensiones sin erosionar liderazgo. Cuando los conflictos internos se ventilan como disputa pública, el adversario capitaliza. La oposición observa.
El electorado duda. La estabilidad institucional hoy no parece amenazada por quiebre estructural. Pero sí por desgaste narrativo constante. El riesgo no es un colapso inmediato. Es la erosión gradual de legitimidad.

México enfrenta una polarización intensa. Pero no una ruptura del poder estatal. El gobierno mantiene control institucional.La oposición carece, por ahora, de clima social suficiente para disputar la representación del Estado. El desafío es otro.
Bajar la temperatura verbal.Procesar diferencias con inteligencia política. Priorizar lo esencial sobre lo accesorio. Sin reglas aceptadas no hay árbitro.
Sin árbitro no hay democracia. Y sin prudencia estratégica, nadie gana.

@evillanuevamx

ernestovillanueva@hushmail.com

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