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El abuso de poder y una familia desaparecida en “Una casa sola”, cuarta novela de Selva Almada

Escritora contemporánea de las más destacadas de Argentina y América Latina, Selva Almada habla de su nuevo libro donde una casa en el monte narra en primera persona el abuso de los patrones sobre sus trabajadores y la desaparición de una familia de peones.
sábado, 9 de mayo de 2026 · 07:00

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Selva Almada (Entre Ríos, 1973) es una de las escritoras contemporáneas más destacadas de Argentina y América Latina. Vino a México a presentar su cuarta novela, nombrada Una casa sola, donde afronta tópicos sociales, como el abuso de los patrones sobre sus trabajadores, la desaparición de una familia de peones, el paso del tiempo, la memoria y la injusticia.

En el nuevo libro de 156 páginas (editado por Random House), una casa en el monte narra la historia en primera persona. Almada cuenta a Proceso cómo ocurrió esa idea: 

“Surge pensando justamente ¿qué pasa con un espacio cuando queda vacío? Sobre todo, un lugar simbólicamente muy fuerte como una casa. En este caso queda vacía porque algo, no sabemos qué es, pero podemos intuir una crueldad, le ha ocurrido a la última familia que vivió bajo este techo”. 

–¿Es complicado que una casa narre en primera persona?, ¿cómo fue que empezó a darle esa forma a la escritura?

–Empezó a aparecer en el transcurso de la escritura, con insistencia, una primera persona, que no estaba planeada así desde el inicio. A veces hay que escuchar, parar la oreja, qué nos está diciendo el propio texto. Me di cuenta de que aparecía una y otra vez una voz que era una primera, y era la voz de la casa, y decidí investigar qué pasaba si la casa contaba todo, ¿cómo podía construir esa voz a largo plazo?, digamos, ¿cómo se le podía construir?, para que se sostuviera todo un relato.

Igual apareció la segunda voz, de los espectros que viven en el monte, y me pareció que se complementaban, y así, de ese modo, iba a ser posible una casa narrando en primera persona.

Se le comenta que Una casa sola igual refleja muchas situaciones de la humanidad actual…

“La literatura siempre absorbe todas esas preocupaciones de un tiempo indeterminado. El avance de las derechas en todo el mundo y en nuestro continente, en mi propio país. El relegamiento cada vez más feroz de las personas que menos tienen, la brecha feroz que se abre, por lo menos en los últimos años en Argentina, entre los que no tienen nada y los pocos que tienen todo. Todo eso que ocurre en la realidad y que me preocupa como persona y como argentina, como ciudadana de mi país, permea siempre en cualquier ficción. Me parece que todo eso que uno arrastra día a día y lo que preocupa termina filtrándose. De hecho, creo que en esta novela está muy presente todo eso”.

–¿Siempre pensó como atmósfera el entorno rural?

–Sí, eso estaba desde el principio, siempre fue una casa en el campo, siempre fue una familia de peones la que desaparece. Estaba el monte volviendo a crecer después de tanto tiempo, de ese territorio que rodeaba la casa deshabitada y convertida en una escena de investigación, pero cuando decidí que narrara la casa, igual, traje estos espectros a habitar ese monte.

–¿Cómo nace la familia Lucero?, que además es un retrato latinoamericano de muchas familias que pasan por ello, por el abuso del poder, las injusticias, en fin, son muchos temas que se abordan aquí y están en todos lados.

–Sí, lamentablemente están en todos lados y atraviesan los tiempos porque aún en el presente seguimos enterándonos de peones rurales en situación muy vulnerable con respecto a sus patrones. La familia Lucero nace un poco de la imaginación y de haber conocido familias así. Yo crecí no en el campo, en un pueblo muy pequeño, mas tengo familia que trabaja en el campo, primos de mi madre que cuentan historias de cómo radicaban, cómo formaban sus familias. 

La narradora argumenta que le interesaba que la trama “estuviera atravesada por uno de los ejes fuertes: el abuso de poder, el abuso de los patrones por sobre sus trabajadores”. Prosigue:

“Igual estaba presente la pregunta que nos hacemos siempre cuando pensamos en estos temas, ¿de quién es la propiedad de la tierra?, ¿del que la trabaja o del que posee los papeles? Todas esas cuestiones me rondaban cuando empecé a escribir Una casa sola. Cuando apenas la empecé y decidí quiénes estaban desaparecidos, no era una persona, sino toda una familia y que trabajaba en el campo, al mando de un patrón. Al libro siempre lo pensé profundamente impregnado de tensiones entre peones y patrones”.

–La novela es entretenida y a veces la sostiene el suspenso, ¿verdad?

–Sí, contiene un suspenso, está un poco amagado. Mi idea no era resolver el caso policial, sino hablar de la tragedia social de una desaparición.

–Es otro tema que al menos para los mexicanos es muy fuerte, la desaparición; no se diga usted como argentina también, ¿le preocupaba incluir este conflicto?

Por supuesto que me preocupaba porque en nuestra historia reciente en Argentina hay 30 mil desaparecidos, por la última dictadura militar que fue un periodo muy espantoso y sangriento. Y seguimos teniendo desaparecidos ya viviendo en democracia más de 40 años. Me empezó a llamar la atención cuando viajaba dentro del país porque en los aeropuertos existen pantallas donde todo el tiempo ponen fotos de personas que desaparecieron hace diez años, 15 o 20. Todos desaparecidos en democracia. Empecé a prestar atención a eso y en un momento me resultó muy agobiante: “¡Ah!.., pero, ¿cómo?, ¿qué pasa?, ¿por qué nadie investiga?, ¿por qué esas personas no se encuentran?, y ¿dónde están?”. Todas esas interrogantes las transporté a la novela.

“La justicia vidriosa en Argentina” 

Otro de los tópicos, porque hay muchas aristas en la novela, es la memoria y el paso del tiempo, a veces no tenemos memoria, ¿no?, se le pregunta a la escritora. 

“En Argentina luchamos permanentemente por no perder la memoria y más en este presente, donde se intenta borrar la memoria todo el tiempo. ¡Claro!, qué nos queda sin memoria. Además, cuando no hay justicia, que haya memoria, al menos es reparador. Cuando las cosas no se resuelven, cuando las personas desaparecidas no aparecen, ni vivas, ni muertas, con más razón hay que tener memoria. Una sociedad, una cultura que olvida, me parece que vuelve a cometer una injusticia”.

–¿No cree en la justicia?

–Creo en la justicia, pero también la justicia en mi país es algo bastante vidrioso últimamente. 

–En el mundo entero creo. Es otro problema muy difícil… 

–Sí, creo que sí. Vivimos épocas de una gran injusticia, donde quienes deberían impartir justicia están siempre del lado del poder económico y político de nuestros países.

El paso del tiempo es otro aspecto en el volumen, se le comenta.

“La casa tiene una memoria que va mucho más allá de la familia Lucero. La memoria de la casa llega hasta cuando ni siquiera era una casa, cuando era parte de ese mismo monte del que después se va a sacar el material para construirla. Posee esta capacidad de llegar hasta mediados del siglo XIX, donde salen estos espectros que viven en el monte, que son soldados de las guerras civiles de mediados del siglo XIX en Argentina, y todo viene desde ahí hacia adelante, pasando por todos los procesos de cambio que sufre ese territorio. Siendo primero monte.

Después el monte siendo talado, reducido a su mínima expresión para hacer que esos campos sean aptos para la agricultura, después cuando cambia otra vez el trabajo, con la aparición de las máquinas que reemplazan la mano de obra de los peones, quienes son expulsados hacia la ciudad. Luego, el proceso de donde la diversidad de cultivo se ve tragada por las hojas en ese pedazo de tierra donde está la casa, ya no se puede trabajar más porque es materia de investigación, y el monte vuelve a crecer, vuelve a ocupar ese territorio que había sido transformado por la mano del hombre.

–¿Cómo definiría a Damián Lucero?, el personaje.

–Es un hombre que ha tenido que arreglárselas solo, desde muy pequeño. Se fue de muy chico de su casa siendo todavía un niño. Ha tenido una vida muy dura, pero no por eso ha perdido la capacidad de amor. Se enamora de una mujer, empieza a formar su familia. Cuando mira a sus hijos no puede evitar recordar su propia infancia que fue muy desgraciada, y hace todo lo posible para no repetir errores, ni condenar a sus hijos a las mismas privaciones que pasó de pequeño. Es un personaje muy noble. 

Los títulos de la escritora argentina. Foto: IG/Selva Almada

–Es muy noble, mas también muy fuerte…

–Muy fuerte, ¡claro!, es un domador de caballos.

De cómo la transformó esta novela a diferencia de las otras que escribió, relata que sus tres novelas anteriores son muy sombrías. 

“En esta descubrí que puedo escribir una historia un poco más luminosa, porque creo que más allá de que se narra esta tragedia de la desaparición de la familia, también hay un cierto optimismo, un espíritu esperanzador en la manera en que la casa se vincula con el monte, los animales y los insectos de allí, el arroyo, y eso me descubrió un lado muy luminoso en la escritura. 

“Los personajes de los espectros además tienen mucho humor, son muy jocosos, me parecen divertidos. Descubrí que puedo escribir cosas más amorosas”.

El viento que arrasaLadrilleros y No es un río son sus otras tres novelas.

–Al leer algunas críticas de Una casa sola, varios especialistas han subrayado que es muy rulfiana. ¿Qué opina de eso?

Bueno, de todas mis novelas han dicho que son muy rulfianas. Siempre aparece Rulfo, sobre todo en las dos últimas. En No es un río hay dos hermanas que son fantasmas. Siempre están mencionando a Juan Rulfo. Me honra porque es un autor que me gusta mucho, no lo releo hace muchos años, pero cuando lo descubrí en la juventud, sus cuentos y Pedro Páramo fueron lecturas muy reveladoras para mí. Si encuentran el espíritu rulfiano, pues bienvenido.

Almada concluye:

“Son mundos de ficción que nos hacen pensar en la manera en que estamos en el mundo, en la mirada que tenemos sobre las cosas. Eso es lo más alucinante siempre de la literatura. Y más que nunca ahora hay que volver a los libros, hay que volver a la literatura, hay que volver a las historias”.