Azul Bosques

"Azul Bosques", la obra de David Gaitán lleva el deseo al territorio del control y la desobediencia

Con una mezcla de ciencia ficción, provocación escénica y crítica política, Azul Bosques cuestiona qué ocurre cuando el placer se convierte en herramienta de obediencia y el afecto en un posible acto de resistencia.
lunes, 18 de mayo de 2026 · 16:43

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En el universo de Azul Bosques, el sexo dejó de ser un acto íntimo para convertirse en una herramienta de control. El deseo ya no pertenece al territorio de lo humano, sino al de la obediencia. “Para coger, primero hay que producir”; en medio de cámaras, algoritmos y vigilancia permanente, el placer es administrado por un Estado omnisciente que regula incluso aquello que ocurre en la cama.

La nueva obra de David Gaitán —quien por primera vez en su carrera reúne dramaturgia, dirección y actuación en un mismo montaje— toma la ciencia ficción distópica para construir una reflexión sobre el avance del autoritarismo, la pérdida de intimidad y los mecanismos contemporáneos de vigilancia que ya forman parte de la vida cotidiana.

“Uno de los miedos y consecuencias indirectas de gobiernos tan autoritarios es que entran en tu intimidad, en la cama, en los sueños y en las conversaciones familiares”, dice Gaitán en entrevista con Proceso.

Lejos de construir una distopía futurista desde la espectacularidad tecnológica, Azul Bosques apunta hacia una sensación inquietantemente cercana. La vigilancia no aparece únicamente como imposición estatal, sino como una conducta social normalizada. Redes sociales, algoritmos, cámaras y plataformas digitales forman parte del ecosistema donde la intimidad comienza a diluirse.

“Lo que es alarmante y fascinante es la voluntad social de arremeter contra la intimidad. Parecería que lo que no se hace público no existe, pero la intimidad para poder existir necesita ser privada”, explica Gaitán.

Por eso, en la obra, el anonimato radical se vuelve una norma: cuerpos fragmentados, encuentros mediados y vínculos limitados a espacios controlados por el sistema. La sexualidad deja de ser experiencia afectiva para convertirse en transacción funcional. Sin embargo, el montaje no busca intimidar al espectador desde el escándalo fácil, sino provocar una tensión entre erotismo y pensamiento político.

“Hay un espíritu de provocación en la puesta en escena, en entrar en territorios de verbalización sobre la sexualidad tan detallados, tan explícitos. Pero la pretensión es que ocurra dentro de un contexto de sofisticación artística”, reconoce el dramaturgo.

Ese cruce entre sensualidad y discurso político es uno de los ejes centrales de la obra. Mientras el cuerpo aparece expuesto y vulnerado, también emerge la pregunta por la resistencia: ¿qué espacios quedan para la desobediencia cuando el control invade incluso el deseo?

Influenciado por autores como George Orwell y por el ensayo Desobediencia civil de Henry David Thoreau, además del legado histórico de Rosa Parks, el creador mexicano entiende el teatro como un espacio donde puede apuntalar formas de cuestionamiento frente al poder.

“Hay todo un territorio de desobediencia civil pacífica que puede abrir heridas fértiles al horror y acercarse a erradicarlo”, sostiene.

La obra también dialoga con discusiones contemporáneas sobre la relación entre tecnología y control. En el universo de Azul Bosques, el Estado parece operar como una maquinaria automatizada, sin rostro visible, más cercana a un algoritmo que a un líder político reconocible.

“Parecería que es un algoritmo el que está ordenando a toda una sociedad. Si el Estado pusiera las manos en esas herramientas digitales y la lógica del castigo fuera la que imperara, podría pasar una situación como la de la obra”, señala.  

El montaje apuesta además por una experiencia profundamente sensorial. Microfonía, diseño sonoro, iluminación y videoescena acompañan una dramaturgia construida como rompecabezas emocional y político. El objetivo, según el autor, es narrar una historia, pero también amplificar la experiencia del público. “Buscamos hacer un dispositivo que haga más emocionante resolver ese rompecabezas”, explica.

En escena, Gaitán encarna múltiples personajes y vive distintos niveles de desnudez, tanto física, como emocional y política. El resultado es un unipersonal exigente, construido desde el riesgo, algo que el propio creador asume como una necesidad artística frente a una industria que, considera, suele tomar pocos riesgos.

Más allá de la distopía sexual, Azul Bosques termina por colocar una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿qué tan fácil resulta manipular a una sociedad a través de la administración del deseo.

“Somos absolutamente susceptibles de la manipulación a partir de la restricción de nuestro deseo. La esclavitud que tenemos a los teléfonos, a ciertas dinámicas laborales, al capitalismo mismo… la obra es una variante de ello”, advierte Gaitán.

Con una duración de 70 minutos y dirigida a público mayor de 18 años, la puesta en escena forma parte de una línea de investigación donde erotismo, vigilancia y política dejan de parecer universos separados. En Azul Bosques, todos terminan compartiendo el mismo cuerpo.

La obra se presentará todos los miércoles. Inició el 22 de abril y estará hasta el 29 de julio de 2026, a las 20:00 horas, en Teatro La Capilla.