Centenario de Julio Scherer García

Reguero de memorias

Imágenes, sensaciones y nostalgia risueña dan forma al retrato que María Scherer pinta de su padre, Julio Scherer García, que también es un recordatorio de su obstinado amor por la vida, y que aquí recordamos con motivo de los 50 años de Proceso.
martes, 7 de abril de 2026 · 05:00

“Para María, mi terco amor”, escribió Julio Scherer García en la página en blanco de mi ejemplar de La terca memoria. Empecé esta relectura –¿la segunda, la tercera?– con idéntica sensación a la que me invadió cuando él me confió el paquete de hojas escritas a máquina, con las últimas correcciones a mano, antes de entregárselas a su editor: siento que escudriño en la cabeza de mi padre.

Leo sus frases como si lo tuviera enfrente y me estuviera hablando (es por eso que lo releo): “Tengo la certeza de que no hay hombre más libre que el reportero. Los acontecimientos los hace suyos y en esa medida le pertenecen”. Algo así me dijo cuando decidí ser periodista, pese a él, aunque luego se hizo a la idea y me enseñó casi todo lo que sé. Cómo no iba a querer seguir sus pasos si conocí las maravillas de México conversando con él y vi el resto del mundo a través de sus ojos. De los horrores que encontró en sus viajes fui sabiendo conforme crecí. Mi padre no quería que yo fuera reportera para protegerme de ellos.

De niña se me erizó la piel cuando describió cómo se sentía el frío ruso de invierno y me dejó boquiabierta una confidencia: le había costado pronunciar palabra cuando tuvo enfrente a John F. Kennedy y sobre todo a su esposa, Jacqueline. Quise ser periodista para comerme el mundo y ser tan libre como él.

Julio Scherer nunca se cansó de ser reportero. En algunos de sus libros hurgó en sus propios recuerdos. Su obstinada memoria nunca soltó los hechos y tampoco a los protagonistas trascendentales en su historia personal y en la nuestra, la historia de México.

En un viaje a Campeche con sus esposas Susana Ibarra y Emma Cosío, mi padre escuchó a don Daniel Cosío Villegas contestar a un periodista que los sorprendió en la playa: “No tengo más biografía que los libros que he escrito”. Mi padre adoptó esa frase para esquivar a los suyos: no daba entrevistas sobre sus andares porque en la lectura de sus libros estaban las respuestas.

Pero en sus libros están pasajes esenciales de su vida profesional y personal; recuerdos desordenados, vertidos sin orden cronológico, sin otro criterio que lo que su cabeza dictaba a los dedos que se posaban sobre las teclas de su Olivetti. En sus libros están los episodios vitales de los que nunca pudo, o quiso, desprenderse: unos tan públicos como el errático paso de los presidentes, que han entregado un país cada vez más abatido y apesadumbrado a su sucesor, con quien tejen relaciones de complicidad, o tan íntimos como la súplica de mi madre en su agonía: “Batalla para que nuestros hijos se quieran como amigos”.

En mayo de 2024 salieron de la imprenta los primeros ejemplares de Periodismo para la historia, una bellísima antología de la obra periodística temprana de Julio Scherer García, reunida por Rogelio Flores Morales, director del centro de documentación de Proceso, y editada por Grijalbo. La mayoría son textos publicados en La Extra y en Excélsior, entre 1947 y el último, de manera póstuma, en 2015, el año de su muerte. Éstos, hasta hace poco, eran magistrales piezas periodísticas desconocidas para quienes no leíamos “el periódico de la vida nacional” cuando lo era, o quizá estaban enterradas entre los recuerdos de sus lectores de aquellos tiempos.

El 3 de julio, hablando sobre Periodismo para la historia, sentado a la izquierda de Juan Villoro (una inteligencia que mi padre gozaba), el periodista Diego Enrique Osorno dijo que uno de los placeres que le dio la lectura de la antología fue “descubrir a Julio Scherer antes de ser Julio Scherer”.

¿Cuándo se transformó Julio Scherer en este Julio Scherer? Estoy cierta de que su evolución comenzó a finales de los 40, a sus veintipocos años, cuando tomaba clases de Filosofía con el maestro Francisco Carmona Nenclares y conoció, en el Centro Cultural Universitario, a Susana Ibarra, una muchacha delgada, de ojos verdes, inteligente y divertida, que años después fue mi madre y una de las personas que más contribuyó para que el joven Julio Scherer se transformara en el Julio Scherer que admiramos.

Graduado de bachiller, se había inscrito en la Universidad Nacional Autónoma de México. Sería abogado, como lo fue su abuelo Julio García, que llegó a la cumbre de la jurisprudencia. P. Fernández, apodado La Leona —renombrado profesor de Derecho Civil—, le advirtió al nieto del ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación: “Está usted obligado a tener una mente jurídica”. Julio Scherer no la tuvo, pero hizo suya una de las primeras lecciones de La Leona: en nuestro país, con frecuencia, el derecho niega la justicia. Pese a que sólo tomó clases durante unos meses con el maestro, quedó tan impresionado que elaboró sus propias ideas sobre la justicia en México. Recojo una aquí, por su vigencia, mientras el sistema judicial mexicano muta en otro, previsiblemente peor, que nos alejará todavía más de ese anhelo: “El aparato judicial había sido pervertido, la institución del ministerio público tenía tarifa y había jueces que terminaban en mercaderes”.

Pablo Scherer exigió a su hijo que trabajara si había descartado retomar los estudios universitarios. “No sé hacer nada”, reconoció el muchacho, que pasaba la mayor parte del día absorto en sus libros (la lectura fue la mejor herencia de su madre). “Te gusta escribir”, objetó el padre, y lo llevó con su amigo y socio Gilberto Figueroa, gerente de Excélsior. Éste, a su vez, lo envió con el director de la segunda edición de Últimas Noticias, La Extra. La instrucción era nítida: que el joven permaneciera cerca del director, Enrique Borrego. En La Extra apareció poco después la nota periodística inaugural de Scherer, aviso de una espléndida carrera de más de 50 años.

El joven periodista. Foto: Archivo Excélsior.

A partir de aquélla se sucedieron más notas, crónicas, entrevistas y reportajes escritos con sumo cuidado al principio, después con apego y más adelante con obsesión. El estilo de Julio Scherer García fue lustrado no sólo por sus lecturas, sino por la diversidad y la brillantez de sus entrevistados (María Félix, La Doña; José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Juan O’Gorman, Alfonso Reyes, Pedro Infante, Diego Rivera, Francisco Goitia, José Vasconcelos, entre muchos otros) y sus inagotables fuentes de información. Él mismo, pese a una timidez que escondía muy bien, se desenvolvía como un notable, tan cautivador como sus entrevistados.

Su reputación de profesional honesto trascendió en el contraste con la de un hombre que admiró e incluso consideró el mejor periodista de su momento: Carlos Denegri, columnista estrella del Excélsior de mediados del siglo XX. De él aprendió algunas de las destrezas que exige el oficio, pero también supo distanciarse conforme su conducta se tornaba inescrupulosa. En Excélsior y en su gremio, Scherer fue reconocido como la antítesis del periodista tentado por el poder y sus lisonjas.

La ética y la técnica periodística de Scherer fueron solidificándose y sofisticándose, lo mismo que sus intereses. En la esfera cultural el reportero halló un universo infinito frente al angosto mundo de la política, aunque después –fascinado por los hombres que lo ejercen y el poder mismo– se lanzó a explorar América Latina, Washington –el núcleo político del planeta–, Europa, Asia y África, antes de convertirse en el director de Excélsior, poco antes de octubre de 1968.

Fueron décadas de inagotable labor periodística, sin duda, pero también los años en los que mi padre encontró a los compañeros entrañables que lo acompañaron a lo largo de su vida: Vicente Leñero y Enrique Maza, hermanos; “patrimonio de mi alma”, en sus palabras.

Cuando se publicó Vivir, a finales de 2012, mi padre –cosa rara– dedicó el ejemplar que me regaló a mis hijos varones: A Pablo, a quien llamaba amorosamente “mi mejor amigo”, y a Juan María, a quien llevaba yo en el vientre y todavía no tenía nombre. A mi bebé le prometió: “En nuestra historia por vivir, mi amor naciente”.

Ese título arranca Julio Scherer con la mujer con la que compartió la vida, toda. Por casualidad, el 26 de febrero de ese año, la fecha en que hubieran cumplido 60 años de casados, más de dos décadas después de la muerte de mi madre, halló en la televisión La elegida, una película basada en Elegía, uno de los libros de Phillip Roth que leímos él y yo casi al mismo tiempo. La protagonista era atacada por el cáncer, la misma enfermedad que se llevó a mi madre.

Unas páginas después aparecen Vicente Leñero y luego su madre, su padre, sus tres hermanos. Scherer se autoexplora con la profundidad con la que ausculta a sus entrevistados y aventura episodios íntimos sobre sí mismo: sus trucos para sosegar en la natación su autoestima “maltrecha” en el Colegio Alemán, su temprano y huidizo paso por un grupo preparatoriano de sinarquistas –sólo para pertenecer–, o la reacción suya y de mi madre el día que perdió su anillo de casado. Frente a la certeza de ella del mal augurio, él le aseguró que el extravío, más bien, predecía la libertad de ambos. Permanecerían juntos mientras lo quisieran.

De los éxitos periodísticos de Julio Scherer García se sabe casi todo. El más difundido fue uno de los últimos: su entrevista con Ismael el Mayo Zambada, en abril de 2010, cuando el periodista –de 84 años– se lanzó solo a la guarida del narcotraficante, ahora preso en Estados Unidos, después del secuestro urdido por Joaquín Guzmán López.

En Vivir, uno de sus libros más autorreferenciales, Scherer cuenta también algunos de sus descalabros en el ejercicio del periodismo: en 1959 viajó a Rusia para entrevistar al primer ministro Nikita Jrushchov, pero volvió con la libreta en blanco.

Con la misma despreocupación con la que escribió de sus fracasos, mi padre narró episodios que, con algo de mala fe, pudieron haber puesto en duda su honra. El dictador guatemalteco José Miguel Ydígoras Fuentes aseguró que tenía pruebas de que un periodista mexicano era corrupto porque, después de informar sobre el incidente entre ambos gobiernos por el hundimiento de pesqueros mexicanos por navegar aguas que no les pertenecían, le pidió dinero para regresar, mismo que pagaría apenas pisara suelo mexicano. Ydígoras Fuentes nunca divulgó el nombre del periodista. Nada se hubiera sabido si mi padre no lo hubiera revelado. Tampoco sería público que Carlos Hank González, aprovechando la candidez de mi madre, envió regalos a la familia, entre los que figuraron canastas de dulces y hasta una camioneta. Hank supuso que podría penetrar en la vida del periodista a través de su talón de Aquiles: Susana, mi madre.

Algo hay también sobre los miedos de un hombre que nunca fue cobarde, pero se reconocía vulnerable. Reseñó cuando sintió el paso de un ciclón, angustiosamente abrazado a un árbol, mientras observaba con admiración al fotógrafo Daniel Casco, que desafió los vientos. O cuando le pidió ¡a Gabriel García Márquez! que le diera su opinión sobre un cuento suyo, El pirata, que se había animado a escribir, ajeno a la ficción.

Entre los tercos amores de mi padre no puedo omitir a Proceso, su razón de ser. Scherer reseñó varios incidentes de su fundación, como sus conjeturas sobre su distante relación con Abel Quezada, propuesto para integrar el Consejo de Administración de la revista. Quezada, por cierto, adivinó que el semanario, que pronto cumplirá 50 años, tendría una larga existencia. No olvido a sus reporteros ni a colaboradores fraternales, como Carlos Monsiváis, quien le pidió, cuando apenas se conocían, que firmara un desplegado que protestaba por la brutal represión del gobierno contra estudiantes, padres de familia y maestros disidentes del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación en 1968.

En una conversación recogida en el mismo libro, a propósito de las películas de Pedro Infante y Blanca Estela Pavón, Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, Monsiváis le dijo al periodista que si los pobres y los ricos se conocieran terminarían queriéndose. Scherer, de inalterable convicción progresista, respondió que sería posible sólo si los ricos no lo fueran tanto y los pobres lo fueran un poco menos: “... privaría un principio de humanidad. No ocurre así con la inequidad, inmoral e ilegítima en grado extremo”. Ninguno vivió estos años recientes, los de Andrés Manuel López Obrador, que no disminuyó la desigualdad, pero abrió la herida y la hizo más profunda. No son tiempos de entendimiento. En los suyos, Scherer supo penetrar en la vida de personajes insólitos, como Juan Sánchez Navarro, una figura que le resultaba conflictiva por su riqueza. Sin embargo, supieron entenderse, y quererse.

Pocos episodios tan punzantes en la vida de Julio Scherer García como el asesinato de Regina Martínez, corresponsal de Proceso en Veracruz. En abril de 2012 viajó a Xalapa con Rafael Rodríguez Castañeda, Salvador Corro y otros colaboradores de la revista para abrazar a la familia de Regina y exigir justicia al gobernador Javier Duarte.

Regina Martínez en Veracruz. Foto: Octavio Gómez.

Mi padre fue acusado de resentido por haber sido despojado de la dirección de Excélsior; sus malquerientes afirmaban que nunca pudo superarlo y que, entre la noticia y la amistad, sin dudarlo, optaba por la noticia; que frente al periodismo no conocía límite o escrúpulo. Alguno llegó al extremo de asegurar que vendería a su madre por la nota de ocho columnas. Su vida es testimonio de lo contrario.

Mi padre fue un humanitario, un hombre generoso que se entregaba completo a sus amores. “Si no hay compasión para la persona amada, como ninguna otra la vida se extingue”, mecanografió en un legajo. Frente a sus padres primero, frente a sus hermanos y frente a sus hijos y sus nietos, cumplió cabalmente el que consideraba su principal deber: cuidarnos. “Y cuidarlos quiere decir ver por ellos en los momentos extremos, en los que cuentan”. Lo hizo también en los instantes que no valen tanto, pero que alegran los días. Protegió a sus amigos y a sus compañeros de trabajo, y a todo aquel que le expresó su amistad o su cariño. Como a Elena Guerra, su secretaria, a quien escogió, aunque no sabía taquigrafía ni mecanografía, pero era una mujer que contagiaba su serenidad y su entereza.

No podría haber vivido con resentimiento quien se desprendió de una herencia, como lo era Excélsior, para encabezar una creación, como lo fue Proceso (parafraseo al doctor Carlos Quijano). Los fundadores de la revista vieron claro, en efecto: en el mismo 1976, año del despojo de Echeverría, concibieron un medio modesto, innovador y agresivo. Los tacharon de catastrofistas, frustrados y agoreros de todos los males porque informaban con puntualidad del México que se nos iba de las manos frente a la indolencia y la incapacidad del mandatario en turno.

En 1996 Julio Scherer García dejó la dirección de Proceso. Estaba convencido de que había que dejársela a la siguiente generación de periodistas. Durante los siguientes 17 años, sin dejar de ser reportero, se robusteció como un espléndido escritor, de prosa directa y limpia, sin adornos. En su estudio, donde ocupaban lugares importantes una estatua del general Lázaro Cárdenas, las fotos de mi madre y algunas mías y de mis hermanos, trabajó en sus siguientes 15 libros. Después, su cuerpo empezó a rebelarse.

Octavio Paz, a punto de morir, le contó a Scherer que del cuello para arriba todo estaba en orden, pero del cuello para abajo reinaba el caos. “¿De qué vale la cabeza sin el cuerpo? ¿Cómo hallas la serenidad de la cabeza sin el reposo del cuerpo?”, deploró el Nobel. Esa conversación fue premonitoria. Fueron inclementes los últimos años que vivió mi padre, tan lúcido como aquejado de dolores de pies a cabeza.

Octavio Paz. Foto: Ulises Castellanos.

Aun así, siguió apareciéndose en Proceso hasta el año previo a su muerte. Cuando no pudo hacerlo más, se animaba cuando recibía visitas de sus compañeros de la revista. El 7 de diciembre de 2014 se publicó su último artículo, dedicado a Vicente Leñero. Estoy segura de que le hubiera gustado morir antes que él. Lo hizo un par de meses más tarde.

Los últimos días de diciembre de 2014 mi padre acariciaba y besaba la mano de Gabriela, mi hermana. Sabían que su muerte se aproximaba. No lo apesadumbraba la muerte. Le daba tristeza tener que despedirse de nosotros.

Hace falta, pero siempre tendremos sus palabras, sus entrevistas, sus reportajes, tragaluces que conduce al corazón, el alma y la mente de Julio Scherer García, periodista íntegro y ser humano irremplazable, que sólo temía al juicio de quienes lo amamos.

 

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