La caída de Maduro
“Mucha gente está feliz porque Trump se llevó a Maduro, pero es incapaz de pronunciar esa felicidad”
Luna Perdomo, periodista venezolana experta en derechos humanos y migración, relata el inicio de la invasión estadunidense que terminó en el secuestro de Nicolás Maduro. También describe una Venezuela entre el alivio contenido por la caída del dictador y el temor a las represalias del chavismo.CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– El secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, mediante un operativo militar de invasión estadunidense, abrió un escenario inédito de incertidumbre y tensión en la nación sudamericana.
En las horas posteriores a la captura, entre los venezolanos rondaba una especie de alivio por el hecho de que el dictador –heredero del régimen de Hugo Chávez– ya no estaba en el país, pero ese consuelo también se mezclaba con el temor a posibles represalias de parte de lo que queda del gobierno chavista y con desasosiego sobre el alcance de la intervención estadunidense y su papel en lo que sigue.
En la madrugada de ayer 3 de enero de 2026 una serie de explosiones y el sobrevuelo de aeronaves marcaron el inicio de la operación militar del presidente Donald Trump sobre Venezuela, que culminó con la caída de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, así como el traslado de ambos fuera del país. Los ataques alcanzaron instalaciones militares venezolanas, con reportes de detonaciones en bases como Fuerte Tiuna y La Carlota. Además, se reportaron otras explosiones en dependencias militares en La Guaira, Higuerote, Charallave y otros puntos de Caracas.
En El Junquito, a poco más de una hora en carro de La Guaira, Luna Perdomo, periodista venezolana especializada en derechos humanos y migración, se había acostado pasada la medianoche. Para ella todo comenzó con el sonido de una explosión, un estruendo fuerte y cercano que, en un primer momento, pensó que provenía del techo de su casa. Aún en la cama, el ruido volvió pero distinto: el paso continuo de aviones hacía un escándalo persistente que no se parecía a nada habitual.
Abrió los ojos y, antes de cualquier confirmación, la idea se le impuso con claridad: “Estados Unidos ya entró a Venezuela”.
En entrevista con Proceso, relata que se levantó de inmediato, se puso los zapatos y salió al patio. Desde ahí, con vista al mar Caribe, observó “una cortina de humo amplia” sobre el estado de La Guaira, donde el puerto y una base militar fueron atacados.
Aunque el cielo estaba despejado, con luna llena y estrellas, las aeronaves no se veían, sólo se escuchaban de manera constante mientras la madrugada avanzaba.
Al mismo tiempo su teléfono empezó a llenarse de mensajes, en el grupo de trabajo de la periodista alguien escribió: “Están bombardeando”. Otra compañera respondió que sí, que había fuego en Caracas, cerca del Palacio de Miraflores y en el complejo militar de Fuerte Tiuna, una de las zonas militares más importantes del país, donde se encontraba Maduro cuando las fuerzas especiales estadunidenses ejecutaron el asalto.
Entonces, empezó a circular un dato que contrastaba con el discurso oficial de control militar sostenido por el gobierno de Maduro durante años: colegas de Perdomo difundieron que militares en una base aérea de Caracas no estaban respondiendo con despliegues defensivos, sino que salían a refugiarse.
Los militares en esa base aérea salieron a esconderse, la mayoría en un centro comercial que estaba cerca, en la planta baja –describió ella.
De acuerdo con esos reportes, varios militares no salieron siquiera uniformados: algunos lo hicieron en shorts y medias, aun encontrándose dentro de instalaciones militares en plena madrugada del ataque.
Todo ese intercambio de información ocurría mientras las detonaciones seguían marcando el ritmo de la madrugada. “Sentías las explosiones, como que paraba un momentico y volvía otra vez esa ráfaga”, dice.
Horas después, el presidente estadunidense confirmó públicamente la captura de Maduro y de Flores tras la operación nocturna, que fue presentada por la Casa Blanca como un despliegue quirúrgico que incluyó recursos militares y de inteligencia a gran escala.
Un país incrédulo
Para Luna Perdomo, que ha cubierto durante años la política venezolana, la intervención militar estadunidense no era un escenario que considerara inminente. “Siempre dudé que Estados Unidos fuese a entrar a Venezuela; tenemos 26 años con este gobierno, mucha gente ha dicho ‘vamos a ir, vamos a hacer algo’ y no pasa nada”. En su opinión, ese discurso funcionó durante años como un mecanismo de intimidación, no como una amenaza real.
En los meses previos a la invasión y secuestro, el gobierno de Maduro se mostraba confiado. El propio presidente adoptó una postura de confrontación abierta frente a la amenaza intervencionista, sobre todo después de que Estados Unidos aumentó a 50 millones de dólares la recompensa por información que llevara a su captura.
Pero el tono envalentonado no duró. Perdomo describe un cambio progresivo en el mensaje presidencial: “Después fue bajando el nivel de su discurso”.
Maduro pasó de la provocación abierta a llamados al diálogo y a la paz, e incluso comenzó a insistir, en inglés, en mensajes como “No war, yes peace”.
En las semanas previas al despliegue militar estadunidense sobre territorio venezolano, ese giro en el discurso presidencial incluyó señales explícitas de apertura hacia EU. El dictador adoptó una posición ambivalente que mezcló la retórica de resistencia con gestos de apertura económica y diplomática hacia Washington.
El sucesor de Hugo Chávez afirmó que Venezuela estaba “lista para la inversión estadunidense”, mencionó a empresas como Chevron y propuso un “acuerdo serio de combate contra el narcotráfico”. También se mostró dispuesto a dialogar directamente con la administración de Trump para evitar una escalada militar.
Además, apeló a la mediación internacional y se comunicó con el secretario general de la ONU, António Guterres, para advertir sobre la tensión creciente y solicitar una salida diplomática. Nada de eso frenó la operación estadunidense en territorio venezolano.
La “dieta de Maduro”
“Creo que sí se esperan días difíciles”, advierte Perdomo. Ella cuenta que, desde la madrugada de ayer hasta el cierre de esta publicación, algunas zonas de Caracas permanecían sin electricidad. El sonido de los aviones desapareció, pero su efecto permanece.
La reacción de la población ante la operación estadunidense fue salir a los supermercados para abastecerse de provisiones. En la opinión de la periodista venezolana, lo anterior no se trató de pánico improvisado, sino de una conducta aprendida:
Aquí en Venezuela la escasez de comida marcó mucho a la gente, sobre todo en 2017, cuando hubo la mayor crisis.
Desde entonces, dice, sus compatriotas “siempre tratan de estar abastecidos para no pasar más hambre”.
Recuerda que en ese año la crisis alimentaria dejó de ser un problema intermitente y se convirtió en una emergencia humanitaria con efectos físicos masivos en la población, pues los venezolanos perdieron en promedio 11 kilos, fenómeno que dio origen al término coloquial de la “dieta de Maduro”.
Este 3 de enero, además de las compras de pánico registradas, las estaciones de gasolina –en un país con escasez de combustible y venta regulada, pese a ser potencia petrolera– se vieron colapsadas y consolidaron la reacción colectiva como una respuesta lógica de previsión construida a partir de experiencias previas de escasez prolongada.
Pero el ánimo no fue sólo de urgencia. Perdomo describe algo más complejo en las horas posteriores a la captura del dictador… “Mucha gente está feliz de que Trump se haya llevado a Maduro, pero es incapaz de pronunciar esa felicidad”.
No se trata de euforia ni de celebración abierta, sino de una sensación contenida; la gente, explica la periodista, evita expresar lo que siente ante la salida del dirigente por las consecuencias que eso puede tener.
En ese contexto el miedo tiene nombre. Poco después de la detención de Maduro, apareció el ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz, Diosdado Cabello Rondón –a quien la entrevistada identifica como “el hombre más temido de Venezuela”–, pidiendo a la población que exigiera a Estados Unidos una fe de vida de Maduro y de su esposa, y que reclamara su regreso. Calificó la operación como un “ataque criminal y terrorista” y llamó a no “facilitarle las cosas al enemigo”.
Luna Perdomo relata que en zonas afines al gobierno salieron los llamados colectivos –grupos civiles armados– con la intención de intimidar y evitar que la población saliera a las calles a celebrar. Aunque la presencia fue breve y posteriormente se replegaron, contribuyó a reforzar la cautela y el silencio. La felicidad, dice, quedó contenida; el miedo, activo.
Aunado a eso, Cabello se dejó ver en las calles de Caracas rodeado de militares y policías, con chaleco y casco antibalas proyectando una imagen de control y continuidad. Aseguró que el chavismo resistiría y que las instituciones de seguridad se mantenían en máxima alerta.
Lo que no apareció fue el respaldo masivo, no hubo despliegue militar visible, no hubo multitudes.
No hay equipos militares en la calle, hay una soledad que recuerda a los primeros días de enero, pero con un peso político distinto –asegura Perdomo.
El poder sin gente
Durante años el gobierno chavista aseguró que el pueblo estaba dispuesto a defender a Maduro, a salir en armas; la propaganda del mandatario venezolano promovía entrenamientos militares, discursos, llamados a la movilización.
“Eso no se cumplió; ellos (el régimen), desde esta madrugada pidieron a la gente salir a las calles y no hay ni media cuadra de personas reunidas en favor de Maduro”, dice.
Agrega que ni siquiera los militares respondieron como se esperaba, lo que terminó por resquebrajar, en silencio, la imagen de control.
Lo ocurrido dejó al descubierto lo que antes funcionaba como un amague. La periodista explica que durante años gran parte de las personas que salían a las calles a respaldar al gobierno eran trabajadores de dependencias públicas, obligados a asistir a las movilizaciones. Comparte que a muchos de ellos se les pagaba un bono, se les entregaba una bolsa de comida o se les condicionaba laboralmente para que participaran en los apoyos públicos.
Ya no hay ese amague –asegura–. Ahora se va a ver el verdadero y genuino apoyo a Maduro.
Cautela ante la intervención de Trump
Junto con el alivio contenido por la salida de Maduro, Perdomo identifica una cautela extendida frente al papel que asumirá Estados Unidos en el país sudamericano. “La gente está feliz después de que Trump dio esta rueda de prensa en la que dice que estarán en Venezuela hasta que se concrete una transición pacífica”, pero esa declaración no despeja las dudas, considera.
En la población comenzaron a circular preguntas inmediatas: “¿Será que Trump va a mandar directamente? ¿Será que va a estar en el poder sólo en la transición política a un nuevo gobierno?”.
Entre los nombres que se mencionan para encabezar este cambio está el de Edmundo González Urrutia, candidato de la Plataforma Unitaria Democrática en las elecciones presidenciales de 2024, quien se encuentra en España tras salir del país por la persecución política de Maduro, y cuyo triunfo es reivindicado por la oposición venezolana y por una parte de la comunidad internacional.
También aparece el nombre de María Corina Machado, una de las principales representantes de la oposición y ganadora del Premio Nobel de la Paz 2025, quien ha sostenido públicamente que trabaja para una transición política en Venezuela.
Laura Perdomo considera que, aunque existe rechazo al gobierno de Maduro, tampoco hay disposición de entregar todo a Trump.
La gente tampoco quiere entregarle el país a Estados Unidos, hay un temor por convertirse en una especie de Puerto Rico, porque tampoco se quiere ser una colonia de los Estados Unidos.
Esa ambivalencia entre el alivio y la reserva atraviesa las conversaciones cotidianas. Perdomo recuerda que el propio discurso de Maduro había insistido durante años en que Estados Unidos buscaba un cambio de régimen para apropiarse de las riquezas del país, particularmente del petróleo, los minerales y el oro.
Ese argumento, aunque asociado al oficialismo, sigue presente como preocupación en sectores de la población que rechazan a Maduro, pero desconfían de una ocupación prolongada.
Así, en los ojos de esta venezolana, la intervención es vista como un punto de quiebre, pero no como un cierre. La expectativa de una transición convive con la pregunta sobre los límites del poder estadunidense y sobre quién tomará y bajo qué condiciones las decisiones en el país.
Temor a un segundo ataque
Luna Perdomo no habla desde la distancia, lo hizo desde el terreno, desde la madrugada, el sonido, el miedo y desde la lectura profesional.
“Todavía me cuesta creerlo”, admite al hablar sobre el momento en el que vio la primera foto publicada por Trump con Maduro detenido. Ella sigue esperando más pruebas, más imágenes, más certezas.
Observa el silencio, la falta de movilización, el miedo que impide celebrar y la expectativa que paraliza a la población. Recuerda que Trump advirtió que podría haber un segundo ataque, que no permitiría que figuras del oficialismo permanecieran en el poder. “Ya entraron una vez, nada les cuesta hacerlo una segunda”. reflexiona.
Desde El Junquito, la madrugada del 3 de enero no fue sólo una operación militar, fue la confirmación sonora de un quiebre político largamente anunciado y poco creído. Para quienes lo vivieron despiertos, no empezó con un comunicado ni con una transmisión oficial, sino con una explosión, con el paso invisible de los aviones y con una certeza de que todavía no terminan de sentirse los efectos del secuestro del dictador Maduro. El poder cambió de manos, pero el país sigue conteniendo la respiración.