Cine/Aún no

“La gracia”

En "La gracia", al presidente de la República italiana, Mariano De Santis, le quedan sólo seis meses para terminar su mandato. De conducta y moral intachable, se espera que este experto jurista apruebe una ley en favor de la eutanasia, a la vez que indulte a dos criminales.
sábado, 28 de marzo de 2026 · 11:16

Los colaboradores de la sección cultural de Proceso, cuya edición se volvió mensual, publican en estas páginas, semana a semana, sus columnas de crítica (Arte, Música, Teatro, Cine, Libros). 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Al presidente de la República italiana, Mariano De Santis (Toni Servillo), le quedan sólo seis meses para terminar su mandato, periodo que en la legislatura de ese país se conoce como semestre blanco (“semestre bianco”), que implica restricciones para tomar ciertas decisiones políticas. 

De conducta y moral intachable, se espera que este experto jurista apruebe una ley en favor de la eutanasia, a la vez que indulte a dos criminales: el esposo que mató a su esposa aquejada de Alzheimer, y la mujer que asesinó a un marino abusador. Viudo desde hace varios años, lo asesora su hija, Dorotea (Anna Ferzetti), especialista también en derecho; los fantasmas del pasado lo acosan mientras solitario recorre el palacio presidencial -llamado El Quirinal-, pues su mujer le habría sido infiel 40 años antes con su mejor amigo. 

Incertidumbre y titubeo acongojan al señor presidente De Santis en esta nueva propuesta del cine de Paolo Sorrentino. La gracia (La grazia; Italia, 2026) se despliega a base de un ritmo binario de duda y paradoja; la bandera de Italia aparece más allá de las nubes, solemnidad que contrasta con la música electrónica en los primeros planos, imagen de anhelo de trascendencia contrapuesta a la banalidad. 

De Santis se mira atrapado en un sinfín de contradicciones que se extienden sobre su desempeño político, la temporalidad de pasado y futuro, su persona pública, la vida privada con una hija que lo mantiene a dieta a base de quinoa y pescado, esa soledad de un hombre en el poder que deambula por salones y corredores de uno de los palacios más bellos de Italia. 

Ante la insistencia de Dorotea para aprobar la eutanasia, De Santis se plantea una auténtica paradoja: Si firma será calificado de insensible ante el dolor humano, y si no firma, como católico que es, será considerado como asesino… imposible reconciliarse con la opinión. 

Sujetarse a los principios ante un mundo que cambia inexorablemente parece una niñería, síntoma del deterioro de la edad. Por momentos resuenan las cuerdas de la experiencia como cuando Dorotea lo acusa de burócrata, y él defiende su postura de que para eso se inventó la burocracia, para darse tiempo y no tomar decisiones precipitadas. ¿Cómo aprobar un crimen horrendo sin caer en la complicidad y dar luz verde a ese tipo de comportamiento? 

Algunos comentarios se muestran exasperados de la repetición constante de temas y situaciones que se equivalen unas a otras, pero el cine de Sorrentino es así, sinuoso y repetitivo, porque da vueltas y vueltas hasta encontrar ese caminito que parecía escondido en la maraña de contradicciones, de sucesos en la vida que son perplejidad pura, como resulta obvio en Fue la mano de Dios (2021). La gracia no es un thriller político que dependa de la acción, sino un drama existencial en un entorno político. 

Se trata de captar el ritmo del proceso digestivo de un hombre que llegó a una cima de poder y ahora se ve al final de su vida, la vejez y enfrentar la muerte. El director de La Grande Bellezza tiene mejor vocación para la comedia que para la tragedia: la paradoja puede ser fuente segura de absurdos y equívocos cómicos que salpican esta cinta, como la desobediencia del presidente que, con un solo pulmón, escapa para fumar a escondidas. 

La gracia, sin embargo, plantea un conflicto trágico sobre el que a veces resonaría algún monólogo de Shakespeare, Enrique IV, por ejemplo, que se queja de lo pesada que puede ser una corona en la cabeza de un rey; Paolo Sorrentino se inclina mejor hacia la belleza y el humor, la fantasía, o el accidente, como ese de un presidente decrépito, el de Portugal, que camina sobre la alfombra roja en El Quirinal mientras una tormenta barre con él y con la alfombra. Apodado Concreto reforzado por su aparente inflexibilidad, y claramente inspirado en la persona de Matarella, el actual presidente real de Italia, Mariano de Santis representa la búsqueda de coherencia en un universo que se desintegra cada vez más rápido. 

 

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