Internacional

El coronel que no quería matar al cura guerrillero Camilo Torres

Hace 12 años Proceso habló con el general Álvaro Valencia, cuyas tropas dieron de baja, en combate, a Camilo Torres, su amigo de infancia. Al cumplirse el 60 aniversario de la muerte del cura guerrillero recuperamos aquella charla con el militar, quien falleció en julio de 2014.
domingo, 1 de marzo de 2026 · 07:00

BOGOTÁ (Proceso).- En agosto de 1965, cuando el coronel Álvaro Valencia Tovar fue nombrado comandante de la Quinta Brigada del Ejército, con sede en la nororiental ciudad colombiana de Bucaramanga, su amigo, el siquiatra José Gutiérrez, lo visitó en su oficina en Bogotá y le dijo:

“Cuidado y te encuentras con Camilo, que puede andar por allá”.

Fue un comentario espontáneo, en tono de broma. Los dos conocían muy bien y habían sido muy amigos del cura Camilo Torres.

Valencia Tovar incluso se ufanaba de que el padre del sacerdote, el médico pediatra Calixto Torres Umaña, le había salvado la vida al curarlo de una enfermedad cuando era niño.

A mediados de 1965, Camilo Torres había iniciado una gira nacional para impulsar el Frente Unido, una coalición opositora de izquierda que aspiraba a organizar a las clases populares de Colombia para tomarse el poder.

Esa alianza, que congregaba a comunistas, cristianos, guevaristas, liberales, conservadores trotskistas, maoístas e independientes, sumaba con rapidez miles de adeptos en todo Colombia.

“Él está desarrollando su movimiento urbano y eso lo tiene muy ocupado”, comentó Valencia Tovar a Gutiérrez aquella tarde de agosto mientras ambos se tomaban un café en la oficina del coronel.

Coronel Valencia Tovar. Amistad con Camilo Torres. Foto: Especial.

Más que por su plataforma ideológica, el Frente Unido tomaba fuerza por el carisma y los febriles discursos de cura católico sobre cristianismo y revolución.

Camilo era un pionero de la Teología de la Liberación y había cobrado notoriedad en Latinoamérica a mediados de 1965, cuando la jerarquía católica colombiana lo suspendió del sacerdocio por su activismo político izquierdista.

El siquiatra José Gutiérrez sabía que el cura había comenzado su gira nacional en Santander, precisamente el departamento sobre el que tendría jurisdicción el coronel Álvaro Valencia Tovar como comandante de la Quinta Brigada del Ejército.

Sabía, también, que el religioso pronto iría a Bucaramanga, la capital del departamento de Santander, para encabezar un mitin en una plaza pública y reunirse con sindicalistas, estudiantes y dirigentes sociales.

Pero ni Gutiérrez ni Valencia Tovar creyeron en realidad que su amigo común, el cura convertido en dirigente político y que meses después se iría al monte como guerrillero, se encontraría con el coronel en Bucaramanga.

Esta anécdota fue recordada por Valencia Tovar durante una larga charla con Proceso en diciembre de 2013. El entonces general retirado tenía ya 93 años y habría de morir siete meses después, el 6 de julio de 2014.

En la sala de su casa, Valencia Tovar relató cómo la vida lo puso, por azar, como adversario militar de su amigo Camilo Torres y como el comandante de las tropas que dieron de baja al primer cura guerrillero que registra la historia latinoamericana.

El general retirado aseguró que aunque las guerrillas y las organizaciones de izquierda lo acusaron de ser el verdugo de Camilo, a él jamás se le pasó por la cabeza que una patrulla militar bajo su mando se toparía el 15 de febrero de 1966, hace 60 años, en las montañas de Santander, con el cura que unas semanas antes había dejado la sotana para hacer la revolución con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

“La operación que yo monté no era contra él”, afirmó el militar.

Pero el ELN, que hoy es la guerrilla más grande y poderosa de Colombia y América Latina, con unos ocho mil hombres en armas en Colombia y Venezuela, nunca creyó esa versión.

El 8 de octubre de 1971, un comando de ese grupo rebelde realizó en Bogotá un atentado contra el militar en el que casi pierde la vida. Resultó herido de dos disparos.

 

Caminos paralelos

La relación de Valencia Tovar con Camilo Torres había comenzado cuando eran niños. Sus familias formaban parte de la cúpula social bogotana y de la élite liberal y conservadora que detentaba el poder en Colombia. El padre del futuro cura, Calixto Torres Umaña, era un respetado médico pediatra con estudios en la Universidad de Harvard.

Cuando Valencia Tovar era un niño de siete años y estaba afectado por una fiebre tifoidea que ningún médico podía controlar, su madre llamó al doctor Torres Umaña.

El general recordaba muy bien esa escena:

“Él llegó, me puso la mano en la frente y le dijo a mi mamá, ‘deme una tinaja de agua fría que este muchachito se está carbonizando’. Pero en esa época echarle agua fría un afiebrado era como matarlo. Mi mamá se espantó. Estaba aterrada”.

—¿Pero cómo le va a echar agua fría al niño, si tiene fiebre? —dijo la señora al médico.

—Mire señora, si no le echo agua fría al niño, se le muere.

“Me echaron la tinaja de agua fría y eso me salvó. El papá de Camilo me salvó la vida”, contó Valencia Tovar durante la entrevista.

Muchos años después, cuando Camilo Torres era un seminarista a punto de ordenarse, en 1954, sus superiores lo enviaron a dar clases de “moral religiosa” al batallón Miguel Antonio Caro de la Escuela de Infantería del Ejército, de la cual Valencia Tovar, que tenía el grado de capitán, era comandante.

“Habíamos sido amigos de niños y ahí nos volvimos a ver”, señaló el militar.

Tras ordenarse como sacerdote diocesano, Camilo Torres viajó a Bélgica a estudiar sociología en la Universidad Católica de Lovaina. Y Valencia Tovar, quien había sido comandante de un batallón que envió Colombia a la Guerra de Corea entre 1951 y 1953, siguió ascendiendo en la estructura del Ejército. En 1959 obtuvo el grado de teniente coronel.

Era un oficial estudioso, experto en historia, que vivía entre la academia y los cuarteles. Tras regresar de Corea, donde aprendió una concepción “más integral” de la guerra —en la que “no todo depende de las armas”—, el alto mando lo envió a combatir los remanentes de las guerrillas liberales en el oriental departamento de Vichada.

“Pacifiqué el Vichada con mis propias teorías, que se apartaban bastante de la ortodoxia de la época. Tuve problemas por eso con mis superiores. Para mí la guerra no era medible en bóvedas mortuorias y litros de sangre. Para mí era un asunto de recuperación de territorios ganándonos a la población. Yo tenía que recuperar a la gente con trabajo social, no recuperar fusiles y matar a 10 o 15 guerrilleros”, señaló.

Camilo Torres regresó a Colombia en 1959, tras graduarse como sociólogo en Lovaina. El 1 de enero de ese año había triunfado la Revolución cubana que convertiría a Fidel Castro y a Ernesto Che Guevara en símbolos que encendieron el fervor insurreccional en las universidades de América Latina.

 

Cristianismo y revolución

Camilo fue nombrado ese año capellán asistente en la Universidad Nacional (UN), la mayor y más combativa universidad pública de Colombia. Además, comenzó a dar clases de sociología en la Facultad de Economía y con sus estudiantes desarrolló un proyecto comunitario en el barrio bogotano de Tunjuelito, donde la mayoría de la gente enfrentaba la extrema pobreza.

El religioso consideraba que “la pobreza es un estado escandaloso que no debe existir”. En sus viajes por Europa, cuando estudiaba en Lovaina, había tenido contacto con curas del Movimiento de Sacerdotes Obreros y con Marguerite-Marie Olivieri, una joven francesa que colaboraba con el Frente Nacional de Liberación de Argelia en París y asistía a inmigrantes norafricanos.

Ella, a quien sus amigos llamaban Guitemie, no sólo era bella y vital, como Isabel Restrepo, la madre de Camilo, sino además era una activista católica comprometida con la liberación de Argelia, una causa revolucionaria y anticolonial de esa época.

“Su encuentro con Guitemie fue determinante porque ahí Camilo se dio cuenta de que se podían unir dos conceptos: cristianismo y revolución”, dijo a este medio el exsacerdote y escritor australiano radicado en Colombia, Walter J. Broderick, autor de Camilo, el cura guerrillero y considerado uno de los más acuciosos biógrafos del religioso.

En 1960, junto con su amigo Orlando Fals Borda, Camilo fundó la Facultad de Sociología en la UN, desde donde criticaba la inequidad social en Colombia.

“Teníamos una postura muy similar frente al origen social de los problemas del país y sobre lo que estaba ocurriendo. Había que atacar la pobreza para combatir la violencia. Pero en aquella época él no pensaba que la lucha armada era una solución”, dijo el militar en la entrevista con este medio.

En la UN, Camilo vivió un proceso de radicalización política y comenzó a sintonizar el evangelio cristiano con las ideologías marxistas. En 1962, durante una misa en la capilla de la UN para para recordar una matanza de estudiantes ocurrida en 1954, el sacerdote dijo que esos jóvenes habían muerto en defensa de sus convicciones, y por tanto, aunque fueran comunistas y no cristianos, habían logrado la salvación eterna.

Unos días después, el cardenal bogotano Luis Concha lo destituyó como capellán auxiliar de la UN, le prohibió continuar sus labores académicas en esa casa de estudios donde florecían proyectos revolucionarios, y lo designó párroco de la iglesia La Veracruz con la esperanza de que se concentrara en oficiar misas, recaudar limosnas y confesar a la feligresía.

Pero el cura de familia aristocrática era un hombre de acción, atípico y en sintonía con la agitación intelectual de la época. La influencia de la Revolución cubana se esparcía por América Latina. En Colombia, único país de la región donde nunca se concretó una reforma agraria, el bipartidismo liberal-conservador cerraba el paso a nuevos actores políticos.

Y en Roma, el papa Juan XXIII instalaba en octubre de 1962 la primera sesión del Concilio Vaticano II para impulsar una renovación de la Iglesia católica, adecuarla a los nuevos tiempos y acercarla a los fieles.

En la parroquia de La Veracruz, Camilo mantuvo su proyecto en Tunjuelito y daba cursos de productividad a campesinos en todo el país. Además, era miembro de la Junta Directiva del recién creado Instituto de Reforma Agraria (Incora) y catedrático de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP), donde colocó como su secretaria a Guitemie Olivieri, quien lo había seguido a Colombia.

Valencia Tovar, que estaba encargado de los programas educacionales del Ejército, lo visitó por esos días en su oficina del ESAP para proponerle que capacitara a sus oficiales en desarrollo comunitario y recreación campesina para inculcar en ellos la sensibilidad social que buscaba el militar en sus soldados.

“Camilo me dijo: ‘mono (güero en argot colombiano), estos cursos pueden ser una buena ayuda para tus hombres, ¿por qué no me mandas unos oficiales que participen?”, recordó el general.

Valencia Tovar tenía muy presente de ese encuentro la inseparable pipa de Camilo. “Me hablaba con la pipa en la mano, una pipa que tenía un anillo de plata entre el cuerpo y la boquilla. Fue muy atento conmigo, platicamos largo”.

 

Días de revolución

En 1964 Camilo Torres tenía 35 años y comenzaba a ser conocido en todo el país como un cura rebelde y muy carismático. Broderick recordó que tanto las estudiantes como las señoras de la élite bogotana lo acosaban. Y generaba una gran cercanía entre la gente.

“Era alto, varonil, apuesto y muy alegre. A todo mundo encantaba. Su comportamiento no era el de un cura tradicional. Tomaba trago (whisky, aguardiente), cantaba vallenatos... desde la universidad hubo muchos chismes sobre sus amigas y sus parrandas. Y en los barrios la gente lo veía como un mesías. Era vanguardista en muchos aspectos”, indicó Broderick.

Como directivo del Incora, el cura se dio cuenta de que la cerrazón política y el conservadurismo de la élite colombiana haría imposible hacer una real reforma agraria que aliviara la miseria en el campo.

Y precisamente con una plataforma que pedía en primer lugar una reforma agraria surgió en 1964 la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Fue la respuesta a la Operación Marquetalia que desató el Ejército ese año para exterminar a las guerrillas liberales en el suroccidental departamento de Tolima.

El coronel Valencia Tovar, que era jefe de operaciones del Ejército, fue uno de los principales responsables de esa acción militar financiada y asesorada por Estados Unidos.

De acuerdo con Broderick, la Operación Marquetalia tuvo “una influencia decisiva en la vida de Camilo porque, al ver cómo el Ejército trataba de aniquilar a un puñado de campesinos en armas que luchaban por un pedazo de tierra, le pareció inmoral quedarse de brazos cruzados sin pasar a la acción”.

Camilo buscó contactarse con las nacientes FARC para acompañar su lucha desde Bogotá, pero sus amigos del Partido Comunista, que ejercía una influencia decisiva en la nueva organización armada, le impidieron todo contacto con los sublevados. No querían un cura humanista metiendo las narices en esa guerrilla revolucionaria que abrazaba el marxismo-leninismo.

El 7 de enero de 1965 la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) irrumpió en Colombia con un ataque a Simacota, un municipio del nororiental departamento de Santander.

En esa acción participaron 27 hombres al mando del comandante Fabio Vásquez Castaño, quien se había formado política y militarmente en Cuba y contó con el apoyo del Che Guevara y Fidel Castro para fundar el nuevo grupo rebelde.

Guevara y Castro. Apoyo revolucionario. Foto: Archivo Proceso.

Era una organización de jóvenes, urbanos y universitarios en su mayoría, que apelaba a la unidad de obreros, campesinos, estudiantes, pequeños y medianos productores, y el pueblo liberal y conservador, “para derrocar la oligarquía” de los partidos Liberal y Conservador.

 

La opción armada

Camilo Torres de inmediato simpatizó con el ELN y envió mensajes a Vásquez Castaño buscando una reunión. El país vivía una severa crisis económica por la caída de los precios del café, principal producto de exportación en la época, y por la devaluación del peso.

El cura lanzó una convocatoria pública para crear un movimiento de masas pluralista “capaz de tomar el poder”. Dijo que Colombia necesitaba una “unión revolucionaria por encima de las ideologías”.

El 29 de junio de 1965, el cardenal bogotano Luis Concha acusó a Camilo de haberse apartado “conscientemente de las doctrinas y directivas de la Iglesia católica”.

Y Camilo Torres divulgó una carta en la que señaló que sería sacerdote eternamente, que seguiría sirviendo al prójimo desde el cristianismo y que Colombia necesitaba una revolución laica, católica y plural a la que empeñaría su vida. Por último, pidió ser liberado de sus obligaciones clericales.

Esa declaración causó impacto en todo el país y lo consolidó como una popular figura nacional.

Los primeros días de julio, Vásquez Castaño, el comandante del ELN, lo contactó a través de un emisario para que viajara clandestinamente a las montañas de Santander a fin de reunirse con él. Camilo quedó impactado por la recia personalidad e impronta revolucionaria del jefe guerrillero, a quien le expresó su deseo de unirse a la organización.

Quedaron en que, en el momento propicio, Fabio Vásquez Castaño lo llamaría para que se integrara a las filas del ELN. Pero mientras, debía regresar a las áreas urbanas a construir el movimiento de masas que había proyectado.

Dos meses después, Vásquez Castaño consideró que el Frente Unido no conduciría a ninguna parte por la falta de articulación de ese movimiento urbano con la insurgencia rural. Por ello envió un mensaje a Camilo en el cual le ordenaba viajar al monte el lunes 18 de octubre para incorporarse a la guerrilla.

El cura y Guitemie se despidieron ese día a pesar del deseo de ella de acompañarlo. Pero el comandante Fabio no admitía mujeres en el campamento. Un vehículo recogió esa noche a Camilo en una calle del norte de Bogotá para conducirlo a Santander. Sólo llevaba su pipa, una biblia y un viejo suéter negro.

Al día siguiente de llegar al campamento guerrillero, Camilo recibió un uniforme verde olivo con el brazalete del ELN y un revólver Colt calibre .38. Fabio Vásquez Castaño le asignó el nombre de guerra de "Argemiro".

El país y el coronel Valencia Tovar supieron de la incorporación de Camilo a la guerrilla el 7 de enero de 1966, cuando una proclama escrita por él fue publicada por los vespertinos de Bogotá. Junto a ella, los diarios publicaron una borrosa fotografía de un insurgente barbado que portaba un fusil prestado. Era el cura guerrillero. Fabio y el insurgente Víctor Medina estaban junto a él.

Valencia Tovar se acordó de la frase que había pronunciado el siquiatra José Gutiérrez tres meses antes en Bogotá:

“Cuidado y te encuentras con Camilo, que puede andar por allá”.

 

Patio Cemento

El general retirado dijo a Proceso en diciembre de 2013 que al ver la fotografía de Camilo en los diarios quedó muy sorprendido. Él lo hacía recorriendo el país con el Frente Unido. “Pero ahí, en esa foto, vi que estaba en la guerrilla que estaba yo combatiendo”.

En ese momento, recordó el general, ya estaba en marcha un operativo militar en la zona santandereana de San Vicente de Chucurí cuyo objetivo, según Valencia Tovar, era impedir que los campesinos de esa región montañosa y selvática fueran involucrados en la guerra de guerrillas.

La mañana del 15 de febrero de 1966 Camilo se aprestaba a participar en su primer combate como guerrillero. El plan de Fabio era emboscar a una patrulla militar que el coronel Valencia Tovar había enviado a la zona “para repartir folletos y cartas en las casas campesinas, para que no le hicieran caso a quienes promovían la guerra”.

Fabio y una veintena de combatientes del ELN esperaban al pelotón en un paraje selvático conocido como Patio Cemento. Estaban mimetizados entre el follaje, dispersados en una formación de unos 130 metros, en silencio, asidos a una larga cuerda por medio de la cual, con un tirón, el vigía de un extremo daría aviso cuando los soldados estuvieran en el área de la emboscada

Los guerrilleros no sabían que el jefe de la patrulla militar, el subteniente Jorge González Alarcón, había dado la orden de marchar en tres escuadras, de nueve soldados cada una, y que los de la primera caminarían a una distancia de diez metros uno de otro.

Era parte de las modernas tácticas de combate que le enseñaba a su tropa el coronel Valencia Tovar y que éste, a su vez, había aprendido de los instructores estadunidenses que asesoraban al Ejército colombiano en lucha contrainsurgente.

Cuando el vigía divisó a los dos primeros soldados, tiró la cuerda. Y aunque se dio cuenta de que el resto del pelotón venía muy atrás, ya no pudo hacer nada. Vásquez Castaño, quien tenía a Camilo a su lado, saltó a un costado y accionó su ametralladora Madsen. Fue secundado por los guerrilleros. Camilo, según Broderick, disparó su revólver hasta vaciar el cilindro.

Foto contemporánea de un miembro del ELN. Foto: Europa Press.

De acuerdo con Valencia Tovar, los guerrilleros “me tumbaron al comandante de la patrulla, que quedó herido gravemente, a un sargento de apellido Castro, que era el reemplazante y que quedó herido levemente en un brazo, y a tres soldados más”.

“Pero los soldados se tiraron a tierra, se escondieron tras los árboles y contestaron el fuego. Un muchacho con un fusil-ametralladora repelió muy bien la emboscada. Y las dos escuadras que marchaban atrás de la primera prepararon un contraataque”.

Valencia Tovar sostuvo en su relato que Vásquez Castaño y Camilo Torres “se abalanzaron sobre los soldados caídos para quitarles los fusiles, pero el sargento herido en el brazo izquierdo les hizo una ráfaga con una carabina automática. Camilo cayó al suelo y Vásquez Castaño corrió al follaje”.

El combate en Patio Cemento cesó cuando los guerrilleros sobrevivientes se habían replegado hasta perderse entre la selva. La patrulla militar que pensaban emboscar acabó por dominar el campo de batalla. Seis guerrilleros y cuatro soldados estaban muertos.

Camilo Torres, el cura guerrillero, yacía bocabajo, con una herida en el hombro y otra cerca del corazón, ambas mortales. Su agonía duró unos cuantos segundos.

Valencia Tovar se enteró de la emboscada en el cuartel de Quinta Brigada en Bucaramanga a través de un mensaje radial. Le dijeron que entre los guerrilleros muertos había uno “más grande y más blanco que los demás”. Quiso volar a la zona en helicóptero, pero una cerrada neblina en la montaña se lo impidió. El coronel esperó con impaciencia en su despacho la llegada de más noticias.

Por la tarde, el sargento Castro lo llamó por teléfono desde la base militar El Centenario, que era la más cercana a Patio Cemento.

—¿Cómo es el individuo que usted me dice que es diferente a todos? —le preguntó el coronel.

—Es alto, corpulento, blanco, con barba…

—¿Le revisaron los bolsillos?

—Sí, mi coronel.

—¿Qué llevaba?

—Unas cartas en otro idioma (en francés, idioma en que se escribía con Guitemie Olivieri).

Valencia Tovar se preguntó quién podía tener en una guerrilla campesina cartas en otro idioma. “De inmediato pensé: es Camilo, ése va a ser Camilo”.

—¿Y este individuo tenía una pipa en el bolsillo? —cuestionó al sargento.

—Sí.

—¿Con un anillo de plata?

—Sí, mi coronel.

Valencia Tovar dijo a Proceso que colgó el teléfono sabiendo que el guerrillero de la pipa era su amigo Camilo Torres. Recuerda que se paró frente a la ventana de su despacho y observó que caía la noche en Bucaramanga. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. Era el 15 de febrero de 1966, hace 60 años.

—¿Y qué sintió en ese momento?

—Angustia, amargura, tristeza... Pensé: éste es el muchacho cuyo padre me salvó la vida. Imagínese la tragedia humana que había detrás de semejante cosa.

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