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“Vampira humanista”
"Vampira humanista busca suicida" es una historia que se sostiene por su propio encanto, con personajes que padecen conflictos típicos de la etapa, confundidos ante el despertar erótico, atrapados en esquemas familiares.Los colaboradores de la sección cultural de Proceso, cuya edición se volvió mensual, publican en estas páginas, semana a semana, sus columnas de crítica (Arte, Música, Teatro, Cine, Libros).
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Primer largometraje de la quebequense de apellido inverosímil, Ariane Louis Seize (Luis XVI), Vampira humanista busca suicida (Vampire humaniste cherche suicidaire consentant; Canadá, 2024) combina el género de vampiros con el de aprendizaje (coming of age, aprender a madurar); se trata de adolescentes versión estereotipo de generación Z, de esos demasiado confundidos para salir de casa, o víctimas de acoso escolar, deprimidos y con tendencias autodestructivas.
De niña, Sasha (Sara Montpetit) rehúsa matar al payaso que le llevaron sus padres para festejarla en su cumpleaños; la sorpresa era divertirla y luego invitarla a que se alimentara; el pediatra para vampiros explica que algo no funciona bien en el cerebro de la pequeña, pues experimenta compasión hacia los humanos.
Años más tarde, la adolescente Sasha vive recluida en casa, se nutre de las bolsas de sangre que los padres guardan en el refrigerador mientras le salen colmillos. Cuando deciden que ya es hora de que se haga cargo de sí misma, la envían a vivir con una prima para que la enseñe a cazar. Entonces Sasha conoce a Paul (Felix-Antoine Bénard), adolescente obsesionado con el suicidio, quien ofrece sacrificarse por ella.
Aunque el tema sirva de alegoría de la dinámica adolescente y familiar, el padre que solapa a Sasha, o la madre que se queja de ser la proveedora (pues los cadáveres no crecen en los árboles, reclama), Vampira humanista es una historia que se sostiene por su propio encanto, con personajes como Sasha y Paul, que padecen conflictos típicos de la etapa, confundidos ante el despertar erótico, atrapados en esquemas familiares.
Por tenebrosa que sea esta familia vampira formada por un padre, vampiro con aires de burócrata intelectual, madre y esposa quejosa, prima activa seductora hábil para conseguir sangre, la tía que sermonea, todos encuentran referentes conocidos en el público.
El guion escrito por la directora, en colaboración con Christine Doyon, trastrueca la gramática del género con la simple fórmula paradójica de un vampiro compasivo, incapaz de matar; Paul y Sasha son el uno para el otro en lo que sería el extremo de una relación psicopática definida por la muerte. La joven vampira de modales suaves y cabellera negra que gusta de escuchar discos de vinyl, junto con el tímido y melancólico adolescente atormentado, resultan tiernos y adorables para el público… el resultado es una historia de amor, un Romeo y Julieta un tanto post mortem.
A nivel visual, como es de esperar, el rojo predomina con el claroscuro de la noche, ambiente propio del gótico, con azul y negro, ambiente de intimidad que envuelve a los protagonistas y hace que el espectador los sienta vulnerables, expuestos al peligro.
La ironía y la comicidad en el cine de vampiros no es algo nuevo; no hace mucho, Jim Jarmusch sorprendió con la magnífica Sólo los amantes sobreviven (2013), o la poco apreciada Renfeld (2023), o la neozelandesa y divertidísima Lo que hacemos en la sombra (2013), entre varias, todas proponen historias de vampiros que batallan para alimentarse, no tanto para encontrar sangre, sino para sobrevivir como especie.
El reto del cineasta atraído por el tema ya no es asustar, sino lograr que el espectador se identifique, y hasta se preocupe por la suerte del vampiro, la víctima importa cada vez menos.