Cine/Aún no

“Valor sentimental”

Sin arrogancia, "Valor sentimental" organiza un coro que evoca el trauma familiar, como en las grandes tragedias de la antigüedad, maldición que a una generación tras otra, pero -bien visto- es capaz de convertir la herida en fuente de creatividad. 
miércoles, 31 de diciembre de 2025 · 22:50

Los colaboradores de la sección cultural de Proceso, cuya edición se volvió mensual, publican en estas páginas, semana a semana, sus columnas de crítica (Arte, Música, Teatro, Cine, Libros). 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Autoexiliado en Gustav Borg (Stellan Skarsgard), un afamado director de cine regresa a Noruega luego de la muerte de su exesposa, y en Oslo se encuentra con sus dos hijas: Nora (Renate Reinsve), actriz se teatro que ahora sufre de pánico escénico (como ocurre a Liv Ullman en Persona), y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), historiadora casada y con un hijo. Lo mueven dos ideas: recuperar la casa familiar donde viven las hijas, y ofrecerle a Nora el papel de la película que está por rodar. 

En Valor sentimental (Affekjonsverdi; Noruega/Francia/Dinamarca/Alemania, 2025), Joachim Trier propone un regreso al cine introspectivo en la mejor tradición de Ingmar Bergman, traumas familiares que atraviesan generaciones, conflictos entre padres e hijos, teatro y creatividad como formas de reconciliación vital. 

Nada es simple en una historia de familia en la que la casa, lugar de la memoria, es el personaje que une y separa a los demás; en esa misma morada, que ha pertenecido a la familia por generaciones, la madre de Gustav, torturada por los nazis, se suicidó cuando él tenía siete años; la película que le ofrece a Nora, y que ésta rechaza, narra esos hechos; tanto Nora como Agnes resienten la presencia de Gustav, padre ausente, incapaz de conectar emocionalmente con ellas. Cada uno padece por su lado, Nora es amante de un hombre casado, Gustav se da a la bebida, el guion no encuentra financiamiento y se ve forzado a venderlo a Netflix. 

Si Bergman, con toda su fuerza y densidad, es el modelo que sugiere temas de las relaciones de la familia de Nora (nombre de la más famosa protagonista de Ibsen que escapa de casa de para encontrarse a sí misma como individuo), Woody Allen, tímido admirador del maestro sueco en cintas como Interiores (1978), o La otra mujer (1988), y otras, propone los canales de conexión. Así, a través de una grieta, Nora escucha que su padre ha contratado a una actriz americana, Kemp (Elle Fanning), para sustituirla en la película; por ahí también de niña escuchaba las conversaciones de su madre psicoanalista con sus pacientes. Pero lo que en Woody Allen era un mero recurso dramático para motivar la acción, Joachim Trier lo convierte en metáfora de traumas familiares: la casa del patriarca está llena de fisuras. 

Este padre que siempre huyó de su responsabilidad emocional intenta ahora reparar su papel, pero él mismo camina lleno de heridas y planos de quiebre; con el único que hace contacto afectivo es con su nieto de seis años, el hijo de Agnes, que equivale al niño que fue él cuando perdió a su madre; aún así, la ineptitud es descomunal cuando intenta involucrarlo en su película, y para hacerle entender qué son las mujeres le presta el DVD con La pianista e Irreversible (en la que Mónica Belucci sufre una violación). 

Tanto Renate Reinsve, intérprete de La peor persona del mundo -hasta ahora la cinta más exitosa de Trier-, como Inga Lilleaas, son actrices jóvenes, libres del peso de los grandes actores de Bergman, pero para Skarsgaard que creció con el cine y el teatro en el que imperaba el autor de Fresas silvestres (1957), habrá sido un gran reto actualizar la imagen del patriarca herido, incapaz de expresar amor, paralizado ante su propia imagen. 

Sin arrogancia, Valor sentimental organiza un coro que evoca el trauma familiar, como en las grandes tragedias de la antigüedad, maldición que a una generación tras otra, pero -bien visto- es capaz de convertir la herida en fuente de creatividad. 

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