Cine/Aún no

“Tardes de soledad”, en la Muestra

Pese a los movimientos de protesta por prohibir este documental sobre el torero peruano Andrés Roca Rey, recibió la Concha de Oro en San Sebastián. El director Albert Serra pide que la gente vea su trabajo antes de opinar.
lunes, 6 de abril de 2026 · 12:38

Los colaboradores de la sección cultural de Proceso, cuya edición se volvió mensual, publican en estas páginas, semana a semana, sus columnas de crítica (Arte, Música, Teatro, Cine, Libros). 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La postura de Albert Serra es clara, como muestra la entrevista de Nando Salva cuando le pregunta si está a favor de la tauromaquia; la respuesta es contundente: “Sí, y me gustaría que persistiera y no se prohibiese”. En Tardes de soledad (España/Francia/Portugal, 2024), el magnífico documental sobre el matador peruano Andrés Roca Rey toreando, el arte y el ritual de la muerte de toro, el realizador catalán ofrece un homenaje completo al lidiador, al animal sacrificado y al arte de matarlo. 

Ni acusa ni defiende, no hay vueltas que darle, ésas las da el torero. 

Pese a los movimientos de protesta por prohibirlo, el documental recibió la Concha de Oro en San Sebastián. Albert Serra sólo exige que la gente vea su trabajo antes de opinar. Ocurre que, seducidos por la belleza de la película, muchos de los que abogan por la prohibición de las corridas ven en ella la prueba de la crueldad del espectáculo en la manera en que el toro resopla, padece y muere ensangrentado; Serra no escatima: el ojo de su cámara torea la imagen, el horror que provoca en el espectador es causa suficiente para censurar. Los fanáticos de la corrida no pueden más que alabarla y confirmar la belleza de esta milenaria tradición, la defienden como auténtico monumento cultural. Cada bando cree recibir agua para su molino propio. 

La pregunta importante, por filosa que sea, es si para la mayor parte del público, alejado de la contienda, Tardes de soledad -indefendible desde lo políticamente correcto- puede apreciarse por sí misma, como arte cinematográfico. 

Por absurdo que pareciese, Serra entendió que lo primero era alejarse del espectáculo de la plaza de toros, que el medio del cine le ofrecía el privilegio del que carece el espectador fuera del ruedo, el ver de cerca la relación de intimidad que se manifiesta en la tauromaquia, la batalla entre el toro y el torero; así, la cámara, las cámaras permanecen prácticamente pegadas al cuerpo de uno y otro, no hay tomas generales del público, de las gradas y del ruedo. La imagen que resulta es la de la piel de Roca Rey, de la piel del toro, del sudor y de la sangre de ambos. Los planos sonoros, de los espectadores, gritos y comentarios, son parte de la música de fondo, especie de voces refractadas, como si se tratase de una corriente de pensamiento colectivo. El verdadero diálogo queda entre el resoplar del toro y el del matador, los dos resoplan, en ese combate a muerte, en el que la ventaja del torero, a esa distancia, depende sólo de su técnica, una tal que pretende convertir en arte, y lo logra. 

No hay entrevistas, nada que decir, apenas unas frases desconectas como la de Roca Rey que se pregunta, en un trayecto en automóvil con su equipo de apoyo, con la cámara frente a él, de por qué no le ha pasado nada, pregunta que resuena desde una parte oscura de sí mismo perpleja por seguir vivo. Fuera del ruedo ocurren las secuencias en el cuarto de hotel, el ritual de la vestimenta del verdugo que puede convertirse él mismo en la víctima propiciatoria. El traje de luces, apretado hasta convertirse en una segunda piel en la que los adornos, el oro y demás ornamentos no lo cubren, sino que parecen emanar de sí mismo, poner en relieve sus atributos propios; ganador si mata, y difunto convertido ya en ofrenda si pierde. En ese momento nadie sabe, sólo queda persignarse ante las imágenes del rito católico al que Roca Rey se encomienda. 

Visto así, por trillado que sea, el término de fascinante es el único que conviene al espectáculo de toros, a la imagen que condensa muerte y eros en un solo eje, como expresa el origen romano de la palabra.

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