Agricultura

De la tierra al mercado global: jóvenes que cultivan futuro en territorios violentos

En cada movimiento hay algo de arte y de instinto, como si obedeciera a una música que se escucha bajo la tierra. Su jornada comienza al amanecer, cuando la luz apenas dibuja las hileras de moras que, meses después, viajarán miles de kilómetros hasta los mercados de Japón.
martes, 7 de abril de 2026 · 05:00

CIUDAD DE MÉXICO (apro).-Las manos jóvenes se mueven con una precisión casi coreográfica, recordando las escenas animadas de la película Fantasía de 1940 de Disney. Son jóvenes, pequeñas, pero curtidas; la piel tiene el brillo del sol y los dedos guardan cicatrices de espinas.

En cada movimiento hay algo de arte y de instinto, como si obedeciera a una música que se escucha bajo la tierra. Su jornada comienza al amanecer, cuando la luz apenas dibuja las hileras de moras que, meses después, viajarán miles de kilómetros hasta los mercados de Japón.

El escenario es Guanajuato, un estado que en el imaginario colectivo suele asociarse más con plantas automotrices, violencia, desapariciones y huachicol que con la producción de frutos finos.

Sin embargo, lejos de los titulares en periódicos que lo retratan en una situación de crisis, el campo ha ido transformándose en silencio. Hoy es uno de los puntos donde la tierra se resiste a ceder, donde la agricultura tecnificada y orientada a la exportación se abre paso como alternativa.

Aquí, el campo intenta renacer. Lo hace impulsado por una generación que decidió no huir, que optó por quedarse, aprender nuevas reglas y así poder hablar el lenguaje del comercio internacional.

Leslie Gutiérrez tiene 21 años y carga con una historia familiar atravesada por la resistencia. Desciende de cristeros, de esas familias del Bajío y del Occidente donde la palabra “cruz” todavía se pronuncia con una mezcla de orgullo y herida abierta.

A nivel nacional, aquella guerra contra el gobierno por el derecho al libre culto apenas ocupa un pie de página en los libros de historia. Aquí, en cambio, es memoria.

En su casa no se habla de la Guerra Cristera como de un episodio lejano, sino como de algo que dejó marcas en la tierra y en la sangre.

Y es que aunque la guerra cristera terminó, la paz nunca llegó del todo. A la violencia religiosa le siguió otra más cruda, la del narco. La región volvió a acostumbrarse a vivir entre amenazas, ahora no por la fe, sino por el control del territorio.

Durante años, su familia sembró maíz, hasta que la violencia que explotó en los sexenios del exgobernador Diego Sinhue Rodríguez y del expresidente Andrés Manuel López Obrador los obligó a dejar el campo.

“Hubo un tiempo en que era mejor no salir al campo. Uno no sabía si regresaba”, dice mientras se recoge el cabello.

En 2025 volvió a Guanajuato, pero no sola, lo hizo junto con decenas de jóvenes que encontraron en el cultivo de berries una forma de sostener la economía local y de dignificar el trabajo agrícola, pero en una zona caliente todo lo que es Irapuato hasta Michoacán. 

“Aquí se cumple la ley”, explicó. “Nos pagan lo que corresponde, tenemos seguridad social y respeto. En otros lugares, ni eso. Yo me quedé”, dice.

Hacia el Pacífico, en Tecomán, Colima, otros jóvenes escalan los plataneros con la agilidad de gimnastas. Los jefes les piden ponerse botas y cascos, pero ellos prefieren trabajar descalzos para moverse con mayor soltura. 

Son parte de una generación que aprendió a resistir no sólo al sol, sino al miedo a no ser levantados llegada la noche en pueblos como Carboneras en el Estado de México, o en el municipio de Apatzingán en Michoacán. 

En los huertos de Guerrero, Michoacán y Jalisco, la historia no es distinta, las noticias que se escuchan en la radio repiten el mismo tono sombrío, cárteles enfrentados, asesinatos de líderes limoneros, desapariciones. Pero ellos siguen y trabajan. 

“Si dejamos el campo, lo toman otros, y no precisamente los buenos”, confiesa Olinto Gómez, originario de Acapulco, Guerrero, pero que no ha visto el mar desde el huracán Otis. 

Víctor Manuel Mendoza Pantoja, promotor comunitario y sindicalista en la región de Occidente y Bajío, sostiene que la clave de esta resistencia ha sido la organización local, la conciencia de derechos y muchas redes sociales. 

“Hemos logrado resistir, pero no ha sido sencillo. El secreto es la unión de las comunidades. Aquí se comparten los beneficios de cada sector y los jóvenes convencen, uno a uno, de las ventajas de seguir. La diferencia la hace saber que lo que se siembra también se defiende”, explica. 

Según él, la difusión de tratados como el T-MEC y las normas laborales internacionales ha sido fundamental.

“Cuando los muchachos entienden que el marco jurídico también les pertenece, dejan de verse como mano de obra barata y empiezan a exigir, les ayudó el T-MEC”, reconoce, aunque admite que “no quiere poner a Estados Unidos como héroe”.

La tierra que te da de comer pero que se riega con sangre

En México, los estados que más alimentan al país son también los que más sangre derraman. En esas tierras fértiles, donde el maíz, las moras y los limones crecen bajo el sol, los jóvenes campesinos enfrentan la contradicción más cruel, sembrar vida en los territorios donde más se mata.

Para el maestro Víctor Alejandro Butrón Barrera, autor de la tesis Estrategias para reducir el reclutamiento del crimen organizado: un análisis con teoría de juegos, ganadora del Premio de Investigación Económica “Maestro Jesús Silva Herzog 2024”, ser joven en el campo mexicano no es sencillo. 

El académico lo dice con la paciencia de que ha pasado años desentrañando cifras y patrones, pero también con la preocupación de quien entiende que detrás de cada número hay una vida en este México sangriento del siglo 21.

“Ahí ser joven significa jugar contra la estadística (...) La tasa de probabilidad de ser reclutado por el crimen o de morir es altísima, porque el campo combina las condiciones que más vulneran, pobreza, aislamiento y ausencia del Estado”, cuenta.

De acuerdo con una base de datos elaborada por Proceso, con datos del INEGI, en 2024 se registraron 434 homicidios de jóvenes en zonas agrícolas de Jalisco, Guanajuato, Colima, Michoacán y Guerrero, una disminución frente a los 606 casos registrados en 2019.

El periodo analizado, de 2019 a 2024, que corresponde al inicio y fin del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, y permite observar el comportamiento de los homicidios, muestra que la violencia rural se mantiene anclada en las mismas regiones del Bajío y el occidente del país.

En 2024, en el grupo de 15 a 19 años, se contabilizaron 99 homicidios: Jalisco reportó 4, Guanajuato 59, Colima 5, Michoacán 18 y Guerrero 13.

Entre los 20 y 24 años, la cifra ascendió a 170 casos: Jalisco 7, Guanajuato 101, Guerrero 22, Michoacán 33 y Colima 7. Mientras que en el rango de 25 a 29 años, se documentaron 165 muertes: Colima 5, Michoacán 21, Jalisco 5, Guanajuato 106 y Guerrero 28 asesinatos.

Pese al descenso respecto a 2019, cuando estos mismos estados registraron 606 homicidios rurales, el mapa de la violencia apenas se ha movido.

En aquel año, los jóvenes de 15 a 19 años sumaron 117 víctimas, y los de 25 a 29 años concentraron 276 asesinatos. 

En el Bajío y el Occidente mexicano continúan siendo las regiones donde más se asesina a jóvenes en el campo, donde la tierra, la fe y la pobreza se entrelazan con el riesgo cotidiano de morir trabajando.

Butrón insiste en que el problema no es solo de seguridad, sino de estructura.

 “El campo debería ser un espacio de desarrollo, pero se ha convertido en un terreno de vulnerabilidad. En esos estados donde más se siembra, también más se muere”, sentencia.

La tasa de descuento del miedo; jóvenes que huyen, regresan y desafían su destino

En Michoacán, David, quien pide no revelar su apellido mientras conduce su auto por la carretera federal que conecta Tejupilco con Ciudad Altamirano, conoce de cerca esa realidad. Conduce despacio, atento a interminables baches y curvas estrechas.

Cuando era adolescente, el crimen organizado comenzó a recorrer su comunidad buscando reclutas. Se fue a Estados Unidos, no por ambición, sino por miedo. 

“Allá lavaba platos y cortaba césped, pero siempre pensaba en mi casa”, recuerda. Años después regresó. 

Dice que el amor a su familia fue más fuerte que el temor. Hoy trabaja en los huertos de aguacate y en los plataneros, enfrenta el peligro con una mezcla de prudencia y coraje. 

“Sí hay miedo”, dice.

El maestro Butrón Barrera explica que detrás de las cifras y los nombres hay una estructura invisible que marca el destino de miles de jóvenes rurales. 

Habla de la “tasa de descuento”, un concepto económico que adquiere aquí una dimensión trágica, cuanto más incierto es el futuro, menos valor tiene para quien lo vive. 

“Los jóvenes en el campo enfrentan condiciones donde el mañana vale poco. La pobreza, la violencia y la falta de alternativas hacen que el presente pese más. Por eso son más susceptibles al reclutamiento del crimen organizado, y por eso también pierden la vida con tanta frecuencia”.

“Pero también por eso vale más la anomalía numérica, el joven que se enfrenta al sistema”, señala.

Del aguacate a TikTok, la nueva resistencia agrícola que nace

En Michoacán, Guanajuato, Colima, Jalisco, la diferencia entre quienes resisten y quienes caen está, dice David, en el comercio exterior. 

“Si trabajas en una empresa que manda su fruta al otro lado, tienes más chance. Te pagan mejor, hay contratos y te respetan. A mí el aguacate me salvó”, comenta.

Al igual que Leslie en Guanajuato, él encontró refugio en un sector que mira más allá de las fronteras. 

“No somos muchos, pero tenemos grupos de Facebook y WhatsApp donde nos avisamos de vacantes. Así nos ayudamos. Entre nosotros nos levantamos.”

En los caminos de tierra que cruzan Guanajuato o entre los cultivos tecnificados de Guerrero, el trabajo sigue siendo una forma de resistencia. 

Pero el campo ya no se parece al de hace una década, ahora son empresas agrícolas profesionalizadas, con procesos de exportación, certificaciones de calidad y metas de producción, muchas de Canadá otras de Estados Unidos y unas cuantas mexicanas, todos se pelean por entrar, ahí sí cumplen las ocho horas.

Leslie ha aprendido a combinar el esfuerzo físico con las redes digitales para sobrevivir y defender su oficio.

“Nos avisamos entre todas. Si una sabe que en otra empresa están contratando, o que un contratista no cumple, se pasa la voz, también si son empresas de la maña”, dice.

Esa red de comunicación, hecha de mensajes de WhatsApp, grupos de Facebook y ahora también de videos en TikTok, se ha convertido en una herramienta de organización laboral. 

Desde ahí, los jóvenes comparten vacantes, recomiendan empresas que pagan conforme a la ley, alertan sobre zonas de riesgo o muestran, con orgullo, el fruto de su trabajo, hasta dan consejos del sector agroalimentario, como técnicas y maquinaria.

En TikTok abundan clips donde se les ve cosechando al amanecer, calibrando maquinaria o empacando moras para exportar a Japón. Los videos se viralizan y logran lo que ninguna política pública ha conseguido, revalorizar el trabajo agrícola. 

“Hay chavas que suben sus días de campo y les escriben de otros estados para pedirles consejos", explica Leslie. “Así se arma lo que hacemos.”

Sin embargo, David, en el campo y sin estar dentro de las aulas de la academia,  respalda la teoría de la “tasa de descuento” que explica el maestro Víctor Alejandro.

Sabe que “la vida no vale nada” cuando la violencia no se detiene. Reconoce que la actual y poca reconfiguración del campo mexicano le ha permitido ahorrar, incluso aspirar a tener un patrimonio propio; hoy ya cuenta con un automóvil, algo que años atrás parecía impensable. Pero, si la violencia continúa, “las empresas terminarán por irse” y él también.

No se trata solo del año en curso, el riesgo es que el sector deje de crecer en dos, tres, cuatro o cinco años. La inversión necesita estabilidad, y la tierra, aunque fértil, no aguanta al miedo.

De acuerdo con el Consejo Nacional Agropecuario (CNA), en 2025, el 20% de las tierras de cultivo en México dejaron de sembrarse y están siendo abandonadas debido al aumento de la inseguridad y las extorsiones.

Es decir, una de cada cinco parcelas quedó improductiva por la presión del crimen organizado.

La tierra se queda sin manos, el empleo rural cae

El reto para el campo sigue siendo inmenso con tantas condiciones adversas. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), la fuerza laboral en el campo mexicano se desploma. 

La mayor caída se observó en Guanajuato, donde el personal ocupado descendió de 282.7 mil personas en abril-junio de 2024 a 144.4 mil en el mismo periodo de 2025, una reducción del 49%, prácticamente la mitad de la fuerza agropecuaria en un solo año.

En Guerrero, la baja fue también considerable: de 377.1 mil a 327.4 mil trabajadores, equivalente a una caída de 13.18%.

En Jalisco se registró una disminución de 363.4 mil a 337.5 mil personas ocupadas, una caída del 7.13%; mientras que Michoacán pasó de 413.5 mil a 387.4 mil trabajadores, con una caída de 6.31%.

El único estado con una leve recuperación fue Colima, donde el empleo agrícola creció de 39.5 mil a 40.3 mil personas, un aumento de 2.16%.

Para el académico del Tecnológico de Monterrey, Héctor Magaña, la reducción en puestos laborales en el campo no puede explicarse únicamente por una situación estacionaria de la economía o por factores climáticos, como la sequía. A su juicio, el detonante es la inseguridad.

En los últimos años, el crimen organizado ha acaparado más hectáreas de tierra, desplazando cultivos y limitando oportunidades productivas.

“A esto se suma una reconfiguración del reclutamiento de jóvenes, muchas veces, el narco, disfrazado de empresas agrícolas, abre vacantes supuestamente para trabajar en el campo, cuando en realidad busca ampliar sus filas con más sicarios”, reconoce.

De hecho, en México se tiene identificado un modus operandi del Cártel Jalisco Nueva Generación, en donde para reclutar sicarios opera bajo la fachada de empresas que ofrecen empleo en campos de sandías.

No nos van a detener, la lucha por el campo

Frente a ese escenario, Leslie, que se autodefine como “una mujer de sangre guerrera”, insiste en que no deben dejar el campo al crimen.

Mantiene la esperanza de que se detenga al monstruo, que la situación cambie, que la extorsión se frene, que desaparezcan los enfrentamientos armados y que no haya más desapariciones.

“Los jóvenes no son tontos”, defiende. Explica que existen redes sociales ya se advierte sobre cuáles son las “empresas reales”.

Al respecto, Proceso también identificó esta nueva forma de comunicación, particularmente en grupos de Facebook, donde los trabajadores se alertan entre sí para evitar caer en el reclutamiento de los narcos.

Joaquín Caballero, de la empresa agrícola Ozblu Sun Farms, con operaciones en el Bajío y Occidente, coincide en que en los últimos años ha conocido más casos de reclutamiento por parte del crimen organizado.

En la región del Bajío, señala, es común observar este tipo de empresas fachada.

Además de la necesidad urgente de erradicar la inseguridad en México, Caballero también expone que para impulsar al sector agrícola y “ofrecer verdaderas oportunidades a los jóvenes”, “tanto el sector público como el privado deben actuar de manera coordinada”.

“Por parte del sector público, se necesita impulsar políticas que acerquen la educación técnica y la capacitación productiva al entorno rural. No basta con programas de apoyo económico. Es fundamental que los jóvenes aprendan oficios, tecnologías agrícolas sostenibles y manejo empresarial del campo. También sería clave fortalecer la seguridad y el acceso a servicios básicos en comunidades agrícolas, porque sin un entorno seguro y digno, difícilmente se quedan a trabajar en el campo”, expone.

“Desde el sector privado, debemos asumir un papel más activo en la formación y desarrollo del talento rural. Las empresas agrícolas podemos ofrecer programas de aprendizaje, prácticas profesionales y empleos formales que incluyan beneficios reales, estabilidad y oportunidades de crecimiento. Además, debemos promover entornos de trabajo seguros, equitativos y libres de discriminación, donde los jóvenes sientan que pueden construir un futuro”, añade.

Del surco al T-MEC, exportar para no rendirse

Mendoza Pantoja asegura que ha visto la transformación del territorio. En los últimos años, sostiene, sí hubo un cambió para bien en las comunidades rurales y este es el T-MEC.

“Promover que los jóvenes conozcan los tratados comerciales, el T-MEC y el marco jurídico internacional ha mejorado el campo, pero sigue difícil la situación por la inseguridad, por las empresas que abusan”, sostiene.

En los talleres comunitarios y sindicales que organiza, insiste en que el acceso a los mercados globales no es un privilegio reservado a las grandes agroindustrias, sino una herramienta de supervivencia para pequeños productores que antes solo miraban al mercado local.

“Desde lo micro ya se ven más oportunidades, antes nadie hablaba de exportar, ahora muchos lo entienden como una salida para no rendirse.”

La intuición de Mendoza ya había sido anticipada por un estudio de HSBC publicado en vísperas de la entrada en vigor del T-MEC. De acuerdo con el documento, Estados Unidos y Canadá absorberán más del 80% de las exportaciones agroalimentarias de México.

De hecho, de acuerdo con datos del Banco de México, el valor de las exportaciones mexicanas de zarzamora hacia los Estados Unidos aumentó 37% en 2025 respecto al año anterior.

Pasaron de 108 millones de dólares en 2024 a 148 millones de dólares en 2025. El mercado estadounidense se expande.

Aunque los agricultores admiten que 2025 no ha sido sencillo y más aún, 2026 está lleno de incógnitas, esto porque desde  los Estados Unidos, el presidente Donald Trump ha generado presiones comerciales e incluso, ha amenazado con desaparecer el T-MEC.

A ello se suman la situación cambiaria y las fluctuaciones del tipo de cambio, que alteran costos, contratos y expectativas.

“Aun con esa presión, el campo sigue respirando”, sostiene Leslie en un mensaje con este medio de comunicación.

Una complicada diversificación

El promotor comunitario Mendoza Pantoja y el directivo Joaquín Caballero coinciden en un punto,m el T-MEC es la columna vertebral del comercio agroalimentario mexicano, pero no puede ser el único sostén.

Y es que debe ampliarse el mercado hacia Asia, ahí Japón aparece en esa conversación como un mercado exigente en sus controles sanitarios y trazabilidad, pero estratégico para reducir la dependencia a los Estados Unidos.

Y es que cualquier tensión comercial, arancelaria o política agresiva con la Unión Americana, impacta de inmediato al productor en campo. Por eso, enviar frutos a Japón es un camino necesario.

Sin embargo, lograrlo no es sencillo; de acuerdo con datos del Banco de México, en 2025, las exportaciones mexicanas de zarzamora hacia Japón cayeron 44% anual.

Si en 2024 el valor había sido de 205.5 mil dólares, al año siguiente descendió a 113 mil dólares. Esto evidencia que no depende solo de voluntad.

“A mí me conviene más trabajar en una empresa que manda a Japón que a los Estados Unidos, pero no ha sido fácil”, admite Leslie.

De acuerdo con la Asociación Nacional de Exportadores de Berries (Aneberries), la producción en México enfrenta retos, entre ellos la situación climática, que ha alterado rendimientos y calendarios de cosecha.

Los cambios en la temperatura, las lluvias irregulares y los fenómenos extremos impactan directamente la calidad del fruto, un factor crítico cuando se trata de cumplir con la normativa japonesa, una de las más estrictas del mundo.

Este reportaje se realizó con una Beca de Producción Periodística de Futuro en Construcción, una iniciativa conjunta de Factual y el Banco Mundial para identificar y narrar historias sobre empleo juvenil e inclusión laboral en América Latina y el Caribe desde una perspectiva de periodismo constructivo.

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