Opinión
Imbecilidad y miedo
A lo largo de estos 20 años hemos visto mentir, envilecer, masacrar, desaparecer, extorsionar y amedrentar con la complacencia o la colaboración del Estado sin que haya sido posible detenerlo u obtener unos gramos de justicia.En 1946, Albert Camus escribió una serie de artículos bajo el título de “Ni víctimas ni verdugos”. En uno de ellos definía el siglo XX como “el siglo del miedo”. Ochenta años después, la realidad no ha variado. El siglo XXI continúa bajo esa atmósfera. Una de sus características es la privación de futuro que reduce la vida de los seres humanos a la de un animal.
Desde hace 20 años los mexicanos vivimos así. Como en la época de Camus, el espectáculo del horror cotidiano destruyó algo importante en nosotros: “la confianza humana en que es posible obtener de otro ser humano reacciones humanas hablándole el lenguaje de la humanidad”. A lo largo de estos 20 años hemos visto mentir, envilecer, masacrar, desaparecer, extorsionar y amedrentar con la complacencia o la colaboración del Estado sin que haya sido posible detenerlo u obtener unos gramos de justicia. Quienes nos han gobernado desde entonces han estado tan seguros de sí mismos que ha sido imposible persuadirlos de que sus razones imbéciles o sus mezquinas verdades sólo han servido para exacerbar la violencia.
No se persuade a quien gobierna desde una ideología sea de derecha o de izquierda. Gobiernos de ese cuño sólo producen un estado de imbecilidad, barbarie y miedo que se contagia. Así, al lado de los que se acomodan al régimen en turno porque conviene, de los que reducen el horror a cifras y notas rojas, de los que suponen que la salud del país se juega entre democracia y dictadura, entre neoliberalismo y populismo, se ha creado un espantoso ocultamiento de la verdad que frisa la complicidad del silencio: “no hay que hablar –dicen unos– de las masacres, los asesinatos y las desapariciones de ahora porque se le hace el juego a la derecha; hay que hablar, en todo caso, de su descenso, como lo muestran las cifras del gobierno, y responsabilizar de los crímenes a la derecha”; “no hay que hablar –dicen los otros– de los delitos cometidos por la derecha durante sus administraciones, porque se le hace el juego a la dictadura que quiere establecer Morena; hay que señalar, en todo caso, los que bajo su régimen se han cometido”. De allí que el miedo no sólo se haya vuelto una técnica del poder para estupidizarnos, como señalaba Camus, sino también una manera de consentirlo y ocultar sus causas estructurales.
Cuando la muerte –advierte el autor de La peste– se vuelve un asunto de administración ideológica e impunidad es señal de que un país se pervirtió a grados inimaginables. Y cuando eso sucede es señal de que también la vida se volvió abstracta. Las ideologías políticas que nos han gobernado en connivencia con el crimen no han dejado de supeditar la vida de la gente a su propia verdad, a veces de manera aparentemente democrática, durante la llamada “transición”; a veces, como sucede con Morena –una versión dark del viejo PRI, cuyos niveles de criminalidad y barbarie ya eran altos–, de manera arbitraria. Pero querer gobernar a la gente mediante la ideología y el miedo es operar en favor de la esterilidad, el silencio, la desaparición y el contagio de la violencia. Por ello, la atmósfera que respiramos, lejos de abrirnos a un diálogo reflexivo que nos permita poner en el centro la justicia y la paz, es la de la descalificación, el insulto, la maledicencia. Desde hace 20 años, miles de voces, día y noche, cada una por su lado, vierten en el monólogo tumultuoso de las redes una avalancha de palabras llenas de mentiras, ataques, defensas, exaltaciones, odios y justificaciones de lo injustificable. El mecanismo –el mismo de los criminales– consiste en considerar al adversario como un ser despreciable. Al que no piensa como nosotros, la ideología y el miedo le velan el rostro. Convertido en fuente absoluta del horror y el desprecio, ha dejado de tener un rostro y una carne humana para convertirse en una silueta tan abstracta como las ideas, los deseos o las sombras luminiscentes que pueblan las pantallas de las computadoras.
Entre el miedo general que nos conduce a la polarización y el encubrimiento, y el miedo particular a la criminalidad que se ha apoderado del Estado y del país habitamos en el terror porque, como lo señalaba Camus, la persuasión se volvió imposible, “porque vivimos en el mundo de la abstracción, de las oficinas y de las máquinas, de las ideas absolutas y de los mesianismos sin matices”, porque hemos reducido la vida a una instrumentalidad que redunda en rendimientos políticos o económicos, porque aceptamos que nos dirija gente “que cree tener la razón absoluta, ya sea en sus máquinas, en sus ideas” o en el dinero.
La única manera de salir del terror es que quienes “cansados de violencias y mentiras, frustrados en sus más caras esperanzas, digan un perentorio” no al crimen venga de donde venga. Esa gente, “que no es de ningún partido o que no está a gusto en el que eligieron […] sólo podrá encontrar su patria cuando se haga consciente de lo que quieren y lo diga con bastante fuerza y sencillez para que sus palabras puedan ser un estímulo para la acción. Y aunque el miedo no es clima para la reflexión justa, les será necesario, ante todo, encararse con el miedo y obligarse a mirar lo que él significa y a la vez rechaza: un mundo donde el asesinato está legitimado y donde la vida humana se considera sin importancia” según el bando en que nos coloquemos. Ese problema político fundamental con el que Camus se enfrentó y enfrentó a su época hace 80 años, es el mismo que hoy enfrentamos en México. Resolverlo no es fácil. Ha pasado casi un siglo sin que la humanidad lo entienda; el conflicto entre la dictadura venezolana y el populismo trumpista es la muestra de lo poco que importa la vida de la gente y lo mucho que significan los intereses ideológicos y económicos. Solucionarlo no sólo implica una ética inflexible, sino, a partir de ella, construir un mundo donde, poniendo un coto a la ideología, al poder y al dinero, ella pueda encarnar en un mundo donde lo humano cuente.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.