Opinión
La resaca derechista en América Latina
La lección para la presidenta Sheinbaum es, a juicio mío, mantener los programas sociales y abandonar o acotar las ocurrencias de López Obrador que espantan inversiones, empezando por la reforma judicial.América Latina, epicentro geográfico de la izquierda populista, se está derechizando. Cada vez más países se suben a la ola electoral de derechas –lo digo en plural porque se trata de expresiones diferentes– en un subcontinente zaherido por la pobreza y la desigualdad. No es que los gobiernos derechistas sean una novedad aquí, es que el imaginario colectivo remite a los golpes de Estado que impusieron dictaduras militares. Y no sólo es el lugar, también es el momento: el hecho de que el izquierdismo sea desplazado en las urnas en pleno siglo XXI, tras de que los revolucionarios aprendieron que es más fácil llegar al poder por la vía democrática que por la guerrilla y se volvieron diestros –y siniestros– en operar elecciones, constituye una interesante paradoja. ¿Cómo hicieron los partidos y los candidatos de derechas para vencer en las urnas al populismo? Peor aún, ¿cómo hizo la ultraderecha para ganarles a quienes habían conquistado el apoyo de la mayoría?
El caso más reciente es Chile, donde perdió una izquierda no populista. Los izquierdistas radicales latinoamericanos achacan la derrota –¡oh sorpresa!– al semblante socialdemócrata de Gabriel Boric. Ha revivido en nuestra América el odio marxista a la socialdemocracia con el rancio espantajo de la traición, que en su versión light la acusa de pavimentar con cemento de ingenuidad el sendero de la reacción. Así lapidaron a Bernstein, su padre fundador, en la Alemania de los años 1900; sus “amigos” en el partido lo estigmatizaron como tonto útil y los guardianes del santo sepulcro lo satanizaron como un taimado mercenario de la oligarquía. Al domesticar y humanizar al capitalismo salvaje, rabiaban, los socialdemócratas daban oxígeno a un sistema cuyas contradicciones debían agudizarse para catalizar su autodestrucción.
Por supuesto que se equivocan, tanto en la caracterización de Boric como en las causas de su debacle. Su extravío se forjó en la inexperiencia y la ineficacia y no en la mesura: careció, por desgracia, del talento político de Ricardo Lagos y de la competencia profesional del primer gabinete de Michelle Bachelet. Pero la vehemencia del reproche radicalista trasciende los errores de su gestión; una visión discreta adjudicaría ese airado reclamo a su política exterior, que en buena hora puso su compromiso con la democracia por encima de la camaradería izquierdosa –que no izquierdista– en su condena a los regímenes de Venezuela y Nicaragua, y una mirada suspicaz apuntaría a su aceptación del triunfo opositor sin recurrir al expediente del fraude o de la manipulación de los machuchones. Todo indicaría, pues, que más que haber sido un gobernante ineficaz, lo que no le perdonan a Gabriel Boric es haber sido un demócrata.
El problema es que el viraje chileno no es el único; se ha dado algo similar en Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Paraguay, Honduras, en cada país con matices distintos. Eso sí, más allá de tonalidades se puede apreciar en la región el venturoso declive del populismo de izquierda y el deplorable ascenso del populismo de derecha. Incluso la autocracia venezolana, que algunos veían inamovible, se está tambaleando porque Maduro ha perdido el apoyo mayoritario –por eso tuvo que recurrir a una elección fraudulenta– y porque Donald Trump lo quiere derrocar. Desde luego que hay que rechazar una invasión de Estados Unidos, pero con la misma firmeza hay que exigir la salida de un mandatario ilegítimo que se ha atrincherado contra la voluntad de la mayoría del electorado. Por fortuna, María Corina Machado representa una oposición democrática derechista, no ultraderechista.
Pero no es ese el caso en Chile, donde ganó el pinochetismo. Tampoco de la locura neoliberal que asuela a los argentinos y ronda a otros gobiernos sudamericanos. Y aquí vuelvo a la cuestión original: ¿por qué perdió el kirchnerismo y triunfó Milei? ¿Por qué los bolivianos retiraron el respaldo a Evo y su grupo? ¿Por qué gobierna Bukele en El Salvador? Supongo que preguntas semejantes se hacen los estrategas de la 4T en México, donde digan lo que digan cunde la preocupación. Y las respuestas que no se van a dar son que el desorden y las improvisaciones pasan factura, ni que la política redistributiva termina donde empieza el estancamiento económico, ni que la corrupción y la violencia criminal erosionan la confianza del pueblo, y que de todo ello está plagada la estratagema populista. Públicamente, al menos, responderán que las circunstancias son distintas y se refugiarán en el excepcionalismo mexicano.
En el repunte de las derechas latinoamericanas ha influido y va a influir el factor Trump, sin duda, pero no es el único, ni siquiera el más relevante. Sobran evidencias de que el populismo de izquierda ha tenido un impacto devastador en las economías de la región y de que, cuando se acaba el dinero a repartir, las corruptelas y la inseguridad, junto con el caos de políticas públicas guiadas por el desprecio al conocimiento, invierten el rumbo del enojo social. Vivimos en la era de la ira, y la indignación creciente en la que ellos se montaron para llegar al poder se les revierte cuando el fracaso disipa la esperanza. La lección para la presidenta Sheinbaum es, a juicio mío, mantener los programas sociales y abandonar o acotar las ocurrencias de López Obrador que espantan inversiones, empezando por la reforma judicial.
Pero dudo que lo haga. Al contrario, el miedo a la oleada derechista apuntala al bloque obradorista que le aconseja “cerrar filas contra el golpismo” y dejar en la impunidad a Adán, Ojeda, Rocha y a todos los morenistas sospechosos. Lamentablemente, la decisión parece está tomada, y hoy por hoy, en el segundo piso de la 4T, unidad mata ética. En el ámbito del combate al crimen organizado, sin embargo, sí hay una venturosa enmienda. La estrategia actual nada tiene que ver con los abrazos y balazos, y otro temor, el que se le tiene a la aparición del bukelismo en México, conduce las exequias del laissez fairede AMLO ante la criminalidad. Menos mal.
Ya entrado en gastos de culpabilidades, y como buen partidario de la socialdemocracia, reviro a los ultras de la izquierda mexicana. Si a alguien o a algo hay que culpar de la resaca de las derechas es al populismo fundamentalista que ellos defienden, al de los Kirchner, los Maduro, los Ortega y compañía, por no mencionar a los Díaz-Canel, y también a los desatinos y despropósitos de López Obrador. Ojalá que el péndulo de México sí se detenga en el justo medio. Yo no respaldaría la opción de Ricardo Salinas por sus ecos trumpianos –es tiempo de definiciones– ni la de un eventual Bukele mexicano; lo que yo apoyaría es una alternativa socialdemócrata que, si bien no ha surgido aún, podría construirse en los próximos cuatro años. Pero si en este 2026 Sheinbaum les sigue haciendo caso a sus asesores y se radicaliza, que en todos sentidos Dios nos agarre confesados.
Texto de Opinión publicado en la edición 0031 de la revista Proceso, correspondiente a enero de 2026, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.