Música
Festival Bahidorá: acústica, fusiones, rap y electrónica inundan el parque natural Las Estacas
La duodécima edición del festival se desplegó como una ruta musical que cambió de forma entre el minimalismo y la psicodeliaCIUDAD DE MÉXICO (apro).- La duodécima edición del festival Bahidorá volvió a desplegarse en el Parque Natural Las Estacas, en el estado de Morelos, como una ruta musical que cambió de forma a lo largo del día.
La jornada avanzó por capas: empezó con escucha cercana en formato acústico, pasó por fusiones latinoamericanas y rap con banda en vivo, y terminó en sesiones largas de electrónica de club.
El movimiento del público siguió ese mismo patrón: dispersión y contemplación durante las primeras horas, congregación sostenida en los actos de la tarde y concentración nocturna alrededor de las cabinas, con baile y lentes oscuros.
Cinco escenarios marcaron el ritmo del recorrido. Entre conciertos, las personas se repartieron por el parque: entraban y salían del río, se desplazaban hacia las albercas, buscaban sombra en las áreas arboladas, regresaban a los foros para un set específico y volvían a caminar cuando el siguiente cambio de horario los empujaba hacia otra zona.
El 14 de febrero, el inicio en el escenario principal, Sonorama, estableció un tono de calma antes de que la asistencia alcanzara su densidad total. Kings of Convenience, dúo noruego de indie folk, abrió puntualmente con una propuesta minimalista.
El público se mantuvo cerca del escenario sin aglomeraciones, con grupos sentados en el pasto y una atención sostenida hacia la interpretación.
Entre los escuchas se organizó un breve ejercicio colectivo de respiración que acompañó el carácter introspectivo del set. Ese arranque operó como una introducción sonora: una franja de escucha quieta en un festival que, por la noche, se volvería pista continua.
El primer momento de congregación sostenida llegó en el escenario La Estación con Macario Martínez. El músico, cuya trayectoria personal está vinculada a la Ciudad de México y que antes de ser reconocido como artista trabajó como barrendero, presentó un repertorio que fusiona huapango, folk y rock.
La audiencia ocupó el espacio completo del foro, se mantuvo dentro durante todo el set y sostuvo una participación vocal constante.
Fue uno de los bloques de mayor conexión colectiva durante la tarde del sábado, cuando el festival dejó de ser una suma de grupos dispersos para convertirse en una masa frente al escenario.
El recorrido hacia otros foros mantuvo esa lógica de cambios: del canto al baile, del foro abierto a la sombra.
En una zona arbolada del recinto se presentó la banda colombiana Los Piraña con una sesión de cumbia psicodélica.
La audiencia se mantuvo seducida por el baile continuo, sin pausas prolongadas. En el entorno inmediato se observó consumo visible de cannabis entre espectadores, integrado a la dinámica del público en esa área.
En paralelo, el Bahidorá se expresó también fuera del sonido. El perfil predominante de asistentes osciló entre los 20 y 40 años, con una presencia internacional significativa: al menos una tercera parte del público era extranjera.
La vestimenta y el maquillaje operaron como forma de expresión visible a lo largo del día: outfits coloridos, brillos, glitter, lentes de sol, accesorios llamativos y combinaciones pensadas para la jornada al aire libre.
Para muchos, el festival funcionó como el primer gran encuentro musical tras el frío del invierno, todavía antes de la primavera, con un “calorcito” que favoreció tirarse al pasto entre conciertos, caminar sin prisa de escenario en escenario y mantener la atención en sets largos conforme caía la noche.
Ya en la transición hacia formatos de banda y presentaciones con mayor interacción frontal, Paloma Morphy apareció antes del rapero Crudo Means Raw en la secuencia de programación.
Morphy congregó a un público mayoritariamente femenino en las primeras filas, con interacción directa frente al escenario.
En su set incluyó un cover de “Corazón Partido” de Alejandro Sanz, un momento que se sostuvo con participación vocal del público y que funcionó como punto de anclaje generacional dentro de un cartel que, por la noche, migraría hacia la electrónica.
Después, Crudo Means Raw tomó el escenario con un concierto de rap acompañado por banda en vivo, combinando hip-hop y soul, llevando la energía hacia un formato de ejecución más frontal, de golpe rítmico y respuesta inmediata.
Mientras la música marcaba los picos de congregación, el circuito artístico operó como una capa constante. Instalaciones digitales, esculturas de iluminación dinámica y módulos interactivos —donde voluntarios manipulaban objetos físicos proyectados en tiempo real en pantallas— funcionaron como espacios de tránsito entre conciertos.
Esas áreas sirvieron para bajar intensidad, reorganizar el recorrido y sostener una experiencia paralela al programa musical, con público entrando y saliendo durante toda la jornada.
La noche se consolidó en torno a la electrónica. En escenario El Cubo se concentró la oferta de club: Helena Hauff, DJ alemana, realizó un set continuo de dos horas con pista estable y sin una rotación significativa de audiencia, un tipo de permanencia que se volvió más frecuente conforme avanzó el horario.
Después, Daphni —proyecto musical del productor canadiense Dan Snaith— sostuvo otra sesión de duración similar que funcionó como transición hacia el bloque nocturno encabezado por Four Tet, hacia donde se dirigió la mayor circulación del festival.
En ese tramo, HVOB, dúo austriaco, presentó un espectáculo audiovisual con iluminación sincronizada y estructura de techno melódico. El escenario se mantuvo lleno durante la actuación, con un público que ya no se movía con la misma frecuencia de la tarde: a esas horas, la lógica dejó de ser “recorrer” y pasó a ser “quedarse”.
Al anochecer, el espacio frente al escenario principal se saturó y la asistencia se dirigió en los actos finales.
La expectativa se centró en Four Tet como uno de los cierres de la noche, consolidando el paso de la diversidad diurna a la continuidad electrónica nocturna dentro del parque natural de Las Estacas: del pasto y la sombra a la pista, del tránsito constante a la permanencia frente a cabina.
El domingo 15 el ambiente cambió de ritmo. Desde la mañana, muchos asistentes permanecieron en el río en una jornada más distendida mientras comenzaban las salidas escalonadas del recinto. El Sonido La Changa ocupó uno de los espacios con un volumen dominante que transformó el área en un baile sonidero continuo, con público reunido frente a las bocinas