Sociedad
El tambor también es de ellas: mujeres se abren paso en la tradición yokot’an de Tabasco
Sin financiamiento público sostenido, el Tamboritón busca consolidarse como el mayor encuentro de percusión indígena del mundo desde una lógica de autogestión comunitaria.VILLAHERMOSA, Tab. (Proceso).- En esta ciudad el golpe del tambor ya no suena igual. Hoy 24 de mayo, mil 200 músicos participarán en el Tamboritón 3.0, un encuentro que busca consolidarse como el mayor evento de percusión indígena en el mundo. Pero detrás de la cifra hay otra historia: la de las mujeres que empiezan a ocupar un espacio que durante décadas les fue ajeno.
El Centro Histórico de la ciudad reunirá a intérpretes yokot’an para ejecutar de forma simultánea sones tradicionales como “El torito”, “El caballito blanco” y “El tigre”. Durante décadas, la tamborilería fue un espacio dominado por hombres. No existía una prohibición formal. Pero tampoco era un espacio imaginado para mujeres.
Los organizadores presentan el Tamboritón como un intento por consolidar el mayor encuentro de percusión indígena del mundo. Pero este año el foco ya no está sólo en romper un récord. Está en quiénes participan. “El tambor ya no es territorio exclusivo de los hombres”, dicen integrantes del grupo de mujeres tamborileras.
Durante décadas, el aj joben (el oficio del tamborilero) funcionó como un espacio predominantemente masculino. La transmisión del conocimiento ocurría entre hombres y las mujeres permanecían ausentes de la ejecución pública. Pero ese patrón empieza a modificarse.
En ensayos comunitarios, talleres y convocatorias abiertas, cada vez más mujeres se incorporan a una práctica de la que habían estado, en los hechos, excluidas. Y lo hacen muchas veces sin experiencia previa, impulsadas más por la curiosidad y la voluntad que por la tradición familiar.
Una de ellas es Cindy, de 35 años. Su acercamiento al tambor no fue parte de una herencia cultural ni de una formación previa: fue una irrupción personal. Recuerda el momento en que vio la convocatoria como una decisión casi intuitiva, sin saber exactamente qué implicaba.
“Yo no sabía nada, pero dije: ‘yo quiero estar ahí’”, cuenta. Lo que vino después fue un aprendizaje acelerado, en un espacio donde, según dice, nunca había visto a una mujer tocar tambor. Al principio, la incertidumbre era constante; después, la repetición del ritmo fue abriendo otra relación con el instrumento. “Estar aquí ha sido transformador”, resume. No sólo por la técnica, sino por la sensación de pertenencia a algo que antes no la contemplaba.
La ausencia, coinciden varias participantes, nunca fue explícita, pero sí evidente. “No había una prohibición como tal, pero tampoco era común ver mujeres tocando”, explica.
El cambio también se impulsa desde dentro de la propia comunidad. Para Úrsula Sánchez, una de las organizadoras, lo que ocurre hoy no es casual. “Sí estamos generando un cambio. Las mujeres se están apropiando cada vez más de esta tradición, que durante mucho tiempo fue vista como masculina. Y eso ya se refleja en más grupos, más talleres y más niñas aprendiendo”, explica.
Otra experiencia clave es la de Tere, quien carga una memoria distinta del tambor. Su historia comienza años atrás, en la preparatoria, cuando era la única mujer en un grupo de once hombres. En ese momento tocar no era una excepción simbólica: era una presencia aislada dentro de una estructura completamente masculina.
“Eran muchos hombres y yo era la única mujer”, recuerda. No había una reflexión sobre género en ese momento; simplemente era el orden natural de las cosas. Con el tiempo, sin embargo, esa excepción empezó a incomodarse a sí misma.
Años después, cuando vio la convocatoria del Tamboritón, algo cambió. No lo leyó como un evento más, sino como una posibilidad distinta. “Entendí que algo estaba cambiando. Me di cuenta de que esto también podía ser nuestro”, dice.
El año pasado se formó, por primera vez, un grupo integrado exclusivamente por mujeres. La respuesta fue inmediata: decenas llegaron sin experiencia previa, impulsadas por una idea sencilla: ocupar un espacio que nunca estuvo prohibido, pero tampoco había sido realmente posible habitar.
Naomi, de siete años, aprendió en preescolar con el maestro Margarito. Acomoda el tambor con naturalidad, como si siempre hubiera estado ahí. A unos metros, Alexia Guadalupe, de 13 años, llegó desde Michoacán. “No soy de aquí, pero me gustó la cultura, la música, todo. Se siente muy bonito pertenecer a este colectivo”, dice.
Otras llegaron más tarde. Abel, originaria de Oaxaca, vio la convocatoria y decidió sumarse. “Es mi primera vez, pero sentí que era el momento”, cuenta.
El cambio es también generacional. Entre Naomi y Amparo Marín Cabrera, de 85 años, hay casi ocho décadas de distancia. Amparo comenzó a tocar cerca de los 60. “Es muy bonito y lo siente uno. Como lo sientes, lo interpretas”, dice. Luego resume su permanencia con una frase simple: “Mientras Dios me dé vida, ahí voy”.
Entre ambas edades cabe una tradición que empieza a transformarse.
Autogestión sin financiamiento estatal
El Tamboritón surge en 2024 como una iniciativa ciudadana. Desde entonces opera sin financiamiento estatal sostenido. “No hemos tenido apoyo del gobierno estatal en ningún momento durante este evento ni en ninguno de los que hemos organizado”, afirma Sánchez.
El respaldo institucional ha sido limitado al ayuntamiento del municipio de Centro. Fuera de eso, el proyecto se sostiene con autogestión, colaboración comunitaria y apoyo privado para cubrir necesidades básicas como hidratación y traslados.
“Si se institucionaliza completamente, puede perderse con los cambios de gobierno”, explica Sánchez. “Queremos que la comunidad se apropie. Que esto permanezca más allá de cualquier administración”.
El Tamboritón ha sido impulsado por un colectivo de agentes culturales independientes, entre ellos la promotora Arely Banda, el poeta Jeremías Marquines y la propia Sánchez. La intención era crear un espacio inexistente hasta entonces: un encuentro donde los protagonistas fueran los propios tamborileros.
El crecimiento ha sido constante. En 2025 participaron 894 músicos. Este año buscan superar los mil. Pero el impacto va más allá del evento. A partir del movimiento han surgido nuevos talleres, más maestros impartiendo clases y grupos en formación, incluso dentro de escuelas. Algunas directoras, como Josefina Carpinteiro, ya planean replicar la iniciativa en sus planteles. “Nunca es tarde para aprender”, dice. “Y esto puede abrir más espacios para preservar la cultura”.
El efecto también alcanza a las infancias. “Ya hay maestros formando grupos de puras niñas tamborileras en primarias”, señala Sánchez. “Eso antes no pasaba”. La incorporación de mujeres no desplaza a los hombres. Pero sí altera el equilibrio de una tradición que durante décadas operó sin ellas. Es un cambio silencioso, aunque persistente.
En un estado marcado también por narrativas de violencia e inseguridad, el Tamboritón propone otra imagen de Tabasco: la de una comunidad que se organiza, enseña y transmite.
Antes de terminar la entrevista, las tamborileras cuentan en voz alta: “Uno, dos y tres”. Entonces comienza el golpe. “La guerra”, uno de los sones tradicionales, se escucha de fondo. Lo que hasta hace poco no existía —mujeres tocando juntas, aprendiendo y enseñando— hoy empieza a incorporarse a la tradición yokot’an no como excepción, sino como parte de ella.